Aunque Fahrenheit 451 es la obra que por excelencia plantea la posibilidad de que la cultura del libro como la conocemos concluya porque el aparato del Estado decide que la transmisión del conocimiento representa la mayor manifestación de libertad anarquista conocida por el hombre, solo por eso ya involucra su parcial mutilación así como la condena de que quien posea una expresión literaria también está expuesto a perder la vida.

La fábula de Bradbury hoy por hoy es una de las más poderosas gestadas en el seno de la ciencia ficción. Paradójicamente, se centró en una contradicción de fondo, si se habla de un futuro profundamente lejano y distante de nuestra realidad actual, pero basado en la destrucción de libros del aparato nazi, así como el catálogo de títulos proscritos por el Vaticano, ¿por qué mantener la certeza de que el sustrato, el papel, seguiría siendo el medio material favorito para comunicar ese conocimiento? Desde siempre ha sido un material delicado susceptible de ser destruido con facilidad, ¿por qué no pensar en un sustituto? La novela fue publicada en 1952 y nueve años después, Stanislaw Lem creó una versión más anárquica y exhaustiva que la de Bradbury, ya que no se enfocó solo a los libros impresos, sino toda forma de papel desaparecido de la Tierra por acción de un catalizador extraterrestre que llega a nuestro planeta por accidente. Como prácticamente toda la narrativa de Lem, esa novela es otra de sus proezas intelectuales en las que se mezclan la farsa con especulación de la más alta estirpe y el verdadero sello del autor corroe profundo cuando se retira el halo de belleza y corrupción de la mente creativa, cuando hasta el aparato del gobierno pierde uno de los instrumentos centrales de toda burocracia: el papel.

Y como antropólogo, Lem comienza a desarrollar una versión cataclísmica de una sociedad en la que desaparece el instrumento privilegiado de la evolución de las civilizaciones. Es decir, a través de la lectura y la escritura es como los seres humanos alcanzaron la cuota de un cerebro que, gracias al esfuerzo antinatural de leer, el órgano se adaptó a la capacidad de operaciones abstractas tan complejas que logró llegar a la Luna. Pero gracias al Factor Harcius la humanidad completa experimenta un retroceso sin paralelo en su existencia, ya que no hay absolutamente nada que sostenga pistas del pasado ni forma de elaborar algo sobre una superficie para reemplazar al papel.

Genial por donde se le busque, Memorias encontradas en una bañera representa uno de esos raros aciertos en la vida de un escritor que plantea muy bien la posibilidad de perder todo lo conocido en un abrir y cerrar de ojos, para de pronto encontrarse ante un cambio de paradigma que afecta a la humanidad en toda su extensión, sin excusa, mediación ni recursos para sostenerse siquiera un poco sobre absolutamente nada de lo que representa el uso global y ampliamente admitido como “natural” del papel.

Con ese carácter de buscadores de profecías, en su momento Swans confeccionó The seer, uno de esos rarísimos ejemplos de un grupo que en su momento parecía dispuesto a crear una obra en exclusiva dedicado al experimento del metal como género musical exclusivo, pero concluyó como un grupo de avanzada desarrollando ejemplos de una obra ambiciosa y experimental en un sentido aún más amplio que el propio perfil del grupo.

The seer, entre otras cosas, es uno de los momentos más finos de Swans, pero porque en las líneas de los discos del álbum justo se narra qué sería en la práctica, en el caso de que un profeta hiciera acto de presencia y de su persona dependiera una perspectiva que pudiese llevar las cosas en buena dirección. Pero el trato con el personaje de una forma u otra representara estar cerca de una manifestación de oscuridad y solo por ello, las características de cuanto dijera fuesen oscuras.

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