El verano aparece en nuestra cotidianidad  y pone en pausa nuestra prisa.  Nos arroja a una sorpresiva quietud que nos permite  ensimismarnos, reflexionar.  Entonces no hay mejor oportunidad para dejarnos seducir por  páginas plenas de signos,  de conceptos que nos  colocan frente a realidades alternas. Hablamos de los libros,  esa compañía que podemos elegir  para esta época del año  en que la quietud nos asalta.  Y nadie como Diego José  para recomendarnos lecturas veraniegas, como sucede en esta edición de Maldito Vicio. 

Diego José*

Una de las extrañas ocurrencias del verano es que a las personas les da por pensar en libros, quizá porque la sensación dilatada del tiempo y la repentina amenaza del tedio contribuyen a la elaboración aquietada de uno mismo. Algo tiene la impertinente voracidad del verano con su vaporosa soberbia que la lectura se convierte en un refugio para vencer los caprichos del clima o el diálogo irrelevante de vacacionistas.
Las lecturas del verano recuerdan a la obsequiosa apetencia de algunos frutos que alcanzan su plenitud en la estación voraz del año. Pero al igual que mandarinas o toronjas olvidadas en el césped, los libros también se pudren en la mesa de noche o en el maletín en que fueron depositados. Por eso bien vale saciarse con los gajos que encienden con su cítrico la tarde o con las páginas dichosas de los libros.
Por obvias razones, pienso en algunos títulos que pueden acompañar la gozosa lasitud de estos días: dos novelas de antaño sobre excesos y virtudes del mar: Bellísima bahía de Ricardo Garibay o Se está haciendo tarde de José Agustín. Pero también se antoja la porosidad penetrante de Cesare Pavese: La luna y las fogatas es una historia que cautiva por la hondura estilística en que se desarrolla la voz anhelante de un hombre que huye de su destino. Otro italiano más cercano a nuestra época, Erri De Luca, nos invita a ser testigos de los ritos de paso de un niño rumbo a la adolescencia en Los peces no cierran los ojos, novela sutil que toca la desgarradura del cuerpo que desea crecer contra las imposiciones de la edad.
El verano nos recuerda los furores de una entrega y la necesidad de extraviarse en compañía del otro, como en esos versos de Pellicer:

¿Por qué si ya estoy lleno de mí mismo
quiero de ti la brisa, el agua, todo
tu ser en mí, profundo, de tal modo
que yo sea el abismo de tu abismo?

Apropiación indebida (Alfaguara, 2015) de Lena Andersson es una novela contemporánea sobre los entresijos del discurso amoroso y su obsesiva retórica. La historia profundiza en los mecanismos de la autoficción que elabora la mente obnubilada del enamorado: las suposiciones, la justificación desmedida, suspicacia y usurpación de una vida que pretende habitar el abismo ajeno. Lena Andersson desazolva sin ambages los nuevos rituales del “amor sin compromiso” en una sociedad anhelante de autoafirmación. Si bien se trata de una novela bastante convencional en su estructura, la parquedad estilística es suplida por una aguda, tenaz y despiadada reflexión sobre los límites del individualismo. ¿Cuáles son los límites de la posesión del otro? ¿La percepción del propio deseo es suficiente para apropiarse de manera indebida de aquello que no nos corresponde?
En una dimensión distinta, la lectura de Evangelia (Alfaguara, 2016) del regiomontano David Toscana nos ofrece una mordaz revisión del mito mesiánico, partiendo de una suposición alegórica: ¿qué pasaría si el hijo de Dios concebido en el vientre de María fuera mujer? La deconstrucción del relato bíblico bajo la audacia estilística de Toscana, con su despliegue de sosegada erudición e ironía, desacraliza la figura de Cristo reconstituyendo elementos de las escrituras. El despliegue de recursos nos muestra a un autor capaz de asumir retos de una ambición literaria universal.

El autor de Santa María del Circo no solo ironiza y parodia las escrituras, alude a una feminización de la cultura al proponer un evangelio literario cuyo centro energético radica en el orden opuesto al patriarcalismo dominante en la historia del hombre.
La publicación del Premio Aguascalientes supone cada año una expectativa sobre los derroteros que sigue la poesía producida en nuestro país. Las maneras del agua (Fondo de Cultura Económica, 2016) de Minerva Margarita Villarreal ahonda en la experiencia extática de Teresa de Ávila, sugiriéndonos un acercamiento a claroscuros de una espiritualidad que rompe con condicionamientos fervorosos de la religión. Villarreal construye con un lenguaje exquisito y dicción puntual un mosaico de poemas sobre la experiencia de lo absoluto.
La quietud de las ciudades veraniegas siempre contrasta con la euforia de vacacionistas, su desolada parsimonia se agradece, sobre todo para quienes soportan la inquietante premura de la prisa cotidiana, por ello el verano es una buena invitación para leer. Un libro es un oasis, solo basta dejarse seducir por su llamado para entregarse a un placer inusitado que bien vale la pena experimentar.

*Diego José, poeta nacido en la Ciudad de México (1973),
radica en Pachuca desde hace varios años. Fundó el periódico de arte y literatura La Palanca 1934. Con su libro Cantos para esparcir la semilla (2000) ganó el premio nacional de poesía Carlos Pellicer.

TUITIZA LOCA

Es domingo y no trabajo. Nada como dedicarme tiempo #lecturasdeverano

@laurasegura91

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