Cuando él despertó estiró el brazo para buscar los pechos de su amada, pero en lugar de su cálida y suave piel encontró el frío. Un frío que le impregnó la punta de los dedos y le recorrió hasta la nuca. Sintió miedo y prefirió no abrir los ojos.

No quiso recordar la charla de horas atrás, él había conocido a alguien más y era alguien para tomarse en serio, alguien que sí valía la pena. Y no que a su lado durmiera una mujer enamorada, pero había sido tan cruel y tan cortante; se arrepintió al ver un sentimiento que no entendió muy bien en su mirada.

Pero no dio marcha atrás, era una promesa que ella le había pedido, honestidad.

Se quedó pensativo por unos segundos, se sentía incómodo porque no había dicho adiós y al mismo tiempo detestaba desearla tanto. Sabía que fuera del departamento cada quien seguía con su vida, pero dentro detenían el tiempo, comenzó a dolerle el pecho y quiso extrañarla pero no se lo iba a permitir.

En lugar de eso, con todas sus fuerzas deseó que ella desapareciera para siempre; volvió a la posición fetal en la que había dormido y se perdió nuevamente en un profundo sueño.

En el departamento de abajo un bebé lloraba desconsolado, sus manitas como dos botoncitos de flor de durazno apretándose con todas su fuerzas, su pañal mojado quemaba su frágil piel y su garganta afónica de desesperanza no fueron suficientes para que aquellos brazos cálidos volvieran, necesitaba esa dulce y tibia leche del pecho de su madre para saciar su hambre, para que dejara de dolerle la garganta, para sentir el amor como una burbuja que lo protegía de todo mal; todo clamor fue en vano.

Y en el piso de arriba solo había un silencio sepulcral. Hoy no se escucharon los tacones de la madre que tenía dos turnos laborales en las fábricas de las que era la mano de obra barata, sin seguro, sin sueldo justo, sin las más básicas prestaciones; tampoco se escucharon las botas de las dos jóvenes que estudiaban en diferentes universidades, lugares en los que sus maestros pensaban que se casarían y estaban desperdiciando todos esos valiosos recursos. Tampoco llegaron a sus trabajos de medio tiempo con sus jefes que sentían esa necesidad tácita de explotarlas tan duro hasta quebrarlas, porqué les parecía algo estúpido que parecieran tan fuertes, ni siquiera se escucharon los crocs de la abuela que corría apoyando a todas; entre risitas cómplices y amorosos besos. Ese día no se prendió la estufa ni la regadera, no se abrieron y cerraron puertas, no había música ni voces ni vida.

Ellas habían desaparecido, las bolsas de valores y la economía se desplomaban; mientras las camas tibias de los amantes se quedaron vacías, los llantos permanentes de niños se desgarraban de angustia y los gritos desesperados de los enfermos no cesaban.

Los hospitales eran un caos, no se daban abasto y los pobres animalitos se fueron muriendo de hambre, muriendo sin caricias y palabras bondadosas, las cosechas se pudrían al Sol implacable. Todo se fue marchitando; desde las plantas hermosas de ornato dentro de los hogares hasta los corazones de los que decían no quererlas.

Podrían haber prescindido de las locas, de las flojas, de las rebeldes. Pero no.

Habían desaparecido todas. También las abnegadas, las trabajadoras, las que siempre les daban la razón aplaudiendo. Se habían esfumado “las buenas y las malas”.

Desde las más pequeñas de las incubadoras hasta las más ancianas en las camas agonizantes. Esas mismas abuelas que habían sido explotadas por generaciones y las niñas de buena cuna siempre mimadas.

El deseo de tantos de que se callaran de una vez por todas, el de otros de explotarlas hasta desaparecerlas y el de muchos más de no volver a verlas en su vida; por qué abiertamente las odiaban, se había hecho realidad.

Alguna fuerza cósmica o divina lo cumplió.

No había ninguna de ellas.

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