Qué pasaría si alguien grita y no hay alguien que lo escuche. Si estuviera aislado, qué sentido tendría ese sonido potente que reverbera por todo el cuerpo de quien se desgarra para emitirlo. Y por el contrario, qué efecto tiene el grito para quien lo recibe, para quien está ahí, enfrente de alguien que concentra toda su fuerza en el aparato fonador. Los gritos tienen muchos significados, como historias que pueden contarse teniendo esa expresión en el centro. Es la segunda vez que Maldito Vicio y Esto no es un libro se unen, y el resultado es esta edición.

Arder

Enid [email protected]

Se grita de dolor, pero también de placer. Se grita de enfado y de miedo y de hartazgo. Se grita con el cuerpo entero y se grita con los ojos. Igual se grita cuando la noche te envuelve en su oscuridad que cuando la luz te quema con su locura. Gritar es una manera de exorcizarnos, de limpiarnos por dentro. El grito es un mecanismo de defensa en el que interviene el cuerpo entero: las costillas se abren para dejar salir a la voz de su escondite, algo en el pecho duele antes de escupir al mundo la emoción que traes enraizada en las entrañas, tu garganta se tensa y por fin tu voz encuentra un lugar en el mundo, tú lo encuentras con ella, en ella. Por eso no gritamos todo el tiempo, porque no siempre hace falta hacerle saber al otro que sigues aquí, que estás, que tienes algo que decir, pero que se te han acabado las palabras. Eso convierte al grito en un acontecimiento importante al que hay que prestar atención porque quien lo emite no solo vive y necesita expresarse, al mismo tiempo que su voz se alza, arde.

Santiago
José Luis [email protected]

¿Qué se siente sentir amor? Santiago se lo preguntaba siempre. Estaba decidido a encontrar la manera de sentirlo. Él es una de esas personas a las que mucha gente cree sin corazón, sin embargo lo tenía bien puesto, al menos de forma fisiológica, pero las diferentes situaciones a lo largo de su vida confirmaban –hablando de forma emocional– lo contrario. Santiago parecía no inmutarse por esto. Por supuesto, a su edad ya había tenido varias novias, todas siempre estimadas, apreciadas, hasta queridas, pero nunca amadas. Nunca había podido encontrar a una mujer que le hiciera pasar un mal rato porque, decía, sabía dejar ir sus relaciones, pero la razón real era que le importaban menos que otras cosas en su vida, eran más bien como apéndices que estaba simplemente bien tener.
A ellas, claro, les desesperaba esa parte de él. No es que no sintiera apego, sino que era el problema: que solo sentía apego. Nada más. Y el apego, se sabe bien, nunca es amor por sí mismo, sino que necesita de otras cosas para crear esa sensación única de estar con la persona adecuada. Santiago lo veía de este modo: muchos creen estar siempre con la persona adecuada, aunque esa que tienen enfrente sea su quinta o sexta persona adecuada en los últimos tres años. Esa era una enfermedad que él no quería padecer. Creía que su mujer ideal aparecería una vez, cuando fuera el momento, y nunca se iría gritándole que es un idiota, que no la entiende, que nada más piensa en él, que es un pinche egoísta, que si la usó solamente, que si no la tomaba en serio, tantas cosas parecidas.
Santiago asociaba este destino en su mente con la curiosidad de que solamente una vez en su vida había recordado un sueño, y ya había sido muchos años atrás, en su adolescencia. Se encontraba con una mujer de rostro sacro, casi como una virgen, quien le tendía la mano. Al tomarla sentía una simplicidad terrible, como si nada en el mundo, además de ellos, tuviera relevancia. La luz era casi nula y lo único resplandeciente eran los ojos que lo miraban fijamente, mismos que poco a poco se cerraban, y entonces despertó.
Quizá este problema de Santiago sea algo intrascendente para contar, pero a él le parece una de sus cualidades preferidas. Cualidad por la que está dispuesto a aceptar cualquier consecuencia, incluso la que en este momento está llorando mientras le grita que es un idiota, que no la entiende, que nada más piensa en él, que es un pinche egoísta, que si la usó solamente, que si no la toma en serio, que se va a arrepentir de actuar así; y aunque los gritos le aburren un poco por su falta de originalidad, en el fondo sabe que es un paso más para llegar a su mujer verdadera.

