—Mi abuelita se volvió alcohólica a los 80 años
—¿Cómo?
—De la noche a la mañana, de solo tomar anís de digestivo, comenzó a desayunar media botella de ron. No me creas sino quieres, pero todo fue súbito, de ser una viejita divertida que nos saludaba con cariño y se esforzaba en recordar nuestros cumpleaños, cambió a ser una mujer cruel con la voz cavernosa que nos cambia el nombre. Dice mi mamá que son los nombres de sus hermanas, de la gente que conoció, claro, toda muerta. Mi abuelita nos atemoriza, mi mamá llora todo el tiempo, no me extraña porque a ella le llama con el nombre de su hermana mayor, con la que tuvo más problemas, a la que le bajó al novio.
—¿Tu abuelito era cuñado de tu abuelita?
—Es más complicado, en realidad mi tía abuela se iba a casar, ya estaba todo listo, había bordado su vestido. Mi abuelita regresó del verano con sus tías, cuando el futuro cuñado la vio y ella le cerró el ojo, él se volvió loco de amor. Vulgarmente les dicen calienta huevos, así ella, a todos diciéndoles que sí pero nunca cuándo. Su regreso en el pueblo estuvo marcado por una serie de desgracias, hombres peleando entre sí cuando coincidían bajo la ventana de mi abuelita durante una serenata, personas gritando en los bailes cuando alguno sacaba una navaja o hasta la pistola, porque querían bailar con ella. Yo creo que le gustaba, ella me contó eso, bueno no dijo nunca que le gustaba, me dijo que ella elegía con quien bailar, nunca chaparros, nunca morenos, nunca ganaderos porque olían mal. De tantos hombres en el pueblo con los que se divertía, no entiendo por qué también lo hizo con su cuñado, por qué la necesidad de también enloquecerlo con este jueguito de sí, pero no. Era como si ella necesitara todo el deseo para vivir, ya sabes, como los vampiros lo hacen con la sangre. Si ya tenía a los demás, ¿por qué a ese?
—¿Tenía problemas con su hermana?
—No estoy segura, en realidad creo que tenía problemas con todas las mujeres, nunca se le conoció amiga, no creo que ninguna mujer se hubiera sentido cómoda con ella, con tanto deseo alrededor y ella solo entornando la sonrisa, extendiendo la mano, entrecerrando los ojos y hablando con ese tonito aniñado. Sin duda no. Dice mi mamá que salían juntas las hermanas, tres mujeres con dos años de diferencia, mi abuelita era la de en medio, la chica era indiferente a casi cualquier cosa, a los pocos meses se fue de novicia, aunque se salió después porque conoció a su marido. En ese momento de la vida, con mi abuelita siendo la protagonista, a su hermana menor no le quedaba de otra más que irse de la competencia, la hermana grande ya se iba a casar, pero el regreso de mi abuelita la volvieron otra persona, un imán, con modales distintos, con vestidos bonitos. Ella le sonrió al cuñado, le extendió la mano, le entrecerró los ojos, le habló muy quedito, con ese tono de voz con el que conseguía casi todo. Y lo logró. El cuñado rompió el compromiso, le propuso matrimonio a mi abuelita, vendió la hacienda para empezar en otro lugar. La noche que se apersonó para formalizar el nuevo compromiso, mi abuelita se regresó a la ciudad con sus tías, le dejó una carta, nadie sabe qué decía y el cuñado, loco de amor, galopó toda la noche, se le desbocó la yegua y lo fueron a encontrar muerto en un matorral.
Naturalmente su hermana se llenó de resentimiento, el odio se le enmarcó en la cara.
—¿Y sus papás no hicieron nada?
—No, creo que nada, ¿qué iban a hacer?
—No sé, unas buenas cachetadas habría sido un buen inicio.
—Se quedaron con la hija mayor, se fueron de viaje a Europa una temporada larga, al final se casó con un gallego y su vida no estuvo mal, pero el odio a mi abuelita nunca se terminó, dejó de pronunciar su nombre, dejó incluso de mirarla, la despreció en silencio por décadas y décadas. Se murió hace poco y dejó estipulado que a su funeral no dejaran que mi abuelita entrara. Fue muy vergonzoso, yo iba con ella, se aferró a ir y en la puerta un primo mío me pidió que nos fuéramos, que podía haber un escándalo, yo preguntaba el por qué e intentaba dar razones, argumentaba que mi abuelita era su hermana, que tenía el derecho, que no abonáramos viejos odios, frases por el estilo, y no me di cuenta que mi abuelita había entrado al velatorio, se aferró a la caja y lloró con gritos desencarnados pidiéndole perdón. En ese momento sus sobrinas corrieron a quitarla, la sacaron del velatorio y le gritaron que ella no tenía nada que hacer ahí, que se fuera, que limpiara su culpa en otro lado. No logré hacer mucho más, como pude metí a mi abuelita al coche y manejé de regreso a la casa.
—¿Y cuándo empezó a tomar tu abuelita?
—Ahora que lo mencionas, siempre, siempre tomó, pero no nos dábamos cuenta.

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