Como siempre en nuestro bello México de antaño la educación era exclusiva para los hombres, y ciertamente no solo fue exclusiva en este país, también lo fue en otros más, pero ¿por qué? ¿Qué tenía el sexo femenino para recibir esta discriminación? ¿Cuál fue el verdadero motivo para que las mujeres no tuvieran derecho a asistir a las instituciones de educación? ¿Por qué las tenían sujetas a reglas establecidas por una sociedad machista? Estas y muchas otras más preguntas han surgido y se continúan haciendo por esa negatividad que duró muchos años.

En este espacio me permito recordar a otra gran mujer mexicana de tenaz temperamento, que lo demostró enfrentándose a una sociedad en la cual no fue admitida para estudiar lo que ella deseaba, sociedad totalmente machista, donde el “ser mujer” era motivo principal para no ser aceptada; sin embargo, gracias a su interés y gusto por el estudio logró ser la primera mujer en México que consiguió alcanzar algo que en sus tiempos no era fácil de obtener: el ser la primera con grado máximo académico como médico.

El nombre de Matilde Petra Montoya Lafragua tal vez por sí solo no te diga nada, pero ella labró el camino de las mujeres en el mundo de la medicina al convertirse en la primera mujer médico en el país.

En la Ciudad de México, el 14 de marzo de 1859 nació Matilde, siendo la tercera hija del matrimonio conformado por José María Montoya y Soledad Lafragua; educada en casa por su madre, dedicándole atención exclusiva, logró convertirse en una ávida lectora, y al contar con cuatro años de edad dominaba la escritura y lectura.

Matilde fue educada en un hogar donde se guardaba gran compostura conservadora de la época, por ser simple y sencillamente mujer, puesto que no era reconocida ni valorada para obtener reconocimiento alguno y menos aún para ingresar a una universidad y poder estudiar como cualquier varón, por lo que fue obligada a pasar la mayor parte del tiempo en su hogar.

Concluyó su educación básica teniendo solo 11 años e inmediatamente quiso inscribirse a la escuela primaria superior, en la que no fue admitida por ser considerada aún una niña; ese impedimento llamó la atención de sus padres, quienes decidieron contratar a maestros particulares para que ella recibiera la educación, y las clases fueron en casa nuevamente (Carrillo, 2002).

Con la ayuda obtenida de sus padres, Matilde Petra logró terminar sus estudios en corto tiempo y teniendo 13 años presentó el examen oficial para ser maestra de escuela primaria y lo aprobó, pero dada su corta edad no fue admitida. En ese tiempo murió su padre, lo que la entristeció y su dolor se profundizó al no ser admitida.

La joven optó por continuar estudiando en la Escuela Nacional de Medicina, presentando el examen para la carrera de obstetricia y partera, el que aprobó, pero esta vez no fue la edad el impedimento para estudiar, sino los problemas familiares por dificultades financieras, por lo que nuevamente se vio obligada a abandonar ese sueño que veía cada vez más lejano. Pero no dejó de estudiar y se inscribió a la Escuela de Parteras, lugar conocido como “atención a partos ocultos” (Carrillo, 2002), lugar donde eran atendidas aquellas mujeres que eran mal vistas por la sociedad por ser madres solteras.

Posteriormente, continuó con sus estudios y aprendió partería en el establecimiento de Ciencias Médicas, donde estuvo dos años consecutivos estudiando y realizando prácticas alusivas a sus estudios durante un año en la Casa de la Maternidad; terminado todo eso presentó su examen frente a cinco sinodales, quienes la aprobaron, por lo que al fin recibió el título de partera y consiguió trabajo en Puebla, donde tuvo mucho éxito (Carrillo, 2002).

Gracias a su habilidad y gusto por su oficio la nombraron auxiliar de cirugía con reconocidos doctores de Puebla, siendo gran apoyo para su crecimiento laboral. Con el salario que recibía logró costear sus estudios en una escuela particular para mujeres y así terminó el bachillerato. En poco tiempo consiguió una numerosa clientela por su amable trato y conocimientos, fue tal su éxito que los médicos, cegados por la envidia, iniciaron una campaña de desprestigio en medios de comunicación locales, publicando diferentes artículos negativos hacia ella. Esas campañas hicieron mucha presión en su trabajo, por lo que renunció y salió de Puebla con rumbo a Veracruz.

Después regresó a Puebla y se inscribió en la Escuela de Medicina; fue aceptada en ceremonia solemne, a donde asistieron los más altos funcionarios, lo que causó molestia a sus enemigos acérrimos, intensificando los ataques a tal grado que apareció una nota periodística que se refería a ella con la frase “Impúdica y peligrosa mujer pretende convertirse en médica”. Tales críticas la afectaron y decidió regresar a la ciudad que la vio crecer, y se inscribió nuevamente en la Escuela Nacional de Medicina. Las críticas continuaron y de alguna forma hicieron que antes de terminar su primer año se diera de baja. La institución se oponía a la validez de las materias del bachillerato que había cursado en escuelas particulares; hizo reclamaciones, pero la respuesta fue que solo era para hombres.

La fortaleza de Montoya fue tal, que logró ponerse en contacto con el otrora presidente Porfirio Díaz, a quien le expuso lo complicado que había sido llegar hasta donde estaba y pidió su apoyo. La primera petición fue que se le permitiera concluir las materias con las que tenía conflicto, y la segunda, realizar el examen profesional; peticiones que fueron aceptadas, por lo que Matilde logró titularse y abrir la posibilidad de que más mujeres lo hicieran.

Y fue así como el 25 de agosto de 1887 recibió al fin el tan ansiado grado de médico cirujano, y literal, ¡se desmayó! Probablemente fue la emoción que sintió al ver su sueño realizado a pesar del calvario sufrido, en una época en la que ese tipo de estudios eran exclusivos para hombres.

Matilde Montoya atendió a todo tipo de pacientes, cobrándole a cada uno según sus posibilidades. Participó en asociaciones femeninas como el Ateneo Mexicano de Mujeres y Las Hijas de Anáhuac, pero no fue invitada a ninguna asociación o academia médica, aún exclusivas de los hombres (Carrillo-Esper, 2015). En 1923, con ayuda de la doctora Aurora Uribe, fundó la Asociación de Médicas Mexicanas.

El 26 de enero de 1938, a la edad de 79 años, dejó de recordar para siempre todo el calvario sufrido para obtener su gran sueño: ser médico cirujano. En una época donde la sociedad fue totalmente machista, Matilde logró ser la primera mujer médico en México.

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