La transición del neoliberalismo, basado en la concentración de riqueza a un modelo de sociedad 5.0, donde el centro sea el ser humano, no será ni fácil ni rápido, el paso de la edad media al capitalismo, tampoco fue una transformación libre de tropiezos, mucho menos justa, el cambio lo marcó la Revolución Industrial, considerada como la primera revolución tecnológica.

Este cambio tecnológico gestó las nuevas hegemonías políticas, según Giovani Dosi, en el periodo 1750-1775, Inglaterra tenía el primer lugar con el 46.7 por ciento de los grandes inventos, descubrimientos e innovaciones mundiales, Francia el 16.7 por ciento, EU el 10 por ciento, Alemania solo el 3.3 por ciento y el resto de los países el 23.3 por ciento, en esa época México no existía como país, pero sí como colonia española.

Para el periodo 1926-1950 los EU avanzaron al 61 por ciento, Inglaterra el 11.5 por ciento, Francia el 0.9 por ciento, Alemania el 12.4 por ciento, las otras naciones bajaron al 13.3 por ciento, en ese porcentaje sí estaba ya México. Esto evidencia a la tecnología como el factor estratégico, claro que no puede haber desarrollo tecnológico ni innovación sin conocimiento e investigación, el cambio tecnológico dio el soporte a la estructura productiva de esas naciones, para su crecimiento y desarrollo.

El salto de una economía agrícola-feudal a una economía industrial-tecnológica, no solo no disminuyó, sino que profundizó la desigualdad y la pobreza, tanto entre naciones como dentro de ellas, sobre todo en los países que crónicamente presentan rezagos tecnológicos. El mecanismo fue el modelo de sustitución de importaciones, bajo el supuesto de que la importación de bienes de capital (tecnología) por parte de las economías de bajo desarrollo, como la mexicana, modernizarían su planta industrial.

Sin embargo, los productos que principalmente exportaban estas economías subdesarrolladas, eran materias primas, de bajo valor agregado y sus productos manufacturados formaban parte de las cadenas de maquila, donde las empresas trasnacionales eran dueñas de los prototipos y de las marcas o sea de la propiedad intelectual.

El resultado fue en las economías emergentes, entre ellas México, su creciente dependencia tecnológica y su endeudamiento; pero no lograron desarrollar sus capacidades tecnológicas, comparables a las de las naciones desarrolladas, en las prostrimerías estas condiciones frenaron su crecimiento, traduciéndose en una ampliación de la brecha productiva y tecnológica.

Mientras que en EU Vanevar Bush presentó en 1955 al presidente Eisenhower la necesidad de crear la Fundación Nacional de la Ciencia, para desarrollar la investigación así como su comercialización; en México, 15 años después se creó el Conacyt al publicarse en el Diario Oficial el 28 de diciembre de 1970.

En esta lógica de rezagos tecnológicos y de un comercio injusto, está lo que se destina a la investigación y al desarrollo tecnológico, las naciones desarrolladas invierten entre el 2 y 5 por ciento de su PIB, México apenas el 0.5 por ciento, a pesar de que en el artículo 9 Bis de la Ley de Ciencia y Tecnología establece que debe ser del 1 por ciento; es por ello que el ranking de innovación que emite la Organización Mundial de Propiedad Intelectual (OMPI) nos ubica en la posición 56; un ecosistema de innovación global saludable, según la OMPI debe cumplir con las dimensiones de: capital humano de alto desempeño e investigación, mercados y negocios sofisticados, productos creativos con alto contenido tecnológico e instituciones innovadoras, en ninguna de ellas se ubica a México.

La estrategia de los programas de bienestar de la 4T son positivos, pero insuficientes para lograr que la economía, no solo reinicie actividades, después que la pandemia le bajó el switch, la recuperación no solo es detener el desempleo que se traducirá en hambre sino crear nuevos trabajos decentes con salarios dignos, pero eficaces económicamente, es decir que propicien el crecimiento competitivo y el desarrollo sustentable.

Sin una política que integre a la gran infraestructura científico-tecnológica (más de 34 instituciones de educación superior, 29 centros públicos de investigación y más de 20 mil 500 integrantes del Sistema Nacional de Investigadores) con la estructura productiva nacional, seguiremos viendo que el 95 por ciento de las patentes en México continuarán siendo por extranjeros. La peor desgracia en la vida no es carecer de talentos, sino ignorar los que se tienen al alcance.

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