María de la Luz Espinosa Barrera, la Coronela de la Revolución

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Maria Elena Torres

Batallones, cañones y armas desplegaban humo, el grito de los mexicanos resonando en el aire, exigiendo libertad y justicia; la que hoy retumba en las calles y en la memoria de lo que un día fue la liberación de un pueblo. Una época en la que no hubo en la nación quien dejara de ser héroe, los mismos que escribieron la historia con tinta de sangre.

Hablo de ciudadanos que perdieron el miedo y salieron para hacer una revolución, pero fue la misma situación en la que el país se encontraba lo que dio origen a los soldados que combatieron en el movimiento, los que protagonizaron la historia de una nación cansada de vivir en extremidades, de la desigualdad tan extrema en la que estaban.

Y entre todos los ejércitos, se encontraba una soldada peculiar. Era 1887, en la Ciudad de México María de la Luz Espinoza Barrera inhalaba su primera bocanada de aire, al momento que su madre exhalaba su último aliento. A partir de ahí se enfrentó a la vida sola, a su manera y a como la misma vida le iba enseñando, bajo el cuidado de su hermana mayor (Garduño, 2012).

Así, la fiereza de su carácter indomable comenzó dar forma, al tiempo que la intimidación se convirtió en su arma de siempre, porque en una vida independiente desde siempre la educación nunca fue prioridad, no había tiempo de leer o escribir, prefirió invertir en aprender a trabajar la tierra.

Pasó el tiempo y se casó, con un carácter como el de Espinosa cualquiera pensaría que el respeto lo tenía asegurado, pero a su marido le pareció fácil aventurarse con otra mujer. Malas decisiones que en ocasiones pueden dar giros, dando así el acto que daría origen a la leyenda de María de la Luz, cuando al enterarse de la situación tomó cartas en el asunto y acabó con la vida de la mujer con la que su marido le había sido infiel.

Eso la llevó a la cárcel de Belem, donde coincidió con otras mujeres pensadoras de la época. Fue entonces que comenzó la inquietud por el movimiento, tras cinco años en la cárcel, de los 12 a los que la habían condenado. Al salir, regresó a su casa, pero no sentía gusto por estar ahí. Le bastó con saber que su marido ya estaba como activo para unirse a “la bola” y así lo hizo, con la idea de ir a matarlo ella misma. Más temprano que tarde se enteró que su concubino ya había muerto, pero el ambiente entre los revolucionarios le parecía cómodo (Garduño, 2012).

La mujer no es indefensa por serlo, la gente la hace así, cuando la victimizan, cuando la subestiman. La energía del movimiento la llenó, ahí retomó lo que había escuchado en Belem. Se unió a la causa de los revolucionarios, pero a diferencia de muchas mujeres que también andaban en “la bola”, ella no se dedicaba a cocinar, lavar la ropa, no cuidaba ni curaba a los enfermos; Luz encontró su lugar limpiando las armas de sus compañeros, le gustaban las armas en una palabra y nunca retrocedió ante la pelea.

En momentos, cuando el pelotón estaba en vigilancia y campamento, ella prefería pasar el rato con sus compañeros hombres, identificándose más con ellos, al grado de enfilarse como soldado raso, vestida de hombre, pero sin retirarse la trenza, de ahí que la apodaron la Pachona (Garduño, 2012).

Y en adelante estuvo siempre con sus compañeros de combate, pasó hambre a lado de ellos, soportaron juntos las malas condiciones a las que los obligaba la misma guerra. La comida fría, las condiciones del clima, del camino y las obligaciones de ser parte del movimiento, las largas jornadas de vigilancia o los enfrentamientos armados.

Pero no todo fue trabajo, durante sus momentos de descanso jugaba baraja, cantaba, jugaba y apostaba a los dados.

Participó en la toma de Jonacatepec, en la batalla de Puebla y la toma de Cuautla el 8 de mayo de 1911, donde estuvieron en constante vigilancia por días hasta que entraron quemando el lugar, la estrategia fue ideada por el mismo Zapata, acabando con todo lo que se encontraran a su paso, dejando correr únicamente un río de sangre (Garduño, 2012).

A pesar de su analfabetismo, María de la Luz Espinosa siempre tuvo muy presente la causa por la que peleaba, aclarando que nunca dejaría que algún extranjero o extraño enemigo tomara posesión de la tierra mexicana. Llevando marcado en la memoria, extrayendo desde los pulmones, efervesciendo en su garganta, llenándole el corazón y erizándole la piel, aquellas palabras que usó de estandarte por 10 años: “Tierra, agua y libertad”.

Su entusiasmo dio fruto, y por supuesto su constante trabajo como participante del movimiento, cuando el mismo Zapata le otorgó el grado de teniente coronel. A diferencia de muchas mujeres de la época y con una gran diferencia en cuanto a circunstancias o situación económica, que fueron motivo de que existieran otras féminas con el mismo cargo, pero estas en busca de protección o como sucesión a la muerte de sus maridos. Solo que Espinosa Barrera era una mujer excepcional (Más, 2018).

Dentro de la misma guerra llegó a tener sentimientos encontrados. Declaró salir de combate con una gran satisfacción, pues consideraba que perder la batalla era condenar al pueblo mexicano al hambre y la pobreza en manos de los extranjeros. Peleaba por una nación libre.

Después de estar 10 años activa en combate y al terminar la Revolución bajo las ordenes de Francisco Mendoza hasta 1918, época en la que Zapata se ganó su respeto y agregó: “Necesitamos más de esas mujeres arrojadas, gente que no se venda, gente que sea de fiar y se una a la causa”.

Después de la muerte de Zapata, vivió aproximadamente un año en Yautepec, vendiendo ropa como ambulante; a su alrededor la conocían y distinguían como la Coronela o Doña Lucha. Después de la Revolución se sospecha que continuó activa como guerrillera.

Cuenta la misma María de la Luz haber encontrado mujeres semejantes a ella como la Güera Miriam, Esperanza Chavarría, la China, Carmen la Costeña, de Guerrero, la Güera Amelia, la Loreto y una María; de quienes destacó una buena opinión de su parte hacia ellas (Garduño, 2012).

Hasta el final, Luz Espinosa se distinguió por ser una mujer independiente, mal hablada y nunca temió de participar en pleitos de ningún tipo. Es de las pocas mujeres reconocidas por su activismo, recibió una pensión con la que vivió tranquila en el hotel Central, lugar históricamente reconocido por la reunión de Zapata y Madero en 1911, en la que es muy probable que la Coronela haya estado presente.

Vivió sus últimos días cerca de un sobrino suyo, ya que nunca tuvo hijos y su última hazaña fue cuando la encaró la muerte el 23 de marzo de 1977 (Ruiz, 2018).

Actualmente, sus restos se encuentran en el panteón de Yautepec. Recordamos con el honor que se merece a la Coronela, mujer de armas tomar, entera y fiera hasta el final.

“La vida es riesgo. A veces funciona y a veces no. Eso es lo divertido, no saber cuál va a ser el resultado”
Scarlett Johansson

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