Que las cosas sean de una manera no quiere decir que no se puedan cambiar

La antigua escuela peripatética de Aristóteles, antigua y todo, resulta todavía tan transgresora si la vemos confrontada con las escuelas o los modelos educativos de nuestro tiempo, sobre todo del tiempo de los mexicanos, por citar solo un ejemplo, a quienes nos timaron con una reforma educativa que más bien terminó siendo un golpe administrativo y político que poco o nada hizo al sistema de la enseñanza.
Y, claro, hay que admitir que la escuela peripatética era más bien un club filosófico que desde luego queda muy lejos de los conceptos de escuelas institucionales, pero conviene traerla a colación porque allá en la lejana Cataluña independentista, su canal autonómico de televisión, se vio inspirado por las fundaciones de Aristóteles para crear una serie que haga justo esto, reflexionar y criticar el problema educativo del mundo occidental, de si responde o no a las necesidades de los jóvenes, a sus pulsiones, a la manera en que el mundo quiere integrarlos para que luego ellos, nosotros, tomemos las riendas de él.
“Merlí” entonces es el nombre de esta serie de tres temporadas, que, en lo superficial, aborda la historia de un profesor fuera de esquemas. Merlí Bergeron provoca una explosión en los ordenados días de un bachillerato barcelonés al asumir el programa de la asignatura de filosofía con la generación entrante.
¿Cómo imaginas al protagonista de una serie sobre jóvenes que la arma de profe de filo? Bueno, no te diré, pero es seguro que la advertencia “fuera de esquemas” no va en vano. Y aunque la figura del profesor “muy en onda” que se hace amigo de los estudiantes y se involucra en sus vidas es algo típico, el buen o mal Merlí trabaja con todos los ánimos para sorprenderte.
Las dos primeras temporadas, que ya están disponibles en Netflix, están integradas por capítulos que recorren la historia de los grandes pensadores del mundo, desde los presocráticos hasta Sigmund Freud, en un conveniente orden cronológico. Las máximas y los postulados de Descartes, Kant, Engels o Nietzsche, atinadamente acopladas en el guion por el asesor filosófico Nemrod Carrasco, toman un papel que trastoca los problemas de todos los implicados.
Todas las escuelas filosóficas son invocadas desde el ceremonioso ruido de la tiza sobre la pizarra verde para lanzar cuestionamientos al sistema político actual, al modelo familiar, el amor, la relación maestro-alumno y la cabida de todos en una sociedad que aún se resiste a la inclusión sin reticencias.
Es de celebrar el sentido práctico que da la historia al quehacer filosófico, visto como un león que se escapa de su jaula en los libros polvorientos para tomar por asalto las mentes de los jóvenes en pleno despertar y, de paso, la consciencia del espectador.
Y aquel ejercicio antiguo de los peripatéticos, de reflexionar mientras se pasea, de dejar el sedentarismo al leer, esos discípulos de hace cientos de años encarnan en la riqueza cultural catalana para compartirse con el mundo, esa escuela es viable, es posible y es necesaria.
Sea un peripatético de Merlí, y de preferencia, disfrute de cada capítulo en catalán, puede enamorarse de sus decires incluso sin ayuda de los subtítulos.

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