Sonia Bass Zavala / Juan Guerrero Escamilla

Área académica de sociología y demografía

Las pasadas elecciones estadunidenses del 8 de noviembre tenían concentrada la mirada no solo en Estados Unidos, sino en el mundo entero. La contienda se perfilaba reñida casi al final de la elección, pero a pesar de ello, pocos le daban el triunfo a Donald Trump por lo que representa no solo para esa sociedad norteamericana, sino para México, por los vínculos económicos tan intensos entre ambos países.
El filósofo norteamericano Richard Rorty escribió el libro Forjar nuestro país, en 1998, donde señala que “el electorado no suburbano decidirá que el sistema fracasó y empezará a buscar a un hombre fuerte por quién votar, alguien dispuesto a asegurarles que, una vez elegido, los burócratas presumidos, los abogados tramposos, los vendedores de bonos de salarios excesivos y los profesores posmodernos dejen de tomar las decisiones”, y ese hombre es Donald Trump casi 20 años después.
Un número importante de analistas ha escrito sobre el efecto Trump hacia nuestro país por todo el discurso antimigrantes mexicanos, la construcción del muro fronterizo pagado por México, la cancelación del TLC, entre otras tantas promesas de campaña que atrajo a ese grupo de la población pronosticada por Rorty.
Es claro que la política que impulsará Trump podrá impactar en la economía del país; sin embargo, lo que debería ocupar a los gobernantes y políticos es implementar estrategias que le permitan al país un crecimiento “más independiente”, que no dependa de las decisiones de la economía norteamericana. Las condiciones actuales que se viven en muchos estados, de norte a sur y de este a oeste, giran en torno a los robos exagerados que han tenido sus gobernadores, el abandono del campo que ha provocado que miles de connacionales salgan de sus lugares de origen hacia Estados Unidos en busca de empleo, los efectos del narco en distintas dimensiones de la sociedad: económica, social y política, provocados por un estado débil donde ha permeado en distintos niveles de gobierno.
En estos casos de violencia, para Benítez (2007) el recurso que utiliza un Estado ante una situación de esta gravedad, es requerir la intervención de fuerzas militares, que en nuestro país ya se observa en ciudades o estados que viven bajo esas condiciones (Ciudad Juárez en tiempos de crisis de violencia, 2008-2011; Tamaulipas en distintas ciudades, Acapulco y otras regiones de Guerrero, entre otros). Se podría afirmar que se trata de un Estado parcialmente fallido, en la medida en que el fracaso se concentra en las estructuras de seguridad, educación, desempleo y pobreza, entre otras.
Una de las razones que explican esta grave situación es que la transición a la democracia en México, desde finales de los años 80 hasta inicios de los 90, no contempló como parte de la reforma del Estado la transformación de algunas instituciones, tales como los sistemas de seguridad pública, educación, empleo y erradicación de la pobreza. Actualmente ese déficit se refleja en la crisis de inseguridad que afecta a la democracia en la medida en que esta golpea la estabilidad social y política.
Ocuparse del efecto Trump en nuestro país tiene que ver con elementos macroeconómicos, pero dejar de lado lo que se está viviendo como efecto de un Estado débil, carente de estrategias de desarrollo a futuro, que vive de la imagen de sus políticos, nos seguirá llevando como la hoja al viento sin rumbo fijo y sin una brújula que nos permita encontrar el norte.

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