Ya pasó un año desde que comenzó este Maldito Vicio. Fue el primero de noviembre de 2015 cuando dio su primer paso este laboratorio de letras y hoy celebramos el inicio del segundo. Comenzamos hace un año con la muerte y este segundo así lo haremos también. Cargamos muertos, platicamos con ellos, los observamos, les convidamos de nuestra comida. Les damos la bienvenida. Y nos sorprenden en pleno Xantolo, como nos cuenta Antonio Madrid. O nos visitan antes de irse, como narra Juan Rulfo. Que este Maldito Vicio no nos abandone.

Xantolo

Viene caminando por las calles de Barrio Arriba. Esplendorosa. Altiva. Espigada. Su tez es blanca y su mirada soberbia. Lleva en la cabeza un cántaro de barro lleno de agua. Lo sé porque al caminar salpica de vez en vez, dejando un pequeño rastro en el camino que arde bajo el Sol de las tres de esa tarde huejutlense. Va descalza, pero el suelo parece no quemarle, como a mí, citadino de tierras altas que suda como cerdo al punto del matadero. ¿Quién es?, pregunto. Nadie sabe decirme.
He acudido a Huejutla, la tierra de mis ancestros, ubicada en la Huasteca hidalguense, a realizar un reportaje para el periódico El Independiente de Pachuca, en relación al Xantolo. Es 31 de octubre, día en que llegan los muertos chicos o niños. Xantolo es una palabra en náhuatl, deformación de la frase en latín: Festiumominum Sanctorum, que quiere decir Fiesta de Todos los Santos.
Me deslumbra el festejo. Por los barrios, colonias, comunidades y el propio centro de la ciudad, el Xantolo se siente, se vive. No fueron pocas las veces que mi madre nos presumió –a mi hermana Carmen y a mí– sus tradiciones: los altares, la flor de cempasúchil, el adobo, el pollo al ajo comino, el mole, los tamales…
El olor del copal en los altares acompaña la ofrenda y los cohetones estallan en el cielo límpido queriendo festejar, pero su sonido invade de nostalgia. Llego al centro pardeando la tarde. Las campanadas en la vieja catedral suenan a duelo, pero la gente afuera está esperando el jolgorio. Campesinos de las comunidades rurales cercanas han llegado en tropel para el festejo póstumo. De pronto se desata la algarabía. En el sonido se escucha: “Una polla pinta”, un son huasteco que marca el inicio del baile frenético de los viejos, coles o disfrazados, hombres enmascarados que zapatean rítmicamente, gritando desaforados, festivos y hasta insolentes.
Hay mucha gente. Me abro paso para captar el momento con mi cámara fotográfica. Me sumerjo en el ambiente. Ahora suena “El tejón” en la plañidera voz de un violín. Dan ganas de bailar. Alguien me ofrece un aguardiente. Lo acepto. Me tomo tres. Y entonces, como salida de quién sabe dónde, la veo nuevamente. Es la muchacha que vi acarreando agua, pero ahora luce más esplendorosa. Sus ojos cafés claro lucen preciosos en el marco de su rostro anguloso, perfectamente maquillado. No me ve, está entretenida mirando el espectáculo. De vez en cuando sonríe encantadoramente desde sus finos labios rojo