Prohibir o permitir los novios de “chocolate”

VERÓNICA MUÑOZ
Pachuca

Cada que advierto en mis hijos algún gesto que copiaron de mí, no puedo evitar reír por lo bajo y experimentar ese indescriptible calorcito que experimentamos los padres cuando nos reconocemos en nuestros hijos.
Recordemos que el primer método de aprendizaje que se desarrolla es el de imitación, para bien o para mal, nuestros hijos aprenden mucho más repitiendo nuestras conductas que escuchando los aburridos sermones y las interminables listas de instrucciones que nos encanta darles. Si mantenemos este principio bien presente, nos ahorraremos muchas molestias a lo largo de las distintas etapas de la crianza.
El problema viene cuando los niños copian las cosas que no consideramos apropiadas, por ejemplo, las relaciones de pareja. “Hay que dejar a los niños ser niños” me decía una conocida luego de llamarle fuertemente la atención a su pequeña de cinco años porque interrumpió nuestra conversación para notificarle que en la escuela Carlos le pidió que fuera su novia y ella le dijo que sí porque tiene una mochila de los Backyardigans.
No podría estar más de acuerdo en que los niños deben vivir adecuadamente sus etapas y es nuestro deber como padres o cuidadores garantizarlo, pero ¿qué significa ser niño? Es indiscutible que ser un niño es ser persona, una persona en formación que está aprendiendo la forma en que están dispuestas las cosas en el mundo, cuáles son las reglas y la lógica (o la ilógica) que rigen a la sociedad, también es un hecho que su principal modelo a seguir son sus padres, preguntémonos entonces ¿cuál es la importancia que le damos a nuestra relación de pareja? Me atrevo a asegurar que para una aplastante mayoría, la relevancia de esta esfera de la vida es enorme, por lo cual no es de extrañar que nuestros hijos jueguen a casarse o tengan novios de “chocolate”.
Si no fuera suficiente con nuestro ejemplo, el mensaje se reafirma con cuentos de hadas donde todo acaba en “vivieron felices para siempre” y toda clase de productos culturales que ya sea de manera directa o indirecta, están disponibles para los niños y ponen al amor erótico-romántico como sinónimo de felicidad y meta final de la vida.
No podemos, ni sería sano, meter a nuestros hijos en una burbuja hasta que “tengan edad para esas cosas” y reprenderlos por lo que es natural en ellos, es decir, imitarnos e inventarse un novio o una novia, eso sí que es no dejarlos ser niños, pedirles que vayan en contra de su propia naturaleza. Además, enviamos el mensaje incorrecto al desestimar la validez de sus sentimientos y su apreciación del mundo; de este modo les estamos diciendo que no pueden confiar en lo que sienten y que su opinión no es válida.
Nos puede parecer como adultos que por la experiencia adquirida nuestra opinión del mundo es más válida que la de un niño, y de cierto modo es así, nunca va a ser más importante comprar una estatua de T-Rex tamaño natural que tener una casa, pero eso no significa que tengamos el poder para dictar lo que nuestros hijos han de sentir o la forma en que han de pensar, siempre que no atente contra su propia integridad, por supuesto.
De ahí la importancia de vigilar qué clase de información reciben acerca del noviazgo y aclarar todas las dudas o confusiones que puedan surgir cuando entren en contacto con información difícil de digerir o de poca calidad, como cuando entran a la recámara de papá y mamá en un momento poco conveniente o escuchan al pasar que “a ella le gusta que le den duro y se la coman” en alguna “joya” del reguetón. Cada niño, padre y contexto es diferente y tocará a cada uno de nosotros delimitar la información que damos a nuestros hijos de acuerdo a sus propias características y requerimientos.
Cuando tenía 10 años comí un trozo de queso a escondidas y apenas salí de la cocina mi mamá me reprendió por hacerlo, al preguntarle cómo supo lo que había hecho me dijo: “Las mamás sabemos todo”, luego fui al baño y frente al espejo noté que tenía moronas de queso en los labios. No importa cuánto nos esforcemos por mantener en la mente de nuestros hijos esa imagen de semidioses sin un rasguño, tarde o temprano van a encontrar sus propias moronas de queso y, para entonces, lo mejor será que les hayamos enseñado a confiar en sí mismos y en la validez de sus sentimientos.
Además, al ponernos de cuclillas a escuchar cómo nuestra hija se tomó de la mano con el niño de la mochila de los Backyardigans, creamos con ellos un lazo de confianza, garantizando que cuando sean mayores y establezcan relaciones más serias, se sientan cómodos contándonos cómo se sienten y pidiéndonos algún consejo, en lugar de evitar a toda costa mostrarnos sus sentimientos por miedo a ser juzgados, mientras sean pequeños nosotros dictamos los términos de la relación con nuestros hijos, pero no perdamos de vista que llegará el momento en que busquen su propio lugar en el mundo y sean ellos quienes lleven la voz cantante.
Quizás sea mejor preocuparnos menos por que confiesen su amor eterno a un compañerito de clase y más por prepararlos para que, llegado el momento, cuenten con las herramientas para construir sus relaciones de manera sana.

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