La presentación de María de Montessori es conceptuosa. De ella se dice: “En una época en la que la universidad cerraba la puerta a las mujeres, se reveló como una científica y humanista de imaginación desbordante.

“Una mujer que, sin referentes previos, se abrió camino en un mundo masculino y defendió cambios radicales en la enseñanza de los niños de toda clase y condición.

“La seguridad que mostró en sus ideas de progreso y su incansable afán de superación hicieron de ella una celebridad internacional que cambiaría el mundo de la educación para siempre.”

En la colección Grandes mujeres, importada y editada por RBA Editores, es el personaje del libro que se le dedica.

Nacida el 31 de agosto de 1870 en el seno de una familia burguesa de Chiaravalle, en la provincia italiana de Ancona. Parecía destinada a una vida muy distinta, lejos de las emanaciones del formol y del estudio de los tratados de medicina.

Su padre, Alessandro Montessori, natural de Ferrara, era militar de profesión y funcionario del Ministerio de Economía, conservador, formal y riguroso.

Por el contrario, su madre, Renilde Stoppani, era una mujer atípica para la época, lectora voraz y con una visión independiente del mundo, sensible, progresista.

En una introducción, queda claro que en la historia de la pedagogía son muy pocos los nombres femeninos que se recuerdan.

“Quizá el más importante sea el de María Montessori, autora y creadora de un método de enseñanza revolucionario que cambió en gran medida la forma como se trabajaba con los niños en la educación preescolar y primaria.”

En otro párrafo se relata: “Su amplia y larga trayectoria profesional resulta difícil de sintetizar. Médica, científica, antropóloga, feminista, educadora, pacifista, viajera, se atrevió a encarnar todos estos roles en un tiempo en el que la mujer era definida como el ángel del hogar”.

Su deseo de estudiar medicina venció la oposición no solo de su padre, sino de las propias autoridades de la Universidad de Roma. Fue una de las primeras médicas de Italia.

Curioso, rechazaba con vehemencia la idea de convertirse en maestra, única salida profesional entonces.

Empero, en sus visitas hospitalarias le llamaron la atención las condiciones en que se encontraban los niños y esto provocó que diera un giro de 180 grados a su carrera. El contacto con estas criaturas le despertó la preocupación por la educación, materia en la que comenzó a formarse convencida de que el tratamiento médico y físico era insuficiente para que avanzaran en su desarrollo.

“María Montessori no estaba de acuerdo con las técnicas de enseñanzas rígidas, con frecuencia crueles que se usaban en Europa.

“Creía que el niño no debía ser modelado, dirigido y mucho menos castigado, sino que debía adquirir los conocimientos progresivamente, con libertad, de manera respetuosa con su propio desarrollo.

“Ideó un método visionario en el campo de la pedagogía, basado en el desarrollo de la creatividad, la autonomía didáctica del alumno y el aprendizaje significativo.”

Gracias a su inteligencia, su sensibilidad y su enorme talento fue capaz de considerar el alma infantil de una forma global que nadie había logrado ver antes.

“La dottoressa, como la llamaban sus seguidores, elaboró un método para acabar con un mundo en guerra y por el establecimiento de la paz.”

Hay una imagen de ella, en que la textualmente se dice: “María siempre vestía elegantemente, como muestra esta fotografía en la que aparece con atuendo muy especial: fue un regalo que recibió en 1896, a modo de agradecimiento de una modista a la que salvó la vida. María no solo diagnosticó correctamente la neumonía que padecía, sino que la veló a diario hasta que estuvo restablecida”.

En mayo de 1952, descansando en la casa de unos amigos, en Noordwijk aann Zee, en la zona oeste de los Países Bajos, fue atacada por un insoportable dolor de cabeza. No se sentía bien. Ya no había vuelta atrás: “Una hora más tarde, María Montessori, la dottoressa, caía muerta a causa de un derrame cerebral”.

Y alguna vez escribió: “Comencé mi obra como un campesino que hubiera guardado separadamente la buena semilla y le ofrecieran un campo fecundo donde sembrarla con toda libertad”.

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