Tras el tsunami que cambió el mapa político de México después de las elecciones de julio pasado, la ciudadanía quiere cambios, y vaya que estamos experimentándolos. No solo asistimos a un ejercicio inédito del poder desde el gobierno federal, sino que en los estados en los que hubo alternancia en los congresos locales apreciamos transformaciones tangibles que están cambiando la dinámica de nuestra vida pública. Y para muestra lo que pasó ayer en el Congreso local, cuando con 18 votos a favor, dos en contra y ocho abstenciones, los legisladores aprobaron modificar la Ley para la Familia del estado con el objetivo de permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo. Algo que simplemente no hubiera ocurrido si Morena no hubiera arrasado en las urnas durante las elecciones pasadas. Si, por ejemplo, el PRI siguiera siendo la fuerza hegemónica en la Cámara de Diputados local, estaríamos ante la misma inmovilidad que distinguió a Hidalgo durante décadas. Ni soñar que se aprobara una reforma que abriera las puertas al matrimonio de parejas del mismo sexo. Hubiera predominado la opinión del gobernador en turno, como cuando el exmandatario, el priista Francisco Olvera, decretó que para el pueblo de Hidalgo ni siquiera era tema de discusión el matrimonio homosexual porque nadie lo estaba demandando. Afortunadamente, en julio del año pasado soplaron vientos de cambio y hoy estamos viendo transformaciones sin parangón para nuestra sociedad, que ya no es la del siglo XX. Quienes se negaron a entender los cambios hoy no tienen la mayoría. Así son las reglas de la democracia, y qué bueno que sea así. De filón. Pero en estos tiempos inéditos que vivimos, no todo es miel sobre hojuelas. Así como no habíamos visto cambios tan drásticos en nuestras leyes locales, tampoco habíamos sido testigos de una emergencia ambiental como la que vive hoy Hidalgo y buena parte del territorio nacional. Son desafíos que requieren nuevas formas de pensar y actuar. Y ya no hay tiempo para meditarlos.

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