Que pudieran tener en común los rudos y los técnicos enmascarados? Además de luchar dos de tres caídas sin límite de tiempo, hacerse la quebradora, el tirabuzón, quitarse el candado, picarse los ojos, jalarse los pelos, sacarse del ring y volver a la gente loca de la emoción, como amenamente suena la clásica letra de “Los luchadores”, interpretada por varios grupos musicales. Pues nada más y nada menos que la protección de su máscara por la vía del derecho de autor.

El artículo 13 de la Ley Federal del Derecho de Autor (LFDA) hace una catalogación de las ramas en que se clasifican los derechos de autor, y en su fracción 13 prevé a las obras de arte aplicado, que incluyen el diseño gráfico o textil. Si bien es cierto que la legislación en cita no proporciona una definición de “arte aplicado”, nuestros tribunales se han pronunciado en el sentido que una obra de arte aplicado es aquella que es portadora de dos caracteres:

1. La belleza estética y
2. El fin práctico y útil para la satisfacción de las necesidades del hombre.

El segundo tribunal colegiado abunda que la obra de arte aplicado no debe servir como mero objeto de contemplación o placer estético, sino que además debe tener un fin utilitario, con independencia del diseño que le sea incorporado.

En materia internacional, concretamente la Convención de Berna para la Protección de Obras Literarias y Artísticas, de la cual México es parte, establece como requisitos para la protección de obras de arte aplicado los siguientes:
A) Que sea una creación intelectual, productos del ingenio y capacidad humana.

B) Que sea original, entendiendo por originalidad el sello personal que el autor imprime a su obra, convirtiéndola en “única”.

C) Que se encuentre dentro de la rama de las obras literarias y artísticas.

D) Que sea fijada en un soporte material.

E) Que sea susceptible de divulgarse o reproducirse por cualquier medio.

F) Que sea portadora de belleza o estética y del fin práctico o útil para la satisfacción de las necesidades del hombre.

En ese sentido, para poder solicitar la protección de una obra de arte aplicado, en México se requiere que esta cuente con una belleza estética y que además tenga un fin práctico, además de la originalidad como requisito aplicado a cualquier rama del derecho de autor.

De tal suerte que una máscara de luchador que ha sido elaborada en materiales textiles de colores y detalles originales, son protegidas como obras de arte aplicado.

A mayor abundamiento, la sala especializada en materia de propiedad intelectual del Tribunal Federal de Justicia Administrativa ha sostenido que la obra de arte aplicado que se pretenda proteger, además de cubrir el requisito de originalidad y estética, deberá de contar con una utilidad práctica, es decir, un provecho, conveniencia, interés o fruto (un fin utilitario).

En el caso de la máscara de un luchador, esa puede ser registrada como obra de arte aplicado, ya que en principio cuenta con el elemento de originalidad; proporciona una utilidad y ha sido fijada en un soporte material a base de materiales textiles, pero sobre todo, forma parte de las herramientas de trabajo del luchador, quien porta la máscara durante sus presentaciones, pues con ella busca mantener el anonimato de la persona que se encuentra detrás de la máscara.

Por lo tanto, la forma en que se presenta la máscara (rasgo de originalidad derivado de los colores, expresiones, figuras, etcétera) y la utilidad que esta representa sobre quien la porta (guardar el anonimato), además del elemento estético o grado de aprecio, se convierten en los requisitos que demanda una máscara del luchador para que sea protegida como arte aplicado.

A mayor abundamiento, a la luz de nuestra legislación, la máscara de un luchador cumple con los requisitos de 1. belleza estética; además, el folclor de una tarde de lucha libre radica principalmente en las máscaras, pues ellas pueden formar parte de los duelos, al igual que las cabelleras, de ahí el segundo requisito 2. El fin práctico, buscando mantener el anonimato del luchador y que al mismo tiempo le dota de un rasgo de originalidad.

Quien ha sido espectador alguna vez de la lucha libre, habrá presenciado desde las afueras de la arena miles de coloridas máscaras de luchadores (unas más estéticas que otras), hasta llegar al interior de la arena y emocionarse con el rítmico anuncio: ¡Lucharan a dos de tres caídas sin límite de tiempo… En esta esquina… (los rudos) y en esta otra (los técnicos)…!, para después centrar nuestra atención en los ataviados enmascarados, quienes intercambian una serie de amenazas antes de empezar el pancracio de cuerpo a cuerpo.

Finalmente, me parece que la protección de una máscara de luchador por la vía del derecho de autor, además de ser una obra de arte aplicado, es parte de nuestras tradiciones, pues es un espectáculo y un deporte bastante popular, solo superado por el futbol, dentro del cual podemos encontrar otros tantos derechos de propiedad intelectual, de los cuales ya les platicaré en la siguiente columna.

“El Santo, el Cavernario, Blue Demon y el Bulldog… El Santo, el Cavernario, Blue Demon y el Bulldog…” Coro de la canción “Los Luchadores”.

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