El mes de noviembre es especialmente significativo para México y sus mujeres, además de celebrar tradiciones como el Día de Muertos, el 25 se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, fecha que desde 1999 la Asamblea General de las Naciones Unidas la promulgó.

Este año de pandemia, aislamiento social y sana distancia, la violencia se recrudeció contra las mujeres. Sin embargo, este hecho cruel y real no alarma y no alerta a su ciudadanía, a sus instituciones, a sus gobernantes. El mismo presidente Andrés Manuel López Obrador se negó a reconocer que la peor pandemia que cruza el mundo y lacera a México desde hace por lo menos 30 años es la violencia intrafamiliar, la violencia de pareja, la violencia social, la violencia política, la violencia mediática y la violencia feminicida contra el 51por ciento de su población. Se atrevió a decir y desmentir las cifras, alegando que las familias mexicanas son “amorosas” y que el 90 por ciento de las llamadas de auxilio al 911 por violencia “son falsas”.

Más allá del “mundo feliz” que se pretende, lo cierto es que hoy es innegable esta calamidad y hasta medios trasnacionales de producción como Netflix retoman el tema para documentar, pero también para vender “entretenimiento” veraz. Durante 2019 y 2020 hemos visto series que recrean la violencia social y de género. Este año, con Las tres muertes de Marisela Escobedo, ¿denuncia? y retrata la desgracia que significa ser mujer en este país.

Marisela Escobedo, vivía en Ciudad Juárez, Chihuahua, era enfermera y empresaria. Madre de dos hijos y una hija, quien fue asesinada por su mismo esposo. A raíz del feminicidio de su hija Rubí Marisol, perpetrado por Sergio Rafael Barraza, fue que Marisela inició una lucha porque se condene a su yerno, pero la justicia que ella buscaba nunca llegó, antes murió por órdenes del mismo Sergio Rafael en diciembre de 2010.

Diez años después, no se ha hecho justicia, ni se ha contenido la violencia y el feminicidio contra las mujeres, más bien se ha generalizado, mientras el papel de los medios ha sido ¿informar? ¿denunciar? ¿evidenciar la falta de justicia? En el día a día los medios impresos, electrónicos, virtuales, nos ofrecen noticias como la de Marisela Escobedo y Rubí. A manera de flor de un día, los hechos se ofrecen sin historia, sin contexto, sin objetivo de contribuir a informar y formar opinión de la ciudadanía. La máxima del periodismo es aportar y contribuir a la sociedad con hechos e información veraz, oportuna, objetiva y con un compromiso ético por los valores universales del humanismo. Sin embargo, la agenda cotidiana lucra con el escándalo y el escarnio hacia las mujeres. Las mujeres se vuelven objeto y no sujeto de las noticias; entre más sangre y morbo reporten los casos “mayor” cobertura se les da, pero sin el objetivo de contribuir realmente a solucionar casos, a sensibilizar a la sociedad del urgente cambio de paradigmas culturales; solo se trata de “atrapar” audiencias, de rating que tributa en costos de espacio, en comercialización y venta, en eso se resume el papel informativo de los medios. Lejos, pues, de los planteamientos del código internacional de ética periodística: respeto de la vida privada y de la dignidad de los seres humanos. De los mismos lineamientos generales sobre la defensorías de las audiencias, que se refirieren a la calidad de la información y establecimiento formal y real de los derechos del público. O de la Plataforma de Acción de Beijing y su capítulo J sobre el trato y tratamiento de las mujeres en los medios de difusión.

Los derechos de las mujeres, en general y como público de los diferentes medios de información y comunicación, son ignorados, trastocados y disfrazados en aras de la venta y la comercialización. El documental Las tres muertes de Marisela Escobedo es muestra. Su realización y transmisión en tan importante plataforma sí ayuda pero no cambia de fondo el hecho de que el Estado, las instituciones y los órganos de impartición de justicia son omisos desde hace años a garantizar su estatus humano y ciudadano.

La historia es triste, qué pena, nos hace llorar, pero no más. Representa una catarsis el producto fílmico mismo y nos deja con la campechana idea de que de alguna manera encontró “justicia” con este documental y, al mismo tiempo, nos contiene a través del temor de participar en cualquier lucha porque el riesgo de tocar personajes y obsesionarse con la “justicia” puede llevar, de manera irremediable, a la muerte. “Quietecitas, nos vemos más bonitas”, paradójico el mensaje y más efectivo que la supuesta denuncia.

Los medios, su información y sus producciones siguen en deuda con las lectoras y sus audiencias de mujeres.

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Josefina Hernández Téllez
Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM y especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Periodista colaboradora en medios desde 1987. Defensora de lectores y articulista del diario Libre por Convicción Independiente de Hidalgo. Integrante del consejo editorial de la agencia de noticias Comunicación e Información de la Mujer AC. Docente universitaria desde 1995 en la UNAM. Profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo desde 2008. Integrante y cocoordinadora del grupo de investigación Género y Comunicación en la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación. Línea de investigación y publicaciones sobre periodismo, comunicación y género.