Al director de este suplemento la lluvia siempre le ha parecido el mejor clima posible. Tiene que ver con su gran amor por el agua. Por eso, cada que puede aprovecha para debatir con aquel o aquella que se atreve a decir que, cuando el día está nublado y lluvioso, significa que hay mal tiempo. Nada de eso.  Pero eso es lo que él piensa. Hoy Maldito Vicio se funde con Esto no es un libro para abrir las páginas a la lluvia y a las emociones que en algunos personajes desata. Son textos de cinco autores, quienes presentan el lado B de la más reciente edición de Esto no es un libro. Funcionará como un disco. Usted leerá las historias de Esto no es un libro, y podrá encontrar otras emparentadas en el Maldito Vicio Este experimento, además, lo haremos cada mes. Bienvenidos sean.

Sin piedad

Enid Carrillo/ @enidbug

Llueve en mí desde hace tiempo. Con los años me he acostumbrado a ese sentimiento causante de un frío que me duele en la espalda y que, en días como este, subraya mi soledad. Esta mañana decidí ir a La Piedad, donde siempre pido un manchado con tres cucharadas de azúcar para endulzar mi vacío. Estaba a punto de pagar la cuenta cuando una lluvia terrible cayó sobre aquel diminuto pedazo de mundo. Me senté junto a la ventana, que era el único lugar disponible a esa hora cuando el café está a reventar. A mí no me gustan las ventanas porque no me gusta que me vean, lo mío es la invisibilidad. Pero ante el ritmo de la lluvia, me senté a esperar. Sentí de repente una mirada que me dejó intranquilo, como si al verme me hubieran despojado de algo. Volteé a la ventana, esa mirada salía de los ojos heridos de una mujer que reconocí al instante: era mi hija Constanza, empapada y linda. Los años le sientan bien. No pude decir nada, ni siquiera mirarla fijamente. Verla me hace sentir frágil e inmundo. Por eso me alejé, para no lastimarla, para no hacerla sufrir, para quitar de su camino la pena de lidiar conmigo, pero hoy esta lluvia interminable y jodida nos volvió a encontrar y sé que los dos estaremos tristes.

Transparente

Alma Santillán/ @alma_santillan

Se llamaba Gustavo, teníamos 20 años cuando nos conocimos. Desde el primer día me atrajeron su silencio y su mirada de hijo de puta. Me enamoré como una loca, por supuesto. Le gustaba mirar el pavimento en el patio de su casa mientras caía la lluvia, me decía que era como ver nacer una pintura: primero unos puntos, luego unas cuantas figuras imaginadas, después un desastre que terminaba en gris oscuro.
Cuatro meses pasaron cuando, un buen día, Gustavo dejó de mirarme a los ojos y de tomar mi mano; empezaba la primavera, no había más tardes lluviosas para imaginar pinturas en el pavimento. Se volvió retraído, cada día un poco más.
Una tarde le busqué la mirada por más de dos horas, mientras le decía que no podía hacerme eso, que no tenía idea de cuánto lo quería. Pero él solo decía que él no, que él no…
En mi cumpleaños 50 supe que Gustavo jamás se casó, que jugó a ser feliz en decenas de nombres y en asfaltos empapados. Me dijeron que en cada borrachera terminaba contándole a cualquiera su temor por no poder sentir alegría o tristeza; deseó no ver marchar a tanta gente de su vida mientras él no reparaba ni en mirar atrás. No había día de lluvia en que no saliera a dejarse invadir por los puntos líquidos que a su lado caían en el pavimento; le dijeron que la lluvia limpiaría cualquier maldición impuesta a su corazón, incluso la de no sentir, y que, con suerte algún día podría volverse transparente.

El Dios en la piedra

Oscar Raúl Pérez Cabrera/ @oscarellin

Sentado sobre una piedra, lloraba aquél Dios. Lloraba porque, a diferencia de sus antecesores y de sus semejantes, él no podía con la gran responsabilidad. Tan sencillo que hubiera sido ser como cualquier hombre de barro…
Y mientras llora y llora, abajo no para de llover. Cuando se da cuenta ya todo está inundado, de inmediato hace un barquito de madera y mete ahí a cuanto ser que todavía soplo de vida tiene. Del otro lado, Tláloc ríe y sigue trabajando. En cambio, el otro, el llorón, comienza a buscar la forma para renunciar a ser Dios. Unos años más tarde será hombre y entonces Tláloc volverá a reír cuando esté en la cruz.

