Fotografía y autoerotismo. Una mirada recíproca

LEYDA CASTILLO
Pachuca

Los seres humanos somos seres sexuales, y el autoerotismo es una práctica inherente a este. No tiene límite de edad, ni de condición física, económica, social o de géneros. El autoerotismo no es sinónimo de masturbación y no se reduce a la genitalidad. Hay tantas maneras de practicar el autoerotismo como personas en el mundo.
Nuestra imagen personal juega un papel importante en nuestra vida diaria, es una forma en la que reforzamos nuestra identidad, transmitimos emociones o sensaciones, dejamos ver lo que queremos que vean tanto las demás personas como nosotros mismos. Asimismo funciona la imagen dentro de nuestra vida sexual.
Por medio de la imagen podemos explorarnos, conocer y reconocernos como seres sexuados y sexuales.
Nos gusta vernos para nosotros mismos en una especie de autovoyerismo y mostrarnos también ante otros como fuentes de deseo. La forma de obtención de imágenes por excelencia es la fotografía.
La fotografía profesional goza de una larga lista de nombres de fotógrafos que sucumben ante el goce del autorretrato erótico. Desde los crudos desnudos de Francesca Woodman, hasta la sensualidad sugerente de Jaeda DeWalt; desde el empoderamiento y visibilización de Loren Cameron (activista transexual), hasta los casi inexistentes autorretratos de desnudos masculinos como los de John Coplans, usados como modo de expresión a un yo envejecido o los de Olivier Valsecchi, hechos con fines autodidactas; desde el proyecto Do it Yourself de Uwe Ommer, que muestra autorretratos eróticos de mujeres que se convierten en sus propias fotógrafas, hasta el polémico autoerotismo fotográfico de Miss Aniela.
Cuando se hace en nombre del arte parece ser aceptado el desnudo de un profesional, pero cuando el autorretrato que muestra y/o sugiere sexualidad proviene de una fuente desconocida y amateur, el rechazo social se hace presente: se desvirtúa, se trivializa y se condena a la foto y a la persona.
“Me gusta exhibirme y que me adulen; me excita”, dice un joven que gusta de compartir sus autorretratos eróticos en plataformas sociales. No son pocas las aplicaciones y redes que permiten a los usuarios compartir fotografías de cuerpos desnudos, excitados, anhelados y anhelantes, como el caso de Uplust. Se tildan de pornográficas o se les atribuyen todo tipo de escándalos. La ya tediosa letanía de “no te saques fotos cachondas porque puede tener consecuencias”, está por demás gastada.
La tecnología forma parte de nuestro día a día y la prohibición no evitará que vivamos nuestra sexualidad. Por qué no mejor compartir información de cómo prevenir que hagan mal uso de la imagen, como por ejemplo no fotografiar el rostro o usar servicios de chat que te permitan destruir los archivos una vez vistos, o compartir aplicaciones que impiden almacenar archivos enviados.
¿Por qué está mal admitir que nos excita que nos miren? Será acaso que saber que uno o miles de espectadores desconocidos están ahí esperando a que nuestra imagen sea su placer y también el nuestro. O que la variedad de cuerpos que se autorretratan escapan a los estereotipos y el filtro de lo que debe ser bello están ahí para decirnos: existimos y somos deseables.

La fotografía siempre es,
de algún modo, una forma de voyerismo”

Helmut Newton

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