Die farben schrien
Erasmo [email protected]

El Instituto Nacional de Bellas Artes, en conjunto con la Secretaría de Relaciones Exteriores y la embajada de Noruega en México, organizó una exhibición en el Museo Nacional de Arte titulada El expresionismo y sus raíces. De entre todas las obras alemanas y noruegas que se consiguieron para la exposición, la principal era “El grito” de Edvard Munch, que por primera vez en su historia dejaba la Galería Nacional de Oslo para viajar a América Latina. La llegada de esta obra al país generó tal expectativa que, la noche de la inauguración, la calle de Tacuba se llenó de tiendas de campaña. Dentro del museo un público selecto presenció el corte del listón rojo. Tras un breve comentario de la embajadora de Noruega, se corrió la cortinilla que ocultaba “El grito”. A continuación no hubo ni aplausos ni fotografías ni el más mínimo rastro de celebración; en ese momento todos los presentes se llevaron las manos al rostro y emitieron un potente grito, tras el cual quedaron paralizados con una larga mueca semejante a la del personaje que aparece en el cuadro. Poco después, cuando el personal de seguridad acudió a verificar la situación, éste corrió un destino idéntico y en adelante lo mismo sucedería a todo aquel que contemplara la pintura en la galería. Las víctimas de “El grito” fueron trasladadas con sigilo a un hospital, en donde permanecieron catatónicas, y el museo mantuvo sus puertas cerradas los días siguientes, sin dar explicación. Luego de que las autoridades consultaran el caso con la embajada, los noruegos sugirieron que la pintura de Munch fuese devuelta a su hogar. Ésta tuvo que ser retirada con sumo cuidado, a oscuras, y se sabe que tan pronto partió a bordo de un avión, las personas hospitalizadas despertaron, sin memoria alguna del incidente. El Instituto Nacional de Bellas Artes, para no estropear una exhibición planeada durante año y medio, optó por reemplazar “El grito” con una réplica que engañó a los miles de visitantes que llegaron al museo los tres meses siguientes.

A lo arriero
Juan Ter Veen

Es irónico ver tu fotografía de estudio, usando esa camisa perfecta azul celeste, sonriente casi burlón. Detrás de ti, un fondo aún más azul, adornado con algunas nubes. El gran ramo de flores cruzado por un listón de satín que pone in “memoriam”.
Avemaría tras avemaría he llegado a un letargo contemplativo que va de los rostros abatidos de los dolientes a las nalgas de una infame que se trajo leggins al velorio.
Esto no se parece nada a ti. Lo más solemne que te vi hacer jamás fue recitar estrofas.

El corazón es un arco.
Casi no cabe en el pecho.
Y vuela quebrada arriba
el grito de los arrieros.

Ese cuerpo consumido y leve tampoco te representa. La nariz afilada y prominente que nunca fue tuya, pero portaste en todo lo alto, como un pinocho orgulloso de su impostura. Ni dolor ni drama, la sonrisa tatuada como una ofrenda a los menos fuertes.
Una súbita jaculatoria me causa un sobresalto. –¡Así sea!– cierran al unísono.
Ya no aguanto los pies. Me acuerdo del día en que llegaste todo tusado. Parecía que te hubiese atacado una jauría de chivos delirantes. Explicaste que habías entrado por un corte a la primera peluquería que te quedó de paso, así nomás, porque ya lo requerías. Ahí supe que eras de los míos: un carretonero sin prisas y sin rumbo fijo, un silbador de tonadas inéditas e irrepetibles.

Alegrías pasajeras.
Sombras que duelen adentro.
Angustia de cien caminos.
Tienen los gritos del cerro.

Ya se soltaron con la letanía: virgen acogedora, virgen fiel, virgen poderosa, ideal de santidad, trono de sabiduría, causa de nuestra alegría… ¡ruega por nosotros!
Me quedé sin recuerdos; la osadía de llevar leggins se queda corta cuando la ingrata se agacha a buscar algo en un bolso. Por encima de su hombro creo notar cierta sorna en tu mirada inmortal. Arrieros somos y en el camino andamos, amén.

Y en la mitad del camino
un grito que llena el cerro,
diciendo cosas distintas
aunque parezcan lo mesmo.

En memoria de Óscar Azpeitia.

Silencio
Alma [email protected]_santillan

Silencio. Toma todas las palabras que conoces y guárdalas bajo la cama, en lo más profundo del cajón del buró. No hables, no escribas, no pienses. Imagina que las letras son esclavas de un desconocido que no desea verlas llegar a los oídos, a las bocas y a las memorias.
Acéptalo: no soportarías este mundo sin palabras; no podrías dejar de maldecir al que se robó tu derecho a murmurar, a hablar, a gritar cualquier cosa y hacerla rebotar en el aire, en la arena, en el hierro o en tu propia piel.
Te volverías loco si alguien se robara tu lengua, tus manos, tu imaginación y todo lo que ella dice para sí misma. Te encerrarías a oscuras en un cuarto para recordar lo que era arrojar cientos de palabras que te calmaban las ansias de escapar.
Querrás volver a ellas y abrazarlas como se abraza antes del final, como se abraza a lo que pudo haber sido y no fue, como se abraza al que ya no está. El todo y la nada dejarán de ser lo que son al no poder ser descritos nunca más; ellos también se quedarán inmóviles y morirán porque no le encontrarán sentido a su existencia.
Silencio, sonríele al silencio porque te reta a llenarlo con tu voz.
Y grita.

TUITIZA LOCA

El #Zócalo esta tarde con @rogerwaters más lleno que en cualquier #Grito en toda la historia

Pedro Leal Zarco
@PedroLealJr

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