Crecemos y nos vamos deformando. Nuestra tábula se contamina, las personas nos marcan, nos deshilachan el alma. Así vamos guiando nuestros días, que luego se transforman en años. En un momento volteamos atrás y ya han pasado décadas. Y entre ese mar de experiencias, de miles de rostros, siempre recordamos a los que nos marcan. A quienes diseccionan nuestra piel y hurgan en nuestras tripas. O a quienes nos otorgan el don. Aquí la segunda parte del texto de Oscar Baños.

El don
(segunda parte)

Al salir de la secundaria ya algo me gritaba desde las tripas que mi camino era no tener camino, ni casa, ni amigos, que tenía que andar hasta armar un rompecabezas del que no sabía la forma ni de cuántas piezas constaba.
En aquellos tiempos mi ciudad estaba un poco menos muerta de lo que está hoy, todos éramos artistas, quien no pintaba hacía fotos, o escribía, o montaba instalaciones o coordinaba un fanzine; las calles lluviosas eran un desfile constante de adefesios cuidadosamente desarreglados, casi en harapos, cada cual más alternativo que el otro, más radical.
En una de las tocadas, que por esos tiempos abundaban, lo conocí, estaba sentado al lado mío bebiendo tequila de una bolsa de plástico con popote. Cerca de las siete de la tarde nos dirigimos a una construcción abandonada con el pretexto de orinar, fue la primera vez que probé una verga.
Arón fue después de eso una patada en el culo, tenía tanto miedo que terminó contando a todo el que quisiera oírlo cómo traté de aprovecharme de que estaba pedo para agarrarle los huevos; pese a ello, y a que ya para ese momento yo era el puto que no entendía que su lugar era con las jotas de la estética y no en las tocadas de metal, Arón fue una pieza fundamental en mi búsqueda, la primera pieza clara de aquella madeja. El problema fue que me enamoré, que lo soñé muchas veces y lo buscaba con la mirada en las galerías de arte improvisadas o en el cine club solo para descubrir que también me miraba, de reojo por supuesto, jamás se me volvió a acercar en público.
Nos quisimos como se quieren los ignorantes, nos tocamos con las manos torpes en las calles vacías en las que nos encontrábamos después de alguna tocada o la presentación de una revista hecha con fotocopias; la última vez que estuvimos juntos fue al regreso de un pueblo cercano al que nos fuimos a tomar algunos litros de pulque, esa experiencia, mis labios alcoholizados, los cigarros Delicados, la tierra en la que estábamos sentados fue demasiado para él, me dijo que me amaba pero no se despidió, ya desde unos meses atrás lo tenía planeado, de eso me enteré después; ese fin de semana se fue al norte para no volver.
Después de Arón ya la cosa no fue la misma, llegaron el Internet y las salas de chat en las que tímidamente se asomaban dos para lo que andaba buscando: gay y bisexual; me la pasaba en el cibercafé que en esos tiempos sí ofrecía café y galletas como parte del servicio.
Para ese momento mi vida consistía en tirarme a cuanto cabrón pudiera, era como una furia, me los cogía fuerte, a algunos llegué incluso a golpearlos; me gustaba en ese tiempo andar en los callejones detrás de los bares o cerca de ellos, sabía que en esos lugares encontraría viejos que ofrecerían monedas a cambio de mamar una verga joven, eran patéticos y asquerosos, seres de cuerpos fofos que suplicaban un contacto que ni siquiera disfrutaban del todo. Después regresaban a sus casas y dormían con sus mujeres que por supuesto fingían desconocer las correrías de sus parejas.
Algunos sábados me lanzaba a la capital a comprar ropa y casetes, juntaba el dinero suficiente para que la vuelta valiera la pena. En las escaleras a un lado del tianguis conocí a Gustavo, se hacía llamar Necrosis; cogimos en el cuarto que rentaba en una vecindad cercana, después fumamos mariguana y tomamos cerveza; cada que lo visitaba volvía a mi ciudad hasta el domingo. Una ocasión no lo encontré, fui a buscarlo a la vecindad pero el cuarto estaba vacío, nadie supo decirme en dónde hallarlo, habían pasado dos meses desde que nos viéramos la última vez.
Dejé de ir a la capital por un buen tiempo, la música era el pretexto para ver a Necrosis y sin él no tenía sentido volver; yo aún no lo sabía pero en esos días el don me fue otorgado.
Escribí poemas o lo que yo quería creer que era poesía, escribí por las noches, febril y obsesionado, escribí en el cementerio de la ciudad, el más viejo, el de las lápidas decoloradas con ángeles atormentados como custodios. Publiqué incluso algunos textos en un fanzine (hecho con fotocopias como todos) pero las letras no solo no calmaron la ausencia del punketo desaparecido, incrementaron el vacío, el escozor.
Andaba en los mediocres talleres de escritura leyendo los textos de mi abandono, allá iba con mi folder bajo el brazo.

Me enseñaste a amar
como solo pueden hacerlo
los carroñeros,
a vestirme de luto como buitre
y olfatear el cadáver
de tu saliva
en mi vientre.

Cortamos los girasoles
de aquellos días;
hicimos jirones
con la piel manoseada
de las putas.

Fuimos ociosos demonios
de lenguas azules.

*Me gustan las mañanas
con café negro y sin azúcar, caminar antes de que amanezca ya que para mí las calles vacías tienen una belleza muy particular. Duermo en el bosque de vez en cuando, disfruto conversar con la gente vieja de los ranchos, el olor del cempasúchil y las historias de naguales.

Hoy una de mis colegas me dijo que tengo el don de la palabra, pero no sé de qué chingados estaba hablando. #ElDon
George A Méndez
@georgeamendez

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