Cuando sabes que pende sobre tu cuello la guadaña, ¿qué haces? Primero piensas cuáles son tus opciones para salvarte: sopesas cada salida. Cuando no la hay, sabes que solo te queda la zozobra, esa angustia de saber que el final está cerca, más de lo que jamás pensaste. Hoy Antonio Madrid nos comparte la experiencia, la comida amarga de saber que la muerte asoma sus narices frente a ti. Y Juan Rulfo nos pone en los zapatos de alguien que ya sabe que está muerto y que solo hace antesala.
Estoy sentado en una banca de la Plaza de la Libertad en esta ciudad que arde. Y aunque un árbol proporciona una sombra bendita, el calor no deja de sentirse. Sumido en mis pensamientos, miro fijamente la efigie de Humphrey Bogart que, sentado en una mesa redonda, ve también al infinito con su elegante vestimenta y su típico sombrero que le dieron vida a su personaje en El tesoro de la Sierra Madre.
De pronto algo, o mejor dicho alguien, me saca de mi ensimismamiento. Absorto como estaba, no sentí llegarlo y reacciono cuando casi me habla al oído.
– ¿Paisano, cómo estás?–, me dice en una frase mezcla de pregunta y admiración. – Nunca pensé encontrarte aquí. ¿Qué haces aquí?–, inquiere, lo que me hace fruncir el ceño. Tanta pregunta me abruma.
–Pues… vine a buscar trabajo…– le contesto.
– ¿Tan lejos?
– Pues… tú también por acá andas…
– Sí, o sea, sí, pero… oye está fuerte el calor. –Vamos a tomar algo…– asiento y nos dirigimos hacia un café que se encuentra cruzando la calle. Una vez ahí, conversamos con más calma, saboreando yo una nieve de limón y él una de mamey.
Platicamos de cosas banales, como nuestro motivo de estar ahí, tan lejos de nuestra tierra natal. Le reitero que fui a buscar trabajo y él me dice que ya trabaja ahí, en una fábrica. Se ofrece a llevarme pero no son mis expectativas, sin embargo le agradezco. Así seguimos por casi media hora, mientras el aire acondicionado del local ha menguado un poco el endemoniado calor que se sentía a la intemperie.
De pronto el tema se torna sobre nuestra visita a El Zacatal, esa comunidad rural metida entre las montañas poblanas y a la cual tuvimos que llegar en una desvencijada camioneta roja de redilas hace exactamente 20 años, según los datos que a fuerza de recordar precisamos.
En aquella ocasión, Pedro y yo fuimos a aquel lugar como ayudantes de carpintero, para construir y colocar puertas a una clínica de salud que se ubicaría en esa zona indígena, donde muchos de los lugareños hablaban solo la lengua náhuatl.
Llegamos como a las 5:30 de un también caluroso verano.
Tras platicar de esa y otras incursiones en la Sierra poblana, viene a cuento el ingeniero Pedroza, quien venía de la capital del estado. Lo recordamos porque era un tipo locuaz y bromista. Siempre se estaba quejando por los piquetes de mosco, por la falta de comida, por la falta de bebida (alcohólica) y por casi todo.
– ¿Qué fue de él?, ya nunca lo volví a ver– le pregunto a Pedrito.
– Murió– me contesta lacónicamente.
– ¿Murió?
– Bueno, más bien lo mataron.
– ¿Cómo fue?
– Lo envenenaron.
Abro los ojos sinceramente sorprendido y consternado. Tratamos por casi seis meses al ingeniero y siempre nos pareció una persona afable, trabajadora y que no se metía con nadie.
Pedro me cuenta entonces que fue precisamente en El Zacatal donde ocurrió la tragedia.
– ¿Te acuerdas de Bibiana, la chica de aquel rancho?– Me pregunta.
– Sí– contesto.
– Bueno pues el ingeniero le puso el ojo. Comenzaron a andar juntos y creo que por allí fue el asunto.
– Pero si Bibiana era soltera–, le reviro.
– Sí, pero tenía otro pretendiente de por allá que no le cuadró que el ingeniero le quitara su cariño.
– Ajá– contesto ya sumamente interesado en el tema. Se me ha olvidado el calor y los problemas en los cuales hace apenas media hora estaba absorto. Veo la cara de Pedro que gesticula y va como engranando las frases para llegar al clímax de lo que parece ser una macabra narración.
Al final me dice que fue en una comida a donde invitaron al ingeniero. Hubo copas, sabían de la debilidad del profesionista. Una vez ahí le dieron algo, comido o tomado, porque comenzó a convulsionarse. Después estuvo ahí tirado. Le avisaron al Ministerio Público, pero no hubo quién reconociera al ingeniero, que al parecer era de Guadalajara, porque en Puebla vivía solo. “Lo llevaron a Villa Juárez y de ahí a Puebla y no sé si a Guadalajara. Ya no supe y tampoco si detuvieron al presunto culpable”, remata Pedrito.
Nos despedimos. Pedro sigue su camino hacia el populoso mercado, que se encuentra junto al anchuroso río Pánuco y a unas cuantas cuadras del centro. Yo vuelvo al parque con el recuerdo metido adentro de la muerte del ingeniero Pedroza.
Entonces recuerdo que la tarde que llegamos lo hicimos con mucha hambre pues habíamos salido de Villa Juárez a las 11, donde almorzamos. Al llegar a la clínica, que se encontraba en un pequeño cerro, donde también había un panteón, bajamos nuestra ropa y la herramienta y material con el que trabajaríamos. Después estuvimos sin hacer nada, contemplando el puñado de casas que se extendían bajo los pies de la pequeña colina donde estábamos.
