En todo acontecimiento es posible reconocer mediaciones sociales. En otras palabras, no hay ningún fenómeno que ocurra en la realidad en el cual no se puedan reconocer rasgos de la sociedad en la cual surgen. Esto es así, aunque se trate, como en el caso del coronavirus, de un fenómeno que en apariencia es puramente biológico o sanitario.

Que en todo fenómeno sea posible reconocer los condicionamientos de la estructura social es una de las premisas fundamentales del materialismo histórico de Marx. Esto no implica un determinismo mecánico, pero sí el alumbramiento de que somos seres profundamente sociales.

Dicho esto, y ante la complejidad de la contingencia a la que nos está enfrentado el coronavirus, es importante, más allá de los análisis médicos o biológicos –cuya relevancia radica justamente en permitir acciones inmediatas para salvar la vida, algo de ninguna manera menor–, hacer un análisis crítico sobre qué contradicciones sociales se alumbran ante esta nueva y persistente emergencia global.

Surge entonces la pregunta de si podría decirnos algo Marx sobre el coronavirus. La pregunta parece ociosa y fuera de lugar. Sobre todo si se piensa que desde hace ya bastantes años, sobre todo a partir de la caída del muro de Berlín, se ha declarado el pensamiento de Marx como un pensamiento obsoleto, que si acaso pudo tener sentido en su época, no tiene ninguna actualidad o potencia en nuestro presente.

Esto podría ser cierto si a Marx se le identifica de manera unívoca y dogmática con la interpretación que de sus ideas se hicieron en los países del este europeo conocidos como socialismos realmente existentes, en los cuales se llevó a cabo un programa social basado en la planificación económica estatalista, cuyas consecuencias fueron casi todo lo contrario al estado de libertad real, ocio placentero y emancipación humana que Marx imaginó como fundamento del comunismo.

Lejos del marxismo que deriva en el socialismo realmente existente, la economía planificada o el estatalismo autoritario; existe un marxismo crítico, libertario, que al menos desde la ruptura epistemológica en un sentido amplio, que significó la revuelta mundial de 1968, como desde la apuesta de la teoría crítica de pensadores como Theodor Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse y Walter Benjamin; han visto la necesidad de repensar a Marx y de releer su propuesta en una clave no dogmática y heterodoxa que permita justamente darle actualidad y potencia política a sus ideas.

De estas “nuevas lecturas de Marx” podemos resaltar a la crítica del valor de Robert Kurtz y Roswitha Scholz, la teoría crítica de Moishe Postone, la nueva lectura de Marx frankfurtiana de Reichelt y Backhaus, así como el marxismo abierto de John Holloway, Werner Bonefeld y Richard Gunn, entre otras y otros.

Si bien, todas esta “nuevas lecturas” tienen sus importantes diferencias y matices, es importante señalar que todas parten al menos de dos premisas, una histórica y otra epistemológica (tratándose de Marx, ambas no estarían desvinculadas en absoluto).

La histórica es que la caída del muro de Berlín, junto con el colapso del socialismo realmente existente, lejos de significar el fin absoluto del marxismo, significó lo contrario, una oportunidad invaluable para revivirlo y dirigirlo en una dirección más crítica y libertaria, más allá del encierro dogmático del que había sido víctima en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y sus satélites, donde se había convertido en una especie de manual “al uso” sin mayor potencia crítica o pertinencia social.

La epistemológica es que las categorías e ideas que Marx plantea, sobre todo en su gran obra El Capital, deben entenderse como una crítica y no como categorías de una teoría social terminada o absoluta. Ver la de Marx como una crítica y no como una teoría implica que el suyo no fue un intento por establecer categorías positivas y terminadas para explicar el capitalismo en su totalidad, sino más bien un intento por develar el carácter fetichista (ilusión real) de las formas sociales que constituyen la sociedad capitalista. Por señalar que estas formas esconden detrás maneras de relacionarnos socialmente, develar la falsedad de la eternización de estas formas, por señalar su especificidad histórica y antagónica.

De esto se deriva, para ser más claro, por ejemplo, que conceptos como el de trabajo, valor, plusvalor, dinero, mercancías no son conceptos que Marx esté reivindicando para la construcción del comunismo, como si este se tratara de usar de una manera “mejor” estas categorías. Marx estaría más bien señalando que la sociedad capitalista está constituida en formas como el trabajo, el valor y el dinero, que son formas que imponen sobre nosotros un modo específico de relacionarnos, un modo inhumano, en el cual no hacemos para nosotros, sino para producir ganancia y acumulación de capital. El comunismo sería justamente la ruptura y no la continuidad de estas formas sociales.

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