Distorsionar la realidad o negarla constituye uno de los elementos fundamentales que definen a la mentira, cuyo objetivo final es el engaño y la confusión. Pero, la gravedad de la misma siempre está asociada al grado de maldad y miseria humana de quien la produce y reproduce.

De igual forma, la mentira tiene una función prioritaria: difamar, generar miedo, atrincherar a la opinión pública en contra de algo o de alguien y obtener algún beneficio. En 2014, un canal de televisión en Rusia transmitió la entrevista de una mujer que decía ser refugiada rusa, quien narró: “cómo su pequeño hijo y su esposo, un militar, fueron ejecutados por el Ejército ucraniano”. Posteriormente, ese hecho fue exhibido como una mentira, pero en su momento engañó a muchos, tanto en Ucrania como en Rusia, lo que motivó la toma de armas y amplió el encono social que derivó en la generación de más violencia.

En el ámbito local e internacional existen cientos de mentiras que han buscado manipular la conciencia de masas e incidir en el comportamiento de la sociedad contemporánea, y desafortunadamente eso ya es parte de la vida cotidiana. Ese fenómeno nos obliga a especializarnos o tener un mínimo conocimiento técnico para cazar mentiras y no dejarnos seducir por la palabra fácil, que a menudo está cargada de maldad y egoísmo. Sin embargo, la sociedad todavía no está lo suficientemente preparada para afrontar la avalancha de información que es vertida en los medios masivos de comunicación; como nunca, la población está más propensa a ser engañada, ya que está produciéndose un comportamiento esquizofrénico de muchas realidades que ya ha desatado tragedias y violencias desmedidas. Ese régimen de posverdad en el que vivimos ha sido el escenario de una sociedad que toma la justicia por su propia mano, porque piensan que la justicia solo puede ser ofrecida por la violencia de masas.

De igual forma, están configurándose falsos sentidos de libertad de expresión, porque a menudo confunden la fácil forma de difamar individuos con la distribución de contenidos falsos en los medios de comunicación y, además, porque no hay un tamizaje social para discernir si lo que dicen en los medios es falso o no lo es.

Las mentiras o posverdades contemporáneas están atentando seriamente contra la convivencia social y son una afrenta contra la democracia, porque el grueso de la sociedad no logra digerir por completo los contenidos a los que los obligan a consumir todos los días, por lo que forman opiniones falsas de la realidad en beneficio de los replicadores del engaño y de los que usufructan al tener una sociedad manipulada.

Los agentes que ostentan el poder saben que en la mentira está un aliado estratégico, por ello contratan agencias o individuos para transmitir sus verdades y ganar audiencias que cada vez cuestionan menos la información. Como nunca, los medios de comunicación han manipulado a la sociedad en todos sus niveles.

Actualmente, con dispositivo en mano, un celular por ejemplo, todas las capas sociales pueden enterarse de las verdades o mentiras que están en la agenda, que lo mismo imparten justicia y dictan sentencia a víctimas y victimarios; somos testigos de una opinión de masas manipulada que mide la justicia en “reacciones”, “likes”, “enojos” y “me encorazonan”, que pueden llegar a crear ángeles o demonios.

Una sociedad que cimienta sus bases económicas, políticas y de convivencia social sobre la mentira está condenada al caos y la crisis permanente. Por lo que es urgente que depuremos nuestros patrones de consumo de información, con el fin de que a pesar de los baches y caídas no perdamos la aspiración de ser mejores seres humanos.

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