carmín, divertida por las gracejadas de los enmascarados, quienes ahora han tirado a uno vestido de Diablo y pasan brincando sobre él otros disfrazados de soldados romanos. Yo no puedo quitar mi vista de ella. Vuelvo a preguntar quién es, pero nadie sabe decirme. Suena entonces un huapango y me lanzo a invitarla a bailar ya envalentonado por los humos del alcohol, pero entre el gentío me es difícil llegar a ella y cuando llego a su lugar ya no está. Esa noche me voy a dormir al hotel pensando en ella.
Al día siguiente vuelvo a hacer un recorrido por los barrios y colonias de este pueblo como de fábula, donde los vivos festejan a los muertos y los muertos festejan con los vivos en una perfecta mezcla donde al final del día difícilmente se puede distinguir quién es quién. Me dirijo hacia el panteón municipal, donde las tumbas “amarillean” con las flores de cempasúchil o flor de muerto. Hay veladoras por doquier. El padre oficia una misa. Ahí me encuentro a los amigos que me ofrecieron el licor la noche anterior. ¿Qué tal la crudita?, me preguntan en tono burlón. Entre decir eso e iniciar la parranda de nuevo, solo pasan cinco minutos.
Nos dirigimos a la casa de uno de ellos. En las calles está el “Ánima sola”, una ofrenda que se coloca en pretiles o bardas para aquellos muertos que no tuvieron familia. La evidencia de la generosidad del pueblo conmueve, pero en las noches resulta tétrico ver arder las veladoras en medio del silencio. Entonces se imagina uno que en verdad los muertos vienen a comer, aunque en realidad sean los chamacos que acechan al “Ánima sola” quienes terminan robándose los tamales y el atole, si es que no los logran ver y les acomodan las señoras una regañina de órdago.
Es ya 2 de noviembre, pero debo irme. Paso por el centro con mi maleta y me dispongo a abordar mi vehículo cuando la veo nuevamente. Ahora no está sola. Está con un hombre: chaparrito, bigotón, ojos grandes. Me hubiera gustado abordarla pero ya es tarde. Ya en el camino me llega un WhatsApp de mis amigos. Ellos saben de la chica misteriosa y me informan en dónde está. Lo sé, les contesto. ¿Todavía quieres saber cómo se llama? Sí, contestó ansioso. Se llama Columba Vite, y con el que baila es un tal Raúl Madrid.
Freno violentamente. Ahogo un grito. Después un golpe seco me transporta al limbo. Despierto luego de tres días en estado de coma. Estoy en el hospital. Lo primero que pregunto es por mis amigos, pero ellos no saben que un tráiler arrolló mi auto. Regreso a Huejutla pero no logro encontrarlos, parece que se los hubiera tragado la tierra. A la chica misteriosa y su pareja, menos. Por fin una anciana me dice desde sus ojos amarillentos y su frágil figura enfundada en una pijama floreada y amarillenta, que no se quita desde hace años: Sí los conocí, pero están muertos. Lo sé, afirmó, son mis padres, que fallecieron en un accidente hace 30 años, pero… yo los vi… ¡Se lo juro!, le replico. ¡Los vi! No te fijes hijo… no te fijes… me dice. Son cosas del Xantolo.

