Decir lo que sentimos tiene un precio. Puede ser que ganemos la admiración de los demás o puede que recibamos un derechazo; podríamos incluso ser despedidos si no medimos nuestras palabras. ¿Cinismo o sinceridad? ¿Quién dice que es malo decir lo que pensamos? ¿Las convenciones sociales? Víctor Valera narra lo que le puede pasar a una persona que un buen día descubre que no puede contenerse, mientras que Charles Bukowski nos invita a llegar al final. Hazlo en este Maldito Vicio.

Decimos lo que pensamos

Víctor Valera*

–Quiero verte desnuda.
Todo iba bien hasta que la cachetada sonó como un trueno. Lo vieron como a un bicho raro, divertidos, pero Artemio Barrera no comprendió en ese momento el porqué del golpe de aquella mujer que lo encaraba, un pequeño temblor en los labios, altiva y molesta: senos maduros y, a la vez, suaves al tacto, desbordaban el escote negro que parecía no contenerlos, ni la blusa morada, ajustada, que dejaba al descubierto sus hombros blancos con pecas.
Bajita, nalgona, caderona, nariz respingada, ojos vivarachos y claros. Sí, muchos querían verla sin ropa, acariciarla una noche entera, acostarse con ella y besar su pubis.
Tiempo después, en medio de los escombros de nuestra grandeza, descubrimos que ahí empezó la desgracia, cuando la plaga llegó invisible de alguna parte sin aviso alguno para extenderse, poderosa y audaz, e impregnar con su tufo maléfico las paredes de los edificios, casas, parques y glorietas de nuestra ciudad.
Pero en ese momento nadie vislumbró la tragedia que se abalanzaba, lenta y silenciosa, sobre nosotros. Nadie pensó en ello, no. Solo mucho después. Era un suceso sin importancia, mínimo, breve, ridículo y risible, de tantos que pasan en Pachuca, luminosa y alegre antes; oscura y espesa ahora.
Artemio Barrera, aunque los historiadores más conservadores no logran ponerse de acuerdo con su nombre de pila, algunos lo llaman Arcadio, Alejandro o Gumaro, otros lo nombraron el infectado o número cero positivo, había soñado con vacas que hablaban y tomaban té sentadas en sus establos y no permitían que las ordeñaran unos campesinos flacos y harapientos.
Despertó a las ocho de la mañana de un lunes sin presentir lo que estaba asechándolo. Se bañó y miró en el espejo sin reconocerse, se puso un pantalón de mezclilla sucio y una camisa azul arrugada y salió a la calle sin desayunar. En el trabajo ya lo esperaban dos comunicados de gobierno del estado mal redactados, sobre la obra pública del gobernador saliente y un despacho sobre la próxima visita del presidente del país para inaugurar un hospital que, varias semanas después, se inundaría por las lluvias.
Pero cuando el jefe de información del periódico le pidió que cubriera ese evento presidencial, escribir la nota oficial con su respectiva foto con sonrisas blancas Colgate, Artemio Barrera simplemente dijo, o pensó, o sintió: “chingas a tu madre”.
Le salió del alma. Silencio –los historiadores dicen que fue de muerte y luego incómodo, pero quién sabe–, y la indignación creciente, el regaño, la suspensión de varias semanas sin goce de sueldo y la ofuscación, porque no se explicaba cómo su pensamiento pudo pasar al sonido, palabras apenas pronunciadas sin darse cuenta. Quizá las cervezas o el tonaya, el cigarro o la hierba que conseguía en el mercado Barreteros, las muchas noches en vela, insomnios y duermevelas, podrían ser, se dijo filosófico. Y abandonó la redacción del periódico en que trabajaba desde hace ocho años sin saber qué hacer con su vida, con su condición de despedido temporal, informal, una cifra negra que ocultar en la estadística durante el último informe del señor gobernador. Preocupación. Como en sus años de estudiante mediocre de ciencias de la comunicación caminó para olvidar, perderse, total, tenía tiempo. Con las manos en los bolsillos, cabizbajo, pasó por avenida Madero, llegó a la plaza Juárez y tardó en tomar el Tuzobús que no pasaba.
A esa hora la avenida Juárez era un estrépito de la vida cotidiana con el olor pastoso de lo que se lleva haciendo por muchos años.
El Sol calentaba las aceras y fachadas de las tiendas de ropa, fonditas que vendían el desayuno de huevos revueltos, frijoles fritos y café de la olla y también ya cocinaban el menú del día. Además de ópticas, mueblerías, gasolineras y oficinas gubernamentales que empezaban a despertar, a dejar atrás la flojera de siempre e intentar trabajar sin conseguirlo del todo. Había filas para cumplir con los trámites: el pasaporte, la constancia. El gobierno construía un puente con la finalidad de comunicar dos parques separados por la calle pese a la mínima distancia, por lo que la obra provocaba tráfico. Apretado, incómodo, Artemio Barrera alcanzó a distinguir desde el camión a la princesa Caguama que levantaba su puesto de tamales y atole que atendía cada mañana en la iglesia de la Villita. Observó a niños que pedían limosna en la panadería. Remordimiento, a lo mejor tendría que hacer lo mismo. Sintió un escalofrió cuando llegó una ambulancia con un paciente a la Beneficencia Española y luego la vio.
Mejor dicho notó sus senos cuando subió en la estación del Bioparque y contó los lunares de su cuello, se sumergió en el aroma del champú de su cabello pintado de rojo recién lavado. Al recorrer, eso sí, discretamente las nalgas con su mirada, imaginaba una delgada tanga, quizás roja, morada o azul y sucedió: la frase, la cachetada, las risas, la escapatoria en la próxima parada.
Aquí los historiadores coinciden en señalar que Artemio Barrera fue el primero en padecer la enfermedad. Conforme pasaba el tiempo, cada vez más constante, decía lo que pensaba sin recato, sencilla y honestamente.
Con su casera: “me cambio y no le voy a pagar la renta”. Con sus conocidos: “préstenme dinero que no voy a regresar”.
Pero la alarma inició cuando el síntoma no fue exclusivo de Artemio Barrera, sino que contagió a personas que estuvieron cerca de él ese día: el jefe de información reveló que recibía chayo de gobierno para destacar ciertas notas informativas y fotos del señor gobernador en portada; la mujer del transporte público dijo a su novio que lo engañaba, con llanto desconsolado; y el conductor del Tuzobús detalló que el gobierno compraba la gasolina necesaria para los camiones a un empresario muy amigo del mandatario electo democráticamente. Eso sí, al doble y con cargo al erario público, que de público ya no tenía nada, ironizó tiempo después desde la cárcel el secretario de Finanzas.
Los historiadores narran que la ciudad fue un caos. Las autoridades encerraron al pobre de Artemio Barrera en un manicomio, donde pasó el resto de sus días junto a más infectados.
El hecho más sonado fue cuando el gobernador saliente aseguró muy solemne en su último informe que utilizó el helicóptero del gobierno para asistir puntualmente a partidos de futbol de su equipo preferido, que desvió dinero destinado a la compra de medicamentos con tal de construir una mansión en Europa donde pensaba retirarse con su familia tras servir dignamente al pueblo, y que el honorable Congreso le autorizó, cómo no, una pensión millonaria que los habitantes del estado, agradecidos, tendrían que pagar. Y que viva el año de Hidalgo, dijo entre risitas en su mensaje difundido a todos los rincones de la noble entidad.
El gobernador entrante respondió que no se quedaría atrás, que se duplicaría el sueldo pero que no lo reportaría en el tabulador oficial, que las licitaciones serían adjudicadas a sus amigos, no pagaría impuestos a Hacienda y crearía fondos secretos de presupuesto público. Que despojaría de sus tierras a campesinos para instalar centros comerciales. Que firmó contrato para que otros estados del país quemaran su basura en las cementeras aquí instaladas.
Recordamos que la federación trató de poner orden pero no pudo, porque otros estados del país padecieron estos síntomas y después el mismo primer mandatario declaró en cadena nacional que había pactado con el narcotráfico, que financió su campaña presidencial.
Vinieron otros países. Hubo guerra. Desaparecidos. Muertes. La comida empezó a escasear. Y, tras el alboroto que dejó tantas declaraciones de sinceridad, surgió un silencio entre las ruinas de lo que fuimos. Quienes quedamos miramos alrededor y ya no sentimos nada, agachamos la cabeza para soportar el vacío amargo de ignorar qué pasará con nuestro destino. No sabemos si ya nos curamos de este maldito vicio o seguimos diciendo lo que pensamos.