Chocolate

Juan Ter Veen

¿Cuánto tiempo llevas deambulando? Saliste de casa sin proponértelo siquiera, buscando un poco de aire quizás. Al principio fue un cigarro, luego los pies hicieron lo suyo.
Cruzar calles y evitar colisiones con otros transeúntes fue un trabajo arduo e innecesario. Un desvío hacia rumbos menos transitados, otro cigarrillo, todo en automático.
La odisea de un ciego. No tú, el otro que daba palos por delante suyo hasta ubicarse en la acera de enfrente, donde comenzó a mendigar. Otro día en la oficina, pensaste.
El perro entrometido con el que compartiste un trozo de chocolate.
Más tarde una cerveza, hojeando el periódico local –tan horrendo como siempre–, y un recorrido desordenado, incompleto, por una exposición de pintura. Afuera, el perro envenenado de cacao contoneándose, enamorado.
Otro tramo azaroso, pero acompañado.
Finalmente, hombre y can sentados como dos viejos amigos, anticipando la despedida, en la banca de un parque.

Frente a nosotros, en la fuente, una mujer lee casi en voz alta algo que sostiene entre sus manos. Llora, sin ocultarlo.
Un final triste para un día sin emociones. Comienza a llover, es momento.
–Adiós, perro pedorro.
Todo mundo, excepto la joven solitaria, corre en retirada; incluso Choco (así he decidido llamarlo), que apura el paso para no quedarse atrás.

Lidia

José Luis [email protected]

Cada mañana despertaba de la misma manera; abría los ojos y se encontraba con las estrellas fosforescentes pegadas al techo. Se imaginaba qué pasaría en 100 años. ¿La casa seguiría en pie?, ¿las estrellas seguirían ahí? Definitivamente, ella ya estaría muerta. Ahí era donde se detenía. La muerte era su mayor temor. Durante años estuvo en terapia pero nada era una solución.
Un día entendió que los psicólogos no le ayudarían porque su problema era mucho más complejo de lo que ellos podían entender. Le tenía miedo a la muerte porque era una representación de su verdadero miedo: no saber. Ese era todo el maldito problema. Dejar de existir como cuerpo arrojado al mundo era lo de menos. La cuestión era dejar de existir como algo que puede saber cosas como si la casa seguirá en pie o si las estrellas fosforescentes seguirán ahí. Tenía que dejar de pensar en todo eso para poder ser feliz, ese era el mejor tratamiento. Si de todos modos estaba destinada a una ignorancia por causa de muerte, prefería tratar de llegar a la ignorancia en vida para no preocuparse por lo que no sabrá cuando esté bajo tierra.
Lo que más la hacía pensar en eso era la lluvia. Su abuela había fallecido un día de lluvia, y desde entonces no podía evitar esas sensaciones tan desagradables. Entonces buscó todas las maneras posibles para alejarse de ello pero nada servía, hasta que un día llegó Ghinzu en forma de un novio que lo único bueno que hizo por ella fue ampliarle el gusto musical antes de engañarla con su prima (la prima de él, no la de ella), y en las primeras notas lo supo. La transportaba cada nota a un mundo donde no existía más que el sonido hueco de la soledad amena. Comenzó a escucharlos en cada aguacero y llovizna. Le hacía bien.
Ayer estaba sentada frente a uno de sus amigos, tomando un café, y empezó a llover. Tuvo que conformarse con tararear mientras el otro hablaba, controlar la ansiedad y buscar el final de la charla para poder recluirse en su mundo, pero el imbécil parecía no entender, como si quisiese quedarse más y más a conversar de tonterías. Pobre Lidia, por eso en este momento está tan asustada debajo de sus sábanas, escuchando a Ghiznu, tratando de olvidar la muerte, de no preguntarse por el futuro de las estrellas fosforescentes.

TUITIZA LOCA

Creo en la lluvia cuando cambia el olor de mi tierra

@rockargento_

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