Mario Cruz Cruz y Raen Sánchez Torres

El artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos confirma la garantía de los individuos a la libertad de opinión y expresión, así como su derecho para no ser molestado a causa de sus expresiones. Este derecho es para las democracias lo que es la presión arterial al cuerpo humano, si se obstruye o baja puede afectar el funcionamiento general y provocar la descomposición de alguna de sus partes.

Bajo esa lógica comparativa, los movimientos que construyeron nuestras libertades y el modelo democrático en el que nos hemos desenvuelto desde el movimiento independentista hasta la actualidad han sido acompañados por una tradición periodística mexicana, misma que funciona como la presión arterial de nuestra sociedad. En ocasiones con un comportamiento dócil, en otros momentos pragmáticos frente al poder durante los momentos de “paz” impuesta, pero aguerrida e incisiva en los momentos en que las crisis sociales, políticas o monetarias han demandado que el periodismo despierte conciencias.

Esa ambivalencia nos ha regalado panfletos que no hacen otra cosa que endiosar tiranos, pero también nos ha brindado las páginas más nobles del pensamiento crítico en nuestro país. Así, las plumas de matraqueros del poder, literatos, cronistas, liberales, conservadores y tremendos librepensadores se entremezclan en la historia y evolución política de nuestra compleja sociedad. Con todo y sus claroscuros, la prensa ha empujado también a la democratización de la vida pública del México contemporáneo.

Sin embargo, uno de los signos que podrían indicar que la democracia y la vida social del México actual está necrosada, al menos en algunas partes de nuestro espacio público, es la difícil situación en la que desempeñan su trabajo las y los periodistas mexicanos.

Por ejemplo, la posible represión representada en el proceso judicial en contra del célebre académico y columnista Sergio Aguayo Quezada, quien con sus análisis ha desmadejado el entramado de la corrupción y hoy se le quiere enjuiciar por eso. De la misma forma, es un signo de una descomposición el asesinato de 131 periodistas desde el año 2000 a la fecha por desarrollar su trabajo y que ha documentado la organización Artículo 19, quien señala que 11 de los fallecidos corresponden al periodo de Andrés Manuel López Obrador.

Las “mañaneras” se han convertido en el escenario de las plumas fustigadas, reprimidas y regañadas por indagar en temas fundamentales de nuestro país como los feminicidios, la impunidad o los despilfarros, preguntando a quien prometió ampliar libertades y limpiar la vida pública, pero en los hechos se ha dedicado a cambiar las formas para mantener a México como uno de los países más difíciles para ejercer el periodismo.

Fondos de impunidad, fondos de injusticia, fondos de inequidad que no se transformarán jamás mientras se sigan refrendando pactos cupulares, se busque financiar clientelas con el presupuesto federal y se vendan indulgencias a la antigua mafia del poder para convertirse en nacionalistas y filántropos a los ojos del poder político que quiere perpetuarse.

Difícilmente, alguien tendrá las respuestas para componer tantos entuertos que sufre nuestra nación. Pero como ciudadanía, como seres humanos amantes de la libertad, la justicia y la paz, lo mejor que podemos hacer es informarnos y defender a quienes nos informan y pugnar desde nuestras trincheras para que todas las personas mantengan su propia voz.

Por amor a esta tierra, es necesario defender las voces que nos informan y nos ayudan a construir un mejor espacio público. Porque nadie, ni desde la batuta del gobierno ni desde el fusil del criminal ni desde la billetera del delincuente de cuello blanco debe sentirse confiado para silenciar nuestras conciencias con el manto de la impunidad.

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