* Egresado de la UAEH, reportero en Hidalgo desde 2007.
Cuando inició a reportear en diarios locales cubrió organizaciones campesinas y protestas sociales. Actualmente cubre la fuente política. [email protected]@enidbug

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Charles Bukowski*

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
De otro modo, no empieces siquiera.

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
Tal vez suponga perder novias, esposas,
parientes, empleos y quizá la cabeza.

Ve hasta el final.
Tal vez suponga no comer durante tres o cuatro días.

Tal vez suponga helarte
en el banco de un parque.

Tal vez supongo la cárcel,
tal vez suponga mofas, desdén,
aislamiento.

El aislamiento es la ventaja,
todo lo demás es un modo
de poner a prueba tu resistencia,
tus auténticas ganas de hacerlo.
Y lo harás a pesar del rechazo
y las ínfimas probabilidades
y será mejor que cualquier otra cosa
que puedas imaginar.

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
No hay sensación parecida.

Estarás a solas con los dioses
y las noches arderán en llamas.

Hazlo, hazlo, hazlo.

Hazlo.

Hasta el final.
Hasta el final.

Llevarás las riendas de la vida
hasta la risa perfecta,
es la única lucha digna que hay.

*Charles Bukowski (Andernach, 1920-San Pedro, California, 1994).
Escritor estadunidense. En la línea del anticonformismo californiano de la generación beat y utilizando un lenguaje agresivo y una temática marginal, a menudo obscena o violenta, elaboró una obra singular, entre cuyos títulos destacan El cartero (1971), Escritos de un viejo indecente (1969), Ordinaria locura (1976) y Música de cañerías (1983).

TUITIZA LOCA

–¿Cuál es su mayor defecto?
–Me meto en conversaciones ajenas.
–Le estoy preguntando a él.
–Perdón.
Señor Cinismo
@Srcinismo

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