Ya casi anochecía cuando llegó al lugar alguien que al parecer era el juez de paz, o algo así, de la comunidad. Habló directamente con el ingiero. Después nos advirtió: “Muchachos, hay que comer bien, porque aquí no hay tiendas ni nada por el estilo”.
Era verdad, había una sola tienda, que ya estaba cerrada. Caminamos a oscuras por las calles polvorientas. No había luz eléctrica. Conforme avanzábamos nos fuimos enterando que nadie quería darnos de comer porque se oponían los lugareños a que se construyera la clínica, ya que decían que les quitaría el trabajo a las comadronas de la zona –lo cual era cierto– también porque el exacerbado machismo no les hacía concebir que un doitor revisara a las mujeres, por “muy estudiado que estuviera”.
“Pinche gente ignorante”, masculló con voz bajísima el ingeniero Pedroza, dirigiéndose a nosotros. Sonreímos todos al amparo de la envolvente oscuridad.
Llegamos al jacal de nuestro anfitrión. Dos mujeres echaban tortillas en un enorme brasero con comal de barro. Era un solo cuarto pero amplio, con piso de tierra. Un olor delicioso inundaba el ambiente. A todos se hizo agua la boca. Nos sentamos a la mesa y mientras conversábamos no lográbamos quitar la vista de las cocineras, esperando ser atendidos, como un perro en espera de las migajas de su amo.
Llegaron a la mesa los humeantes platos. Era chile con huevo. Para las circunstancias era un manjar. Tratamos de parecer educados, pero en realidad casi nos atragantábamos. Nuestro anfitrión pareció haberse dado cuenta porque sonrió socarronamente desde su lugar. Él no probó un solo bocado. Ya comí, dijo.
Una vez que íbamos a la mitad del platillo, pudimos tomar aire para conversar un poco. “Lamentamos de nuevo que la gente se negara a ser beneficiados con la clínica. ¡Ya en otros lugares las quisieran!”, exclamó el ingeniero.
– Pues sí – apuntó el juez – pero ya vez como es la gente. Aquí la gente es canija. A muchos hasta los han envenenado.
Detuvimos el bocado que llevábamos a la boca de manera instintiva y nos miramos de inmediato entre nosotros por unos instantes. Inmediatamente después volteamos a ver al juez, como esperando una respuesta. Después de unos segundos que nos parecieron eternos, sonrió otra vez socarronamente.
–Pero aquí no pasa eso, –sonrió escandalosamente– sigan comiendo.
Las cocineras voltearon y rieron de manera traviesa. Suspiramos como si nos hubieran quitado una enorme losa de encima y seguimos comiendo, aunque ya no con el mismo entusiasmo, un poco por el comentario pero también porque ya habíamos saciado parte de nuestro enorme apetito.
Estuvimos en El Zacatal por un lapso de casi un mes. Sentado ahora nuevamente en la banca de la Plaza de la Libertad, recuerdo todo clavando nuevamente la vista en la efigie de Humphrey Bogart, inmortalizada en una estatua de bronce que se encuentra ubicada fuera del salón Palacio, donde se filmaran escenas de su película.
Ligo de inmediato nuestra experiencia en El Zacatal con la muerte del ingeniero Pedroza. Y pienso que pudiéramos haber sido nosotros.

*Originario de Huauchinango, Puebla, es licenciado en ciencias de la comunicación, apasionado de la narrativa; ha publicado cuentos de corte costumbrista en revistas y periódicos de Puebla y Veracruz. También ha ejercido el periodismo en el género de crónica y columna.

¡Diles que no me maten!

– ¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
– No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
– Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
– No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
– Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
– No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
– Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
– No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
– Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
– La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.
Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Solo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como solo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:
Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:
– Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
– Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.
“Y me mató un novillo.
“Esto pasó hace 35 años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las 10 vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.”

*(Apulco, Jalisco, 1918 – Ciudad de México, 1986)
Escritor mexicano. Un solo libro de cuentos, El llano en llamas (1953), y una única novela, Pedro Páramo(1955), bastaron para que Juan Rulfo fuese reconocido como uno de los grandes maestros de la narrativa hispanoamericana del siglo XX.

 

“The winter is here”, “si bueno…the winter, the hurricane y todos los cataclismos” #zozobra

@dafneyamor

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