Pedro Páramo
(fragmento)

–¿Qué es lo que pasa, doña Eduviges?
Ella sacudió la cabeza como si despertara de un sueño.
–Es el caballo de Miguel Páramo, que galopa por el camino de la Media Luna.
–¿Entonces vive alguien en la Media Luna?
–No, allí no vive nadie.
–¿Entonces?
–Solamente es el caballo que va y viene. Ellos eran inseparables. Corre por todas partes buscándolo y siempre regresa a estas horas. Quizá el pobre no puede con su remordimiento. Cómo hasta los animales se dan cuenta de cuando cometen un crimen, ¿no?
–No entiendo. Ni he oído ningún ruido de ningún caballo.
–¿No?
–No
–Entonces es cosa de mi sexto sentido. Un don que Dios me dio; o tal vez sea una maldición. Solo yo sé lo que he sufrido a causa de esto.
Guardó silencio un rato y luego añadió:
–Todo comenzó con Miguel Páramo. Solo yo supe lo que le había pasado la noche que murió. Estaba yo acostada cuando oí regresar a su caballo rumbo a la Media Luna. Me extrañó porque nunca volvía a esas horas. Siempre lo hacía entrada la madrugada. Iba a platicar con su novia a un pueblo llamado Contla, algo lejos de aquí. Salía temprano y tardaba en volver. Pero esa noche no regresó… ¿Lo oyes ahora? Está claro que se oye. Viene de regreso.
–No oigo nada
–Entonces es cosa mía. Bueno, como te estaba diciendo, eso de que no regresó es un puro decir. No había acabado de pasar su caballo cuando sentí que me tocaban por la ventana. Ve tú a saber si fue ilusión mía. Lo cierto es que algo me obligó a ir a ver quién era. Y era él, Miguel Páramo. No me extrañó verlo, pues hubo un tiempo que se pasaba las noches en mi casa durmiendo conmigo, hasta que encontró esa muchacha que le sorbió los sesos.
–¿Qué pasó? –le dije a Miguel Páramo–. ¿Te dieron calabazas?
–No. Ella me sigue queriendo –me dijo–. Lo que sucede es que yo no pude dar con ella. Se me perdió el pueblo. Había mucha neblina o humo o no sé qué; pero sí sé que Contla no existe. Fui más allá según mis cálculos, y no encontré nada. Vengo a contártelo a ti, porque tú me comprendes. Si se lo dijera a los demás de Comala dirían que estoy loco, como siempre han dicho que lo estoy.
–No. Loco no, Miguel. Debes estar muerto. Acuérdate que te dijeron que ese caballo te iba a matar algún día. Acuérdate, Miguel Páramo. Tal vez te pusiste a hacer locuras y eso ya es otra cosa.
–Solo brinqué el lienzo de piedra que últimamente mandó poner mi padre. Hice que el Colorado lo brincara para no ir a dar ese rodeo tan largo que hay que hacer ahora para encontrar el camino. Sé que lo brinqué y después seguí corriendo; pero, como te digo, no había más que humo y humo y humo.
–Mañana tu padre se torcerá de dolor –le dije–. Lo siento por él. Ahora vete y descansa en paz, Miguel. Te agradezco que hayas venido a despedirte de mí.
Y. cerré la ventana. Antes de que amaneciera un mozo de la Media Luna vino a decir:
–El patrón don Pedro le suplica. El niño Miguel ha muerto. Le suplica su compañía.
–Ya lo sé –le dije–. ¿Te pidieron que lloraras?
–Sí, don Fulgor me dijo que se lo dijera llorando.
–Está bien. Dile a don Pedro que allá iré. ¿Hace mucho que lo trajeron?
–No hace ni media hora. De ser antes, tal vez se hubiera salvado. Aunque, según el doctor que lo palpó, ya estaba frío desde tiempo atrás. Lo supimos porque el Colorado volvió solo y se puso tan inquieto que no dejó dormir a nadie. Usted sabe cómo se querían él y el caballo, y hasta estoy por creer que el animal sufre más que don Pedro. No ha comido ni dormido y nomás se vuelve un puro corretear. Como que sabe, ¿sabe usted? Como que se siente despedazado y carcomido por dentro.
– No se te olvide cerrar la puerta cuando te vayas.
Y el mozo de la Media Luna se fue.
–¿Has oído alguna vez el quejido de un muerto?– me preguntó a mí.
–No, doña Eduviges.
–Más te vale.

*Originario de Huauchinango, Puebla,
es licenciado en ciencias de la comunicación, apasionado de la narrativa, ha publicado cuentos de corte costumbrista en revistas y periódicos de Puebla y Veracruz. También ha ejercido el periodismo en el género de crónica y columna.

*(Apulco, Jalisco, 1918-Ciudad de México, 1986)
Escritor mexicano. Un solo libro de cuentos, El llano en llamas (1953), y una única novela, Pedro Páramo (1955), bastaron para que Juan Rulfo fuese reconocido como uno de los grandes maestros de la narrativa hispanoamericana del siglo XX.

 

La #muerte es simplemente el final de la consciencia del tiempo

Todo mindfulness
@todomindfulness

Comentarios