Muchas generaciones de estudiantes, incluida la mía, fueron atrapados, seducidos por la plenitud, la tarde y sus secretos, por el lenguaje y el espíritu de fuego de Marta: una mujer, una intelectual, la hija prohibida, aquella que inmensa grabó el musgo, las nubes, la ciudad profunda, con sus muchas manos, con su aliento siempre vehemente, con su tallo invisible. Fue camino de lluvia, fuente y jardín de la noche, pensamiento, enigma, guía y escritura. Marta Harnecker, latinoamericana, chilena, escribió más de 80 libros, pero todos fuimos alumnos de su entusiasmo, muchas veces maniqueo, en: Los conceptos elementales del materialismo histórico, un texto de emociones, prejuicios, dogmatismo, voluntarismo neblinoso, de mil brazos y trazos, que dentro de su polémica, aún arde ansioso. A ese mar de ideas, de mundos encendidos, de música y latidos, nos condujo el tiempo sosegado y la frescura intelectual de Marta. 82 años después, en silencio mar arriba ha quedado suspendida en la eternidad.

Harnecker gustaba decir que Althusser la enseñó a “leer más allá de lo que una cita dice textualmente, a leerla en su contexto, a leer en profundidad, a deducir lo que el autor dice, su pensamiento profundo… solo de esa manera es posible que nos liberemos del dogmatismo y que podamos argumentar con razonamientos”. Y ella fue una intelectual, en muchos sentidos, irreductible, ortodoxa, dogmática, defensora leal y obcecada del marxismo, a pesar de Stalin, a pesar de Fidel y Raúl, muy a pesar de la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS, o, como lo plantea Martín Malia “nada nos ha asombrado más del comunismo que el modo en que ha salido de la historia”. Frente a esta poderosa historia de la desilusión, Harnecker, con más voluntarismo que ideas y razones, revisó esos acontecimientos. Frente a la posibilidad de una discusión y análisis profundo y propositivo, como en El capital, prefiere el discurso panfletario de El manifiesto comunista.

Marta, marxista vehemente, marcó diversas generaciones con sus ideas e ideales, no solo por su terca y en ocasiones heroica defensa de la economía política que fue el marco teórico para justificar revoluciones que alentaron esperanza, como el Frente Sandinista, en Nicaragua, o, el Farabundo Martí, en El Salvador. Desarrolló una manera de ver la sociedad que generó crítica, polémica, y muchas veces, diálogo fecundo. Una intelectual a ratos ortodoxa, a momentos heterodoxa, por lo que sería un error reducir su pensamiento y aportaciones a una sola interpretación. Marta, una pensadora de la noche que fluye del otoño, una revolucionaria que escribe y agita. La filósofa enfrentada a la realidad, que irreverente desmintió muchas de sus afirmaciones y creencias. En tiempo donde la desigualdad, la pobreza continúan siendo un reto social, la voz, y el pensamiento de la chilena era necesaria. Harnecker generó seguidores, debates, herejías y herejes. En la historia merece un sitio junto a pensadoras como Simone de Beauvoir, Rosa de Luxemburg, Hannah Arendt, Olive Schreiner.

Marta es una isla de profundos sueños, que tiene una misión: descubrir y revelar al hombre su organización, su construcción social, económica, su libertad creadora, su carácter abstracto, su realidad concreta, su superestructura ideológica. Su optimismo agitador le permitió ser frontera, puente que delibera, que se aferra al borde de la realidad; su impaciente vitalidad la presenta como una agitadora, que se expone y asume riesgos hasta la imprudencia, como la aventura de asesorar al gobierno de Hugo Chávez. Su terquedad fascina, advierte, horroriza. ¿Con cuál Marta dialogamos? ¿Con la defensora del nacionalismo, la de la increíble dulzura por el marxismo, la de la danza y las contradicciones? La mujer que por la tarde se vuelve invisible, la que sueña con el silencio y el río atormentado, la que asciende al Sol. Hoy su lenguaje encendido y sus sílabas quemantes viven.

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