Nadie está preparado para el desasosiego. Cuando llega sentimos que no hay salida. Estamos insatisfechos, nerviosos, ni el Sol nos calienta. Existe angustia cuando no sabemos de dónde viene esa falta de serenidad. O peor aún, cuando entendemos que lo que nos robó la tranquilidad no tiene solución. Enid Carrillo describe cómo un arrebato, una mala decisión, en unos minutos se puede llevar nuestra tranquilidad para siempre. Mientras, Goethe reflexiona sobre nuestra permanente insatisfacción en este Maldito Vicio. 

Se me fue de las manos

Enid Carrillo*

¿Por qué no me importa la vida? Intento responderme por las noches cuando, en medio del silencio, puedo escuchar el galopar de mi sangre espesa y oscura por estas venas viejas que tengo enredadas en el cuerpo. Escucho como transitan por esos ríos moribundos mis recuerdos más dolorosos, como se atascan en algún punto estrecho del recorrido para dolerme justo en el corazón, donde mi sangre se hace nudos.
Hace tiempo que nada tiene sentido para mí. Desde que ya no tengo con quién hablar mi percepción del tiempo se ha distorsionado. Y no me importa la vida. Sé que la muerte será mi perdón, sé que estos días son ya mi castigo, la moneda con la que pago la cosa que hice. Esa cosa que hice.
Nunca le he contado esto a nadie, pero me he cansado de sentarme a contemplar la vida como un extranjero que no tiene ni merece lugar. Soy un hombre solo, viejo y lleno de culpa; lo único que me queda por perder es la vida y ya no la quiero porque no me interesa. El peso de mi sangre dificulta su recorrido; de vez en cuando cierro los ojos y los aprieto con fuerza hasta ver destellos que parecen estrellas.
La última vez que apreté mis ojos vi a Micaela. Estaba tan bonita, tan enojada… Y cómo no, si yo le quité la vida; le arranqué algo sagrado que le dejó un hueco en el pecho y la fue matando poco a poco. Soy un hombre malo, me faltó decir. Una noche sin Luna ella me dijo que estaba embarazada. Lo recuerdo bien. Me gustó pensar que en los huecos de una mujer puede caber una vida y que esa vida la había hecho yo. Saberme capaz de crear me hizo sentir poderoso; fui soberbio. Esa noche me quedé dormido abrazado a ella, enredado en su pelo con olor a manzanilla.
“No es tu hijo”, me restregó en la cara una Micaela transformada. Llena de odio, me confesó su engaño un domingo de mucho frío y mucha lluvia. Me dijo, con hartazgo, que no entendía ni mi amor ni mi cariño ni mi ilusión por un hijo que no era mío. Me dijo que se iría de la casa, que lejos de mí podría vivir la vida que siempre quiso con un hombre que no era yo.
No le dije una sola palabra. Nunca pregunté quién era el padre ni pedí perdón –y mucho menos explicaciones–. Sentí cómo mis lágrimas, calientes, quemaron mi cara, pero no dije nada. Miré mis manos, con las que la toqué, con las que construí todo lo que en ese momento se derrumbaba. Sin secarme una sola gota de dolor, la abracé por detrás cuando ella se dio la vuelta, engañándola para tenerla cerca. Y volví a oler la manzanilla. La enredé con mis brazos y la besé en el cuello. Ella –tan miserable– no se atrevió a despreciarme después de todo lo que me había dicho…
Cuando la tuve bien convencida de mis ganas, le apreté bien fuerte el estómago: mis palmas chocaban con sus entrañas. La apreté hasta que casi no pudo respirar, como queriendo deshacer lo que llevaba dentro. Todas mis fuerzas me ayudaron. Ella sacudía los pies y pude ver en el espejo cómo sus ojos se abrían, enormes. De pronto, una horrible debilidad se apoderó de mí, la solté y ella se dejó caer como una pluma.
Desde ese día la maté.
Sí. La maté. Asesiné todo lo que llevaba en su interior, lo bueno y lo malo. Y también asesiné algo dentro de mí que no puedo explicar. Después de eso, ella se fue y jamás la volví a ver, pero antes de irse dejó la casa impecable, sin huella alguna de haber estado allí. Un día llegué y ella no estaba más. Se esfumó, y con ella se fueron todas las alegrías que mis manos mataron.
La desazón del engaño y culpa que tengo no me dejaron confiar en ninguna mujer. En ninguna persona. En ninguna circunstancia. Durante años he tenido pesadillas en las que se me va el aire. Pienso que así se sintió el hijo de Micaela cuando mis manos quisieron matarlo. Porque fueron mis manos, no yo. Después de que ella se fue comencé a escuchar el andar de mi sangre por todo mi cuerpo, y hoy, que soy un retazo vetusto, pienso en mi sangre todo el tiempo, en el aire y la sangre que recorren juntos mis venas. Siento esos nudos que me aprietan el corazón. Ojalá que lo hagan con la fuerza con la que abracé a Micaela esa noche de rencor; ojalá que toda la sangre que hay en mi cuerpo se junte en mis manos o en mi cabeza, que éstas exploten y todo termine en un enjambre de nervios sangrientos y convulsionados.

*Enid Carrillo, Pachuca (1988).
Colabora en 451 EFE revista de periodismo narrativo en Hidalgo, Esto no es un libro y Letras Raras (cuando no se le pasa la fecha). Cree que Pachuca es un enjambre de cosas extraordinarias.
@enidbug

Las desventuras del joven Werther (fragmento)

Johann Wolfgang von Goethe*

Muchas veces se ha dicho que la vida humana no es más que un sueño, y no puedo desechar de mí esta idea. Cuando considero los estrechos límites en que están encerradas las facultades intelectuales del hombre; cuando veo que la meta de nuestros esfuerzos estriba en satisfacer nuestras necesidades, que éstas solo tienden a prolongar una existencia efímera y que toda la tranquilidad sobre ciertos puntos de nuestras investigaciones no es otra cosa que una resignación meditabunda, ya que nos entretenemos en bosquejar deslumbradoras perspectivas y figuras abigarradas en los muros que nos aprisionan… Todo esto, Guillermo, me hace enmudecer. Me reconcentro en mí mismo y hallo un mundo dentro de mí; pero un mundo más poblado de presentimientos y deseos sin formular, que de realidades y fuerzas vivas. Y entonces mis sentidos se nublan y sigo por el mundo con mi sonrisa de ensueño.

*Poeta, dramaturgo y filósofo alemán.
Nacido en Fráncfort, entre sus principales obras merecen citarse las novelas Las desventuras del joven Werther (1774), Las afinidades electivas (1809) y Años de viaje de Wilhelm Meister (1821). La más ambiciosa es el poema filosófico Fausto, que se publicó en dos partes (1808-1833), está considerada una de las más grandes creaciones de la literatura universal.

TUITIZA LOCA

Escribir sí significa perderme, pero todos se pierden, porque todo es pérdida. Sin embargo, yo me pierdo sin alegría #Desasosiego

@literariedad

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