Mario: cicatrices de un niño migrante

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Su historia

La historia de Mario Hernández Estrada, hoy de 28 años, comenzó a escribirse en las calles de la popular colonia Santa Julia, en Pachuca, sobreviviente de una familia disfuncional que desde los tres y hasta los 15 años estuvo formada únicamente por su padre y su hermano menor, víctima de temperamentos de adolescente, amigo de la soledad y enemigo de la resignación, en 2006 tomó la decisión de emprender el viaje que lo llevó a cruzar una frontera para poder abrazar a su madre después de 10 años de no verla.

“Mi padre es muy estricto, siempre tuvimos muchas diferencias y cuando iba en la secundaria ya no me sentía libre; me acuerdo que mi hermano y yo planeamos mucho eso, sé que cuando mi papá lea esto se enterará de que todo lo planeé, que no pensé en los riesgos y más bien pensaba en lo que siempre escuché que en Estados Unidos tendría una mejor vida y pensaba en poder ver a mi mamá, amo a mi padre, pero en ese momento ya no quería estar ahí.

“Un lunes 24 de abril le dejé una carta a mi padre y salí rumbo a la escuela, pero en realidad me fui directo para la central de autobuses, un vecino llamado Abel Reyes, que no sé si aún viva, nos ayudó a llegar hasta la frontera, mi mamá desde Estados Unidos pagó para que mi hermano y yo cruzáramos; el miércoles intentamos pasar por el desagüe, supuestamente éramos un grupo de cinco, pero en realidad éramos 50, o al menos fue a los que alcancé a ver. Ya en la alcantarilla no veíamos absolutamente nada, en ese momento sí sentí miedo porque tenía 15 años y mi hermano 13; entramos caminando pero llegamos a un tramo en el que tenía que avanzar en cuclillas, las ratas te pasaban a lado, podías sentirlas. Estuvimos una hora en el desagüe porque el pollero no sabía para dónde ir, se perdió y nos regresamos porque mi hermano ya no quiso volver a intentarlo, yo no tenía miedo, tenía más miedo a que me regresaran con mi papá.”

Un intento no fue suficiente y después de dos días los deseos de cambiar de vida lo impulsaron a intentar cruzar nuevamente, esa vez por la zona conocida como La Garita, que es el cruce fronterizo con documentación en Nogales, Sonora; el objetivo era mostrar una identificación a un oficial estadunidense que se convenciera que la persona de la fotografía era la misma que la que entregaba el documento y funcionó.

“En ese tiempo solo le entregabas la credencial al policía, no la escaneaban como ahora, mi hermano ya había pasado, yo estaba muy nervioso y recuerdo que el oficial me dijo algo en inglés, pero nada más sonreí y me dejó pasar, detrás de mí el mismo policía le dijo algo a mi compañero en inglés y a él sí lo agarraron, mientras yo caminaba rápidamente observé como lo regresaban. Seguimos las indicaciones que debíamos caminar hasta contar cuatro tiendas y justo ahí meternos a comprar un refresco, de ahí nos llevaron a una base de combis y nos costó mucho trabajo que alguien nos quisiera llevar porque éramos niños, pero un americano se animó y recuerdo que manejó muchas horas hasta llegar a un desierto.

“Nos cambiamos de camioneta e íbamos acostados en la parte de atrás, únicamente podías mirar las estrellas. Yo en todo momento estuve con mi hermano, no tenía miedo, me parecía una aventura porque en ese momento no entiendes el riesgo de lo que estás haciendo; llegamos hasta Tucson, Arizona, con la señora a la que mi mamá le había pagado y ella nos llevó a una casa junto a otros migrantes, de ahí partimos hasta Florida; agradezco también al chofer que nos llevó porque en todo momento fue gentil con mi hermano y conmigo. Llegamos el domingo 30 de abril acá.”

Al igual que la voz de millones de migrantes, la voz de Mario al otro lado del teléfono suena quebrantada cuando regresa a su mente el momento en el que abrazó a su madre, cuando pensó en que dejó a su padre y entendió que la vida a partir de ahora sería diferente, para bien o para mal. “Me sentía muy aliviado, pero también muy triste porque había dejado a mi papá, muchas personas en mi familia me han juzgado por dejarlo en México, pero ellos no estaban en mi situación; me tardé casi un mes para hablarle por teléfono porque incluso estando lejos sentía temor de que me fuera a regañar, pero ya estaba hecho y desde entonces tuve que luchar para adaptarme.

“Todavía batallo con aprender un nuevo idioma, cuando recién llegué y fue mi primer día de la escuela no entendía nada y me perdí, me quedé sentado en el área de comida todo el día hasta que unas compañeras me asesoraron, creo que entonces sentí que era un cambio radical y ya no podía regresar. Un profesor me discriminó porque no me dejaba estar en su clase si hablaba español, aunque otros lo permitían, pero la realidad es que a veces los mismos mexicanos son los que te discriminan, a veces no te quieren hablar en español.”
Mario inicia su día a las 4:30 de la mañana cuando despierta y se prepara para llegar a su primer trabajo en el que su labor consiste en forrar de madera los botes o lanchas para su posterior venta, entra a las 5:30 y culmina a las 4:30 de la tarde para llegar a tiempo a su segundo empleo como cocinero a las 4:40 de la tarde y sale a las ocho de la noche directo a casa a tomar clases de diseño gráfico por Internet; los sábados trabaja únicamente en la mañana y descansa los domingos para jugar futbol y visitar a su madre. En junio próximo debe renovar su permiso DACA por un valor de 500 dólares.

“Me parecía una aventura porque en ese momento no entiendes el riesgo de lo que estás haciendo; mi sueño es algún día conseguir un permiso permanente, pero estoy consciente de que ese país no es mío”

“Mi sueño es algún día conseguir un permiso permanente, aunque sé que Trump no nos quiere ni yo a él, trato de llevar una vida tranquila para no tener problemas en la renovación porque en este país para los migrantes es más fácil encontrar vicio que trabajo; cuando llegas a un país que no es el tuyo es extremadamente difícil, pero de ti depende salir adelante, sí me gustaría pedirles que retiren de sus mentes la idea que tienen del sueño americano; la vida aquí es más tranquila, pero más costosa porque pierdes comunión con tu familia, muchos llegan aquí escapando de algo o de alguien, yo sí estoy consciente
de que este país no es mío.”

Además de su jornada laboral diaria, emprendió un pequeño negocio donde personaliza carcasas para celular llamado Cases King; Mario es un retrato del migrante mexicano, es lucha, esperanza e ilusiones de cada persona que ha cruzado esa frontera. Mario es resistencia y por eso su historia nos recuerda que tenemos espíritu, pero necesitamos temple.

Aproximadamente 800 mil jóvenes, conocidos como dreamers, pueden vivir en Estados Unidos sin miedo a ser deportados gracias al programa Acción diferida para los llegados en la infancia (DACA, por sus siglas en inglés), el cual busca proteger a migrantes sin documentación legal que fueron llevados a ese país cuando eran niños; la siguiente es la historia de un dreamer mexicano que cada dos años debe renovar su permiso y compromiso con
una nación a la que no siente
que pertenece porque la realidad de los migrantes siempre supera
la ficción

Claves

Estadísticas
revelan que uno de cada 70 niños en el mundo es migrante; EU alberga a 3.7 millones*

El programa
DACA beneficia a alrededor de 800 mil jóvenes conocidos como dreamers

Tiene un
costo de 500 dólares y debe ser renovado cada dos años

Mario cruzó
la frontera a los 15 años en compañía de su hermano de 13

*Fuente: diario El País

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