Hace un par de días, Martín Liberman, de Fox Sports, sentenció que “el futbol argentino está muerto”. En un monólogo de más de 10 minutos que generó eco en redes sociales, el periodista dejó entrever que las razones por las cuales la final soñada del continente americano se convirtió en un papelón que sin precedentes escalan a la ontología del argentino. Consideró que la violencia, la corrupción y otros vicios que ensuciaron al balompié como deporte el pasado sábado son características inherentes de los nacidos en el país de la plata, reprobando categóricamente la naturaleza que reconoce en sí mismo y en los suyos.

El juego se llevará a cabo el 9 de diciembre en el Santiago Bernabéu, a 10 mil kilómetros de distancia de Buenos Aires. River Plate deberá pagar una multa de 400 mil dólares y disputar sus próximos dos compromisos como local a puerta cerrada. Nadie en Argentina está contento y mucho menos orgulloso de los acontecimientos. En contraste, en Madrid se frotan las manos por la inconmensurable demanda en el boletaje: algunos manejan, incluso, que podría llenarse el campo merengue hasta dos veces con la cantidad de solicitudes de tickets recibidas.

Al momento de escribir estas líneas, continúan las especulaciones sobre por qué precisamente se eligió esa locación para disputar la final del torneo más importante de la Conmebol. El argumento de la FIFA se inclina hacia la necesidad de contar con un campo imparcial que se ajuste a las necesidades extraordinarias. Al mismo tiempo, el presidente de la federación Gianni Infantino condenó categóricamente la conducta de los indisciplinados, destacando también que, en el futbol, “el balón siempre debe rodar”.
Con esa polémica aseveración, el dirigente dejó de manifiesto el papel frívolo con que los hombres de pantalón largo han manejado el altercado desde su suscitación. Si bien el espectáculo debe prevalecer por encima de cualquier adversidad, vale la pena recordar una de las reglas oficiales del juego: ningún futbolista puede tener acción en el campo si lleva la camiseta manchada de sangre.

En este espacio celebramos lo que pintaba para convertirse en un capítulo histórico en la historia de la pelota. Desafortunadamente, quedará inmortalizado por las razones equivocadas. La fiesta del futbol sudamericano deberá esperar, pues para muchos, al menos de manera simbólica, no habrá ganador de la Copa Libertadores este año.

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