El 12 de octubre se conmemoraron 525 años del hasta hace poco mal llamado descubrimiento de América. La fecha no deja de tener profundo significado para la memoria histórica, sobre todo si consideramos que la realidad de los pueblos indígenas enfrenta situaciones bastante lamentables. La exclusión, la extracción de sus recursos naturales, el clientelismo político y la desigualdad son el pan de cada día de ese sector de la población, que para el caso de México conforma 10 por ciento de la población. Es decir, estamos hablando de alrededor de 12 millones de personas que habitan poblaciones localizadas en las costas, desiertos, bosques y selvas de la espléndida geografía nacional.
Si la realidad de estos pueblos es la desigualdad persistente, ¿qué es lo que la modernidad y el desarrollo les ha brindado a cambio de su mano de obra y de la explotación de los recursos naturales de sus territorios? Esta pregunta es necesaria enmarcarla en relación a los acontecimientos de la vida política nacional. En especial cuando ante las vísperas del proceso electoral, que abarcará la vida nacional el próximo año, se ha abierto la puerta al registro de candidaturas independientes para contender por la presidencia de la República.
Gracias a ello decenas de ciudadanos, alrededor de 40, podrán aprovechar esa oportunidad para contender electoralmente, previo registro ante el Instituto Nacional Electoral (INE). Entre ese cúmulo de aspirantes destaca el caso de María de Jesús Patricio Martínez o Marichuy, mujer nahua de 53 años, originaria del municipio jalisciense de Tuxpan, médica tradicional, empleada de la Universidad de Guadalajara y que como capital político cuenta con el respaldo del Congreso Nacional Indígena.
No obstante las credenciales de esa mujer, su registro no ha estado exento de la polémica. Así quedó de manifiesto cuando ante los medios se quejó de que una institución bancaria le negó el registro de una cuenta, necesaria para hacer el manejo de los depósitos monetarios de su campaña electoral. Ante ello, la reacción en redes sociales fue de apoyo hacia la candidata, pero a la par de ese respaldo también se han manifestado un sinfín de reacciones cuyos comentarios develan una profunda misoginia, intolerancia y racismo que deberían causarnos gran preocupación.
Hay que decir que esas reacciones son por demás graves, dada la ola de feminicidios que azota el país y por la manifestación pública de la ignorancia profunda que algunos sectores de la sociedad tienen respecto de las capacidades de organización e inventiva política de los pueblos indígenas por hacerse un espacio en la vida política de ese país, lucha que en no pocos casos ha costado sangre y vidas.
Marichuy ha dicho también públicamente que su candidatura no aceptará el dinero que el INE dará a cada candidato independiente. Con ello da una muestra de coherencia política con el movimiento que la respalda. Por eso llama la atención que ante el deslinde se haya hecho manifiesto la virulencia en su contra. ¿Será acaso que eso es justamente lo que molesta, declarar que no busca el dinero del erario público? Porque si es así, entonces podría entenderse porqué una institución bancaria le niega el servicio.
Pero lo que más preocupa es que en las primeras décadas del siglo XXI siga privando la incomprensión hacia nuestros pueblos originarios. Parece que para algunos resulta maravilloso exaltar lo indígena desde su legado de vitrina exhibido en museos o la admiración de sus maravillosas artesanías, pero cuando vemos que deciden dejar de ser objetos para actuar como sujetos políticos de su propio destino, no falta quien se escandalice acusando manipulación y descrédito.
En estos tiempos de incertidumbre y desazón no vendría mal tener mayor cordura, apertura y respeto. En especial si consideramos que ante la crisis civilizatoria son varias las voces que ven una luz de esperanza en lo que los pueblos indígenas podrían aportar a esta sociedad que se consume entre la vorágine tecnológica y consumista. No obstante, considero que podemos estar o no de acuerdo con la plataforma política del movimiento que respalda a Marichuy. Lo que no se vale es que se le ataque por ser mujer, por ser indígena y por representar al grupo social con el que el Estado mexicano mantiene la deuda histórica más grande.

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