En ese taller trabajaron excelentes artistas grabadores y su producción se fecha de 1937 a 2017, 80 años de historia.
El taller inició como un colectivo que construyó el discurso gráfico, desde la Revolución mexicana hasta el movimiento estudiantil de 1968. Lo iniciaron los pintores Leopoldo Méndez, Luis Arenal y Alfredo Zalce, después se les unieron Raúl Anguiano y Ángel Bracho y entre todos pagaban la renta y la compra de materiales que se repartían entre todos.
El taller además de darles un espacio propio, les brindaba la abierta discusión estética y política, que con ello no solo buscaban la belleza sino trataban de participar en alcanzar un cambio social y lograr emular lo creado por Posada y Daumier. El taller se ubicaba en una vecindad en la calle de Belisario Domínguez número 69, una calle muy céntrica donde además pudieron comprar una vieja imprenta mecánica que tenía a su costado la leyenda Paris 1871, lo que la ubicaba en el tiempo en que la habían usado los revolucionarios franceses y le pusieron el nombre de La Comuna.
Más tarde ingresaron José Chávez Morado y otros pintores. La producción tuvo sus altibajos, época de bonanza y hasta grandes penurias y fue liderado por Méndez en el sentido estético y político durante sus mejores épocas. El taller llevó al grabado a sus máximas posibilidades estéticas.
El crítico de arte Paul Westheim refiere sobre el grabado en madera: “Es una técnica que invita a la profesión de fe, a decir categóricamente lo que en última instancia se quiere decir. Obliga a cierta validez universal de la expresión y rechaza los efectos superficiales.
“El ingreso de Alberto Beltrán y de Arturo García Bustos enriqueció la calidad de la obra del taller”.
Méndez renunció al taller en 1966 y con él salieron Pablo