El comunismo, sin poderse definir de manera precisa, dependería de la abolición de la forma de trabajo, dinero, mercancías, valor, etcétera. Sería, como dice Marx en algún pasaje, la realización plena del ser humano y de sus capacidades en un espacio tiempo distinto en el cual por la mañana resolvería sus necesidades fisiológicas de manera colectiva (pescando, sembrando, etcétera) y por las tardes haría poesía y música. Un lugar donde no fuéramos engranajes de un sistema absurdo que nos obliga a trabajar para poder producir valor para poder sobrevivir, sino dueños de nuestro propio tiempo sin que esto implique el sacrificio de otras y otros.

Así, específicamente, Marx estaría criticando la naturalización del trabajo que crea valor como la única forma de subsistencia humana. Igualmente es crítico con la dependencia que hemos creado de él para poder sobrevivir, así como con la necesidad de que este se convierta necesariamente en valor y plusvalor, ya no para otros, sino para un sistema impersonal que ya no controlamos voluntariamente, pero que dicta sobre nosotros sus designios que debemos cumplir queramos o no, pues de ello depende que podamos sobrevivir. La crítica del trabajo representa un cambio radical que las nuevas lecturas de Marx tienen en relación con las interpretaciones ortodoxas que tienden aún hoy a tomar el trabajo como una forma ahistórica y natural, como algo dado en la condición de los seres humanos. De esta concepción se sigue la problemática romantización del esfuerzo obrero, en lugar de una crítica a que el obrero tenga que estar atrapado en su rol social de trabajador. Se trata entonces de romper con la forma de trabajo en el capitalismo, no de reivindicarla y naturalizarla. Dicho todo esto, valgan las siguientes tesis para tratar de aterrizar un poco el asunto a la actual coyuntura sobre el coronavirus, que, obviamente diría Marx, da para hacer una interpretación crítica de nuestras condiciones de existencia subordinadas al capital, su trabajo y sus formas sociales.

Estas reflexiones parten a su vez de una idea que Adorno y Horkheimer plantean en Dialéctica de la ilustración, una de sus más brillantes obras, en la cual dicen: “El quedar exento de trabajo significa también mutilación, no solo para los parados, sino también para el polo social opuesto”.

Tesis uno. La actual contingencia muestra de manera muy evidente la dependencia que el capitalismo y su proceso de acumulación y valorización tiene respecto del trabajo humano. Ya lo decían Tronti y los autonomistas italianos: el capital depende de los trabajadores para subsistir, por lo tanto, el poder está de este lado. En este sentido es brillante el sarcasmo que exige ahora al mercado y al capital “generar valor por sí mismo”. Obviamente esto no es posible sin la parte de trabajo vivo de la fórmula que genera ganancia, es decir, SIN [email protected] (Aquí valga también una anotación crucial, que es también la dependencia del capital de aquello que no aparece ni en la fórmula, que es el trabajo reproductivo y de cuidados que históricamente han sostenido y llevado adelante las mujeres).

Tesis dos. Más allá de romantizar el trabajo con esto, es preciso darnos cuenta de que nuestra dependencia a la lógica del valor-trabajo provoca que, en tiempos como estos, en que la fragilidad de esta lógica se muestra, nos demos cuenta de que necesitamos inventar otras maneras de relacionarnos con la naturaleza y con nosotros mismos para la subsistencia, que no dependa precisamente de las formas capitalistas como el trabajo, el dinero, el intercambio de mercancías, la división del trabajo, etcétera.


Tesis tres. El problema es que esta lógica del valor-trabajo está constituida como segunda naturaleza. Es decir, dependemos de ella de una manera subjetiva y objetiva con la que es casi imposible romper si no existen condiciones materiales para rebasarla. En este sentido, es cierto que romantizar la cuarentena es un privilegio de clase, de aquellos que podemos no trabajar o trabajar a distancia, que podemos seguir entramados en la lógica de la autoconservación que el capitalismo nos ofrece a través del trabajo asalariado. En este entramado, quien no accede al trabajo está condenado a la muerte.
Sin trabajo no podemos sobrevivir. Pero más allá de romantizarlo, ¿no será tiempo de inventar otra manera de subsistir?, ¿hay condiciones materiales para este rebasamiento?, ¿puede la no identidad que representa la no adecuación a la lógica del valor-trabajo ser algo más que mutilación y muerte?

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