Elvis, lindo día… Elvis, ¿hacemos juntas un texto para el congreso?… Elvis, repite esa canción y hasta canto contigo… Elvis, tenemos que hablar…” Cuando, en serio o en broma, quizá con un poquito de celos, alguien se quiere atrever a decirme “Elvis”, yo les advierto que solamente una persona puede llamarme de esa manera, mi colega y vecina, María Elena Torres Cuevas.

Caminar junto a ella por cualquier lugar de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo significa avanzar unos pasos para encontrarse con la sonrisa de alguien que fue su compañera en alguna área o estudiaron juntas la licenciatura en derecho. Su plumaje de garza se esponja ante tantos saludos cariñosos, charlas llenas de buenos recuerdos y hasta chismes sabrosos. Más de treinta años de pertenecer a esta institución, donde quiera que trabajara, siempre salía llena de amistades. Malena, Malenita, Mamalena, maestra Torres, doña tutora, profesora e investigadora, su historia en esta institución ya es memorable. Fui testigo de la manera en que se preparó para hacer su maestría, la forma en que hoy está haciendo su doctorado y hasta de sus llamadas telefónicas donde discute con alguien, le manda besos a su nieta y habla con uno de sus hijos, esos gemelos que la conocen muy bien.

Nacida en una región poblana, el estado de Hidalgo la adoptó con cariño. Yo la fui tratando poco a poco, conociendo poco a poco, queriendo poco a poco. La he visto estricta regañar a los jóvenes estudiantes que no cumplían con las tareas, la he visto conmovida y solidaria cuando hay ese click entre ella y su grupo. Nunca se ha quedado callada cuando algo no le parece, si se siente acusada sin ninguna razón o traicionada por absurdos malentendidos. Sonrío conmovida al escuchar su voz cuando expone en los congresos, cuando aplauden su participación, su silencio respetuoso cuando me he atrevido a sugerirle cuidado y prudencia en sus clases, al escribir, al tratar a los muchachos. Desde hace algunos años tiene una columna en este mismo periódico –los domingos– donde recupera historias de mujeres.

Hemos celebrado juntas cumpleaños, nos hemos consolado ante las traiciones de la vida y mirado de frente para decirnos verdades, pero sin herir, con buena fe. Tantas cosas compartidas, ese día que manejó magistralmente la camioneta de la doctora Valles bajo una tormenta que nos agarró en la peligrosa carretera a Cuetzalan. Cuando se inundó el instituto, ella me vio caminar por el estacionamiento bajo la lluvia y me gritó: Elvis, Elvis, me ayudó a buscar a mi hijo, nos llevó sanos y salvos a casa. Las mañanitas en Colima. Mi enojo y reclamo en Chiapas –que alguien maquiavélicamente quiso usar para separarnos, pero no pudo–. Nuestro andar por Guanajuato. Ella, con el cabello mojado, corriendo para llegar a checar a tiempo. Yo agradeciéndole que se inscriba en el curso que imparto en los intersemestrales, asegurándole que escribe bien, recomendándole que sea más cuidadosa al citar. Abrazándonos pese a todo, a ser tan diferentes, al coincidir y al no coincidir. María Elena Torres Cuevas no solamente conoce bien la historia de nuestra institución forma parte de ella.

Malena, tu Elvis agradece esta amistad porque está sustentada en el respeto. Gracias María Elena Torres Cuevas.

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