Dentro de esta vorágine de cambios globales, negociaciones y renegociaciones internacionales, aunado a la relevancia que cobra día a día la publicidad como el vehículo de comunicación entre las empresas y los consumidores. Las primeras buscando llamar la atención de futuros clientes a través de múltiples herramientas, las cuales pueden ir desde folletos hasta campañas masivas de comunicación, pasando por vallas publicitarias, mensajes de texto, correos electrónicos y anuncios multimedia.

Mientras que los consumidores son cada vez mayormente bombardeados con información sobre bienes y servicios, los cuales prometen superar los beneficios y bondades de la competencia. Convirtiéndose la publicidad en un maratón de información hacia los consumidores finales cuya meta es la influencia positiva en su decisión de compra. De la tal suerte que la publicidad no solo vende productos, sino marcas.

Derivado de lo anterior, pareciera que, la marca tiene un rol novedoso en nuestros días, sin embargo, el signo marcario, al ser una herramienta utilizada por los productores, fabricantes, comerciantes y en general por las empresas para ganar y dominar los mercados, la marca es tan antigua como la civilización y el comercio, marcando siempre la diferencia entre los productos ofrecidos por sus competidores, como se desprende de la evolución de la historia del derecho de las marcas en nuestro país.

El antecedente de la legislación marcaria en México data de los códigos mercantiles de mediados del siglo XIX. Mientras que la primera ley de marcas per se, la Ley de Macas de Fábrica, nació durante el Porfiriato por decreto del 28 de noviembre de 1889, dicha ley se conformada de tan solo 19 precisos artículos, considerando como marca de fábrica cualquier signo determinante de la especie para el comercio de un producto industrial y los efectos de su protección se otorgaba a las marcas industriales o mercantiles respecto de sus productos fabricados o vendidos en el país. Dicha ley también establecía que la vigencia de una marca fábrica era indefinida.

De ahí el origen del nombre “marcas de fábrica o de comercio”, pues su protección se limitaba a las marcas que abrazaban a los fabricantes del producto y se extendían solo a aquellos que comercializaban los productos del fabricante. Actualmente, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) define a las marcas de fábrica o de comercio como aquel signo distintivo que indica que ciertos productos o servicios han sido producidos o proporcionados por una persona o empresa determinada o por un grupo de personas/empresas, lo que permite al consumidor distinguir dichos productos o servicios de los de otros.

Regresando al cronograma de la marca, el 25 de agosto de 1903 se publicó la Ley de Marcas Industriales y de Comercio, que reformó a la ley antes citada, definiendo a la marca como el signo o denominación característica y peculiar usada por el industrial, agricultor o comerciante en los artículos que produce o expende, con el fin de singularizarlos y denotar su procedencia, tales como: nombres distintivos, denominaciones, etiquetas, marbetes, envases o recipientes, timbres, sellos, viñetas, orillas, recamados, filigranas, grabados, escudos, emblemas, relieves, cifras, divisas, cuya vigencia era renovable por periodos de 20 años.

De 1903, abordamos la máquina del tiempo para llegar a la siguiente parada, la Ley de Marcas y de Aviso y de Nombres Comerciales que en 1928 fue una ley ya más nutrida de 117 artículos que invitaba a aquellos que estaban usando o querían usar una marca para distinguir los artículos que fabricaban o producían y denotar su procedencia, a adquirir el derecho exclusivo de uso mediante su registro.

Igual derecho tenían también los comerciantes con respecto a los artículos que vendan y de los cuales quieran indicar su procedencia. Pudiendo constituir una marca, los nombres bajo una forma distintiva, las denominaciones y en general cualquier medio material susceptible por sus caracteres especiales de distinguir los objetos a los que se aplicaba.

¡Próxima estación! 31 de diciembre de 1942 y la Ley de la Propiedad Industrial, estableciendo que una marca podía consistir desde un nombre distintivo hasta cualquier medio material susceptible por sus caracteres especiales de distinguir a los objetos a los que se aplicaba, con vigencia de 10 años renovables indefinidamente e imponiendo a las marcas registradas en México la carga de ostentar en los productos “Marca registrada”, o “Marca reg”.

Seguimos avanzando en las vías del tiempo para llegar a Ley de Invenciones y Marcas del 30 de diciembre de 1975, la cual reconoció a las marcas producto y a las marcas de servicios. Las primeras para distinguir artículos o productos de otros de su misma especie o clase; las segundas, por los signos que distinguían un servicio de otros de su misma clase o especie, a través de su uso exclusivo mediante su registro en la Secretaría de Industria y Comercio.

Continuamos viajando en el tiempo para llegar a la Ley de Fomento y Protección de la Propiedad Industrial del 27 de junio de 1991, arribando finalmente al 2 de agosto de 1994 y la hoy evolucionada Ley de la Propiedad Industrial, que reconoce marcas no tradicionales.

Derivado de lo anterior, podemos notar que la figura de la marca es tan antigua como las prácticas comerciales, pues ha sido el vehículo de comunicación entre el productor y el consumidor final.

Lo que ha evolucionado en el tiempo ha sido la forma o tipo de expresión del vínculo comercial, lo cual se refuerza con el acuerdo sobre los aspectos de los derechos de propiedad intelectual relacionados con el comercio, creado por la Organización Mundial de Comercio y firmado en la década de 1990, buscando establecer en materia de propiedad intelectual los estándares mínimos de protección y del cual México es parte.

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