Los viajes nos cambian definitivamente. El ver y conocer lugares en los que nunca hemos estado cambia nuestra percepción del mundo. Escribir sobre la experiencia del traslado produce un relato, un diario en el que combatimos la fugacidad, el peligro de que nuestra experiencia se pierda para siempre. En este Maldito Vicio Luis Frías nos comparte un lapso luminoso de su vida que empezó al abordar un avión hacia Estados Unidos. Y Jack Kerouac nos lleva en On the road a reflexionar sobre una súbita añoranza de la muerte.

Saudade

Quero a vida sempre assim
Com você perto de mim
Até o apagar da velha chama.
Corcovado de Tom Jobim

No podría haber sido de otro modo. Más que sacar aquí algo semejante a una nostalgia, debiera reconocer gozoso que fui afortunado en que haya aceptado ella. Era descabellado y aun así dijo: Va. Sabía que dentro de dos semanas íbamos a despedirnos, y de todos modos corrió el riesgo de empezar algo. ¿Un romance, un amorío, una pura pendejada? Dígasele como se le quiera decir. Antes de esa tarde en la terraza del bar, apenas si nos habíamos tratado unos días. Era de unos cabellos rubios como el Sol en las olas del mar, de unas caderas de infarto, de una inteligencia penetrante y directa. Me atraía, pues, con el mismo poder con que me intimidaba. Con la ayuda de unos tragos, reuní el valor suficiente para decirle que me encantaba. Y para mi sorpresa, fui muy bien correspondido. Al final de esa tarde aceptamos correr los riesgos de entregarnos a lo que pudiera venir, para bien o mal. Eso sí, la expectativa era que las cosas fueran para bien. Al menos, durante los pocos días que había en el horizonte antes de nuestra inminente despedida. Yo me iría a Maine, y después, ella a Porto Alegre, al sur de Brasil.
Los siguientes días en el DF se pueden resumir de esta manera: terminamos enamorándonos. Quién sabe si fue un error. Lo cierto es que nos dejamos ir, y alcanzamos nuestra cima justo antes de tener que despedirnos. Pasamos juntos la noche antes de mi vuelo. Fue absolutamente hermoso. Tengo la fortuna de haber pasado varias noches con mujeres bellas; mas esa es la noche paradigmática de mi vida. Por eso mismo, despedirnos fue bien cabrón. Y el vuelo a Nueva York con escala por Charlotte fue aún peor. Un montón de horas pensando en ella. En el camino hice, como en todos mis viajes, muchas anotaciones. Pura cursilería, pienso ahora. ¡Pero cómo no! ¡Los enamorados deben estar juntos! No uno en el DF y otro caminando de madrugada afuera del aeropuerto de Newark, en Nueva Jersey, para tomar un bus a Manhattan.
En las horas siguientes, en que tomé en el Port Authority Bus Terminal de Nueva York el bus que me llevaría a Boston, tuve que someterme a dos procesos velozmente. Apechugar la nostalgia propia de toda partida, con el inconveniente de ir enamorado. Y por otra parte, abrirme a las nuevas cosas que ofrece todo viaje. O sea, tuve que cerrar a empujones la puerta donde se encontraba ella y poner la mejor cara para abrir la puerta a nuevas cosas. Todo en unas pocas horas. En Boston me recibió un amigo. Debía poner cara de alegría, y la puse con sinceridad. Después de comer en un pub, tomamos carretera hacia Bangor. En unas cuantas horas encontré ese equilibrio en el cual debí cerrar unos sentimientos y abrirme a otras posibilidades. Saudade fast track. Había hallado la fórmula para hacer frente a las emociones durante los días siguientes. Esa noche la pasé en Bangor. Y a partir del día siguiente me fui a los dormitorios que The University of Maine tiene en su campus, en Orono. Allí viviría todo el mes siguiente. Ahora me doy cuenta que esas breves e intensas horas en que tuve que despedirme de ella, tomar varios aviones y varios buses y conocer unas ciudades que no conocía, fueron el catalizador para poner en un estado de suspensión adecuada mi enamoramiento, y para poder abrirme plenamente a ese viaje que resultó espléndido.
Fue un mes saudade. Nunca dejamos de hablarnos por teléfono. Al principio, incluso tuvimos unas cuantas noches de sexo virtual. No lo había hecho nunca. Se me hacía rarísimo. Pero con ella, yo aceptaba todo. A los pocos días se fue enfriando la cosa un poco. Mejor dicho, fue transformándose. Con añoranza, recorrí el bosque de Bar Harbor, situado junto a un mar cuyas olas rompen en las piedras con una sensualidad que no me hubiera imaginado en aquel clima gris. Pensando en ella, también conocí la hípster y soleada Portland, que da a una playa. Pensé: podríamos vivir aquí y andar en chanclas y con playeritas cuquis de decenas de dólares. Total, en los ratos en los que no estaba en la universidad, visité bares, librerías, cafeterías, pubs, conciertos, puentes, parques, jardines, muestras de arte, tiendas de antigüedades. Logré disfrutar todo, sin dejar de pensar en ella. Al cabo de un mes, regresé al DF; ella ya se había devuelto a Brasil.
En unas pocas semanas, va a regresar al DF. En todo este tiempo, ahora que pienso en ello, el estado de ánimo que tuve que asimilar rápidamente en esas horas posteriores a nuestra despedida, ha sido indispensable para aguardar por su regreso. He vuelto a mi vida normal, disfrutando el día a día, sin apartar de mi lado una espera amorosa y paciente. Días saudades. La paradoja de ese viaje a Maine es que fue el causante de nuestra despedida súbita, al mismo tiempo que de ese estado de ánimo, mitad nostalgia mitad alegría cotidiana, con que he enfrentado estas semanas de espera.

*(Ciudad Sahagún, 1986).
Escribe y también realiza cine. Ha sido becario del Foecah en dos ocasiones y ha obtenido apoyos del Pacmyc. Es realizador de los documentales Ciudad nostalgia, Fervor del polvo y Lejos cerca. Se graduó de historia de México en la UAEH y de letras hispánicas en la UNAM. Actualmente, cursa la maestría en letras modernas en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, donde estudia tres novelas del escritor Yuri Herrera. Esa crónica es un daño colateral de la estancia de investigación que hizo el pasado julio en Estados Unidos, a invitación de The University of Maine, como parte de sus estudios de maestría.

En el camino
Fragmento

Precisamente por entonces empezó a obsesionarme algo extraño. Era esto: me había olvidado algo. Se trataba de una decisión que estaba a punto de tomar antes de que apareciera Dean y que ahora se había borrado de mi mente aunque todavía la tenía en la punta de la lengua. Chasqueaba los dedos intentando recordar. Y ni siquiera podía decir si era una decisión auténtica o solo algo que había olvidado. Me obsesionaba y desconcertaba, me ponía triste. Tenía algo que ver con el Viejo de la Mortaja. Carlo y yo estábamos sentados en una ocasión, rodilla contra rodilla, en dos sillas, mirándonos, y le conté un sueño que había tenido de un extraño árabe que me perseguía por el desierto; trataba de escaparme de él, pero me alcanzó justo antes de llegar a la Ciudad Protectora.
–¿Quién sería?– dijo Carlo.
Lo consideramos. Supuse que era yo mismo envuelto en una mortaja. No era eso.
Algo, alguien, un espíritu nos perseguía por el desierto de la vida y nos alcanzaría antes de llegar al cielo. Por supuesto, ahora que volvía a ello, no podía ser más que la muerte: la muerte que nos alcanza antes de que lleguemos al cielo. Lo que anhelamos durante nuestra vida, lo que nos hace suspirar y gemir y sufrir todo tipo de dulces náuseas, es el recuerdo de una santidad perdida que probablemente disfrutamos en el seno materno y solo puede reproducirse (aunque nos moleste admitirlo) al morir. Pero, ¿quién quiere morir?
En el torbellino de acontecimientos en el fondo de la mente seguía pensando en esto. Se lo conté a Dean y él reconoció de inmediato que no era más que anhelo de la propia muerte; y dado que nadie vuelve a la vida, él, sensatamente, no quería tener nada que ver con ello, y me mostré de acuerdo.

*(Lowell, 1922-San Petersburgo, Florida, 1969)
Novelista estadunidense, creador del término beat para denominar una generación literaria surgida en su país en la década de 1950: su obra narrativa, sobre todo la emblemática novela En el camino, encarnó las experiencias y deseos de libertad de esa generación, representada también por A Ginsberg y W Burroughs, entre otros.

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