Autor de El cielo protector, cuya adaptación de Bernardo Bertolucci sirvió para catapultarlo a la fama en Latinoamérica y revivir su presencia en Estados Unidos, fue una suerte de homenaje tardío para uno de los creadores más versátiles y vagabundos que dieron las letras anglosajonas durante el siglo XX.
Paul Bowles figura en el siglo XX como uno de los pocos creadores que materialmente cruzaron su camino con casi todos los escritores, artistas visuales, músicos… de relieve con que se distinguió la creación de un siglo. Desde sus humildes inicios guiado por Aaron Copland, quien fue su maestro y guía en el terreno musical y al que le tocó ver de primera mano el creciente velo de aceptación y reverencia por la fusión de música popular y tradicional en el seno del rigor académico, hasta el surgimiento de la cultura beatnik, Bowles fue uno de los pocos observadores que atestiguaron el crecimiento de la cultura “culta” de Estados Unidos, México, Francia y Marruecos.

Por ejemplo, a él le tocó estar cerca de Burroughs cuando tuvo a bien jugar a Guillermo Tell con su esposa y le costó la vida; mucho después, en Tánger, también fue testigo de la escritura del Almuerzo desnudo y la eventual partida de Burroughs para ser inmolado en el Estados Unidos que lo calificó de obsceno, casi en idéntica proporción que lo reverenció por sus aportaciones a la lengua inglesa.

Así, de la misma forma, Camus, Sartre, Hemingway… todos los autores que de alguna manera estaban ligados a una ruptura fuese de los cánones literarios o de su propia estructura personal, por azaroso que se escuche, conversaron con Bowles y quedaron plasmados en su increíble relato biográfico.
Paradójicamente, la obra de Bowles nada tiene de complaciente ni de proyecto ocioso planteado para contento del lector ocasional. Su trabajo surgió de sugerencias hechas por las diferentes personas con quienes se cruzó a lo largo de años y durante el periodo que involucró dedicar su eterno vagabundeo hasta el encuentro con Jane, quien se convertiría en su esposa y después moriría a manos de un celoso árabe que la envenenó gradualmente, Bowles transitó de la calidad de turista aciago, a otra de viajero, sin afán de buscar un destino concreto, excepto la necesidad de mantenerse en movimiento.

A diferencia de casi todos los escritores de la época, su obra es una constante recolección de escenarios y pasajes cuya riqueza literaria reside en la intensidad de lo que recogía y –hasta cierto punto– apenas un fragmento del universo multiplicado en intensidad por lo que aparecerá después mientras Bowles lo engarce con otro momento de su recorrido.
Su narrativa tiene la característica de asimilar el tiempo y la singularidad cultural del viajero, quien lejos de funcionar como un voyeurista que se sabe ajeno a la sociedad en que se encuentra, en el caso de Bowles es el solitario que se encuentra a sí mismo en todo lo que hace, sin paradero decidido ni punto de partida claro.

Su creación primera, consistente en trabajos para piano, es quizás el único testamento de una época en que su obra fue predecible y hasta complaciente. Apenas entró en movimiento, su trabajo se volvió diverso y demandante de atención, ya que privilegió el cuento corto sobre la novela y apuntó más hacia la composición de obras en las que la música siguió quizás una dirección plausible sobre la que se asentó el escritor, en términos de obras y narraciones clásicas, a diferencia de sus memorias y pasajes personales.
Bautismo de soledad, gracias a la dirección que siguió de la música experimental de academia, es por dos partes apenas una exhibición de sus preferencias en la medida que se trata de sus cuentos, leídos por él, además de música de fondo que desde su punto de vista retrataba esa esquiva naturaleza de cuanto alcanzó a recoger como captura de la existencia.

Correo: [email protected]
Twitter: @deepfocusmagaz

Comentarios