Hay veces que parece que el destino quiere ensañarse contigo. Piensas en qué pudiste hacer para merecer esto. Buscas explicaciones, el momento en que diste una vuelta donde no debías. Y como no encuentras respuestas racionales, piensas que entonces hay algo sobrenatural detrás de todas las fatales coincidencias que te castigan y hacen de tu vida una pesadilla. Piensas: ah claro, debe ser una maldición, un número, una piedra, un objeto o ente maldito que te persigue. Alma Santillán y Allan Poe hablan de las maldiciones en el Maldito Vicio de esta edición. 

12

Alma Santillán*

Ese día supe que no te volvería a ver. Llámalo intuición, presentimiento, miedo al saber que las historias comienzan y que llega un momento en el que no tienen más futuro que el punto final. No fue la manera en cómo dijiste adiós, ni al rato nos hablamos, ni que tengas buen viaje, ni te amo, ni nos vemos pronto; era algo en el aire, que entraba pesado a los pulmones, un silencio que venía desde dentro, inexplicable, inquebrantable.
Me despedí de las paredes, del Sol que ya se ocultaba tras los cerros, a lo lejos. Mientras yo quería quedarme, tú ya ibas muy lejos, sin mirar atrás, como se despide un experto. Te fuiste mucho antes de querer quedarte.
Debí suponerlo tiempo antes, cuando todo lo que frente a mis ojos se cruzaba era el 12, no letra: número. No 13, el de la mala suerte si es viernes o buena si es martes. No 11, de cuando pides un deseo porque, dicen, el universo se sintoniza con tu pensamiento. 12.
En calendarios, en el reloj analógico, en el canal de televisión, en el asiento del avión, en la lista del súper. Como un camino a medio recorrer, a la mitad entre el deseo y la
–mala– fortuna. Durante días intenté, en vano, encontrarle un significado, una coincidencia. Nada.
Hoy me armé de valor, llegó el tiempo de recordar, de retornar a mis notas de aquellos tiempos; aun buscando una explicación. Volví a la libreta que dio hogar al fuego. Me trajo a la memoria la fogata en la que incendié tu nombre y tus besos; a la que aventé la cinta entera de los dos, que, desafiante, cuadro por cuadro se siguió reproduciendo cada día desde entonces. No es ya una maldición, no me sorprende recordar. Ya qué, ahí está, ahí sigue y seguirá.
Bromas de la vista, del destino, que te devuelven meses atrás, vidas atrás, brazos atrás: fue 12 cuando me mudé a esa ciudad, 12 cuando me hiciste el amor por primera vez, 12 cuando modifiqué mi rumbo; 12 cuando leí mi nombre en esa etiqueta. Y, claro, 12 cuando supe que no te volvería a ver.

*Alma Santillán (Pachuca, 1984).
Comunicóloga por la UAEH; correctora de estilo y editora digital; vierte sus demonios en historias, posibles e imposibles, para mantener la cordura.

Silencio

Fragmento

Edgar Allan Poe*

Escúchame –dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza–. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.
Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del Sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.
Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.
Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.
Y de improviso levantóse la Luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la Luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz había caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la Luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían “desolación”.

*(Boston, EU, 1809-Baltimore, id, 1849)
Poeta, narrador y crítico estadunidense, uno de los mejores cuentistas de todos los tiempos.

TUITIZA LOCA

¡Que nadie más use la nueve en la selección! ¡No se puede errar tanto! #maldición
Policarpa
@soyanaliaok

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