El alfiler En busca de un poco de aire me asomé por mi terraza. No es grande, ni tiene buena vista como la de esos que presumen que desde su balcón puede verse Central Park, la Torre Eiffel, el mar o ya de a perdis, el Río de las Avenidas; es más, ni como para espiar a los vecinos está. Si acaso sirve para ver si ya pasó la basura o para asomarse a ver quién toca cuando alguien llega a tocar. Hace tiempo que no fumo. Antes al menos servía de espacio contaminante, pero ya ni para eso. De todos modos me quise asomar. ¡Para qué lo hice! En un principio pensé que si tomaba un poco de aire fresco podría oxigenar el cerebro y relajarme como para empezar a dormir. ¡Falso! Al hacerlo, más bien me espabilé y me sentí más alerta, prestando atención a lo que pasaba alrededor. Me fijé en los carros; uno que no traía silenciador y se escuchaba retumbar su escape por todos lados; otro que al más mínimo enfrenar, sus neumáticos rechinaban cual ratón en ratonera; uno más con una pieza zafada que hacía sonidos extraños al avanzar, como la lavadora de mi vecino cuando se traba.

Entonces quise fijarme en el cielo. Estrellas titilantes que se veían entretenidas jugando a comunicarse en clave morse mientras nosotros, los planetarios de abajo, nomás tratamos de traducir lo que dicen entre cuásares y horóscopos, sin llegar a interpretar más que, “la distancia entre ambas galaxias se encuentra a millones de años luz” o “el día de hoy conocerás a una persona alta que marcará un gran cambio en tu vida”. Así me di cuenta de que ese tampoco era el camino. Al parecer los astros nomás sirven para dormir en los partidos de béisbol.

La mirada pasó del cielo al suelo. Contemplativo me fije en el piso. ¡Hay que barrer mejor! Luego por qué se hacen hormigas. ¿Y esas yerbas? No, no crean que son de las que todavía son ilegales, me refiero a las que salieron entre la pared y la ventana. ¡Cuánto descuido caray! Habrá que quitar y remover a conciencia, y en el barandal hay que sacudir, ¡tanto polvo luego provoca alergias! Además, esas manchitas en la pared, ¿de qué sirvió que de niño me dijeran tantas veces que me limpiara los pies al entrar? No, esto de fijarme en el piso tampoco ayuda a conciliar el sueño.

Casi dado a la derrota, me quedé como ido contemplando el horizonte. Pensé que quizás así aparecería Morfeo y me llevaría a su mundo, pero no. ¡Otra vez lo mismo! Que si esos cables de luz ya están muy feos y si no representarán un riesgo para nuestras instalaciones eléctricas; ¿y esos postes? ¡Se ven rete mal! ¿No que la asociación de colonos iba a gestionar que los cambiaran? Y luego el pavimento, decenas de escritos para que arreglen el asfalto y, a lo más, vienen a echar tierra en los hoyos, ¡Si a esas vamos, mejor rebacheamos con Maruchan! No, no. Eso tampoco sirvió. Así que ya mejor me quise meter.

Estaba abriendo la puerta para entrar de nueva cuenta a mi habitación, cuando en eso se escuchó un inmenso crujido. Al voltear, me encontré con un increíble tornado que acechaba mi colonia con una fuerza inimaginable. Los carros chillones volaban por los aires, los cables y los postes se habían vuelto rehiletes gigantes que, arrancados de la acera surcaban los cielos. Incluso las viejas dunas de polvo de mina que están atrás de mi calle empezaron a alimentar la fuerza del fenómeno. No supe qué hacer. Si me quedaba ahí, mi vida corría peligro, pero si abría la puerta, se iba a meter el polvo. Resignado a mi final, cerré los ojos con la esperanza de que sí me hubiera dormido y que todo fuera un sueño. Pero no, nada pasó. Al mirar otra vez, vi que el tornado ya era inmenso, pero había algo extraño. Se le habían formado dos oquedades que, a manera de ojos, silenciosos y suplicantes me veían, pidiendo lastimeramente mi apoyo.

Al principio no entendí, luego me desentendí. Me hice el importante, volteé con indiferencia y despacito, cuidando cada paso. Abrí precavidamente la puerta corrediza y me escurrí de nueva cuenta al interior de mi habitación, para enseguida, asomarme por el cristal para ver qué había pasado. Y así pude verlo. Como una prenda de tendedero sujeta solo por una pinza o como un aviso de pizarrón que pende del último diurex, el tornado dependía de mí para elevarse a la atmósfera y desaparecer en la inmensidad del horizonte. Así que me metí y el tornado se extinguió.

Fue entonces cuando la calma llegó para invitarme a dormir, con una verdad tan absoluta como irrefutable: para mis ensoñaciones, no fui más que un alfiler en el trasero de un tornado. [email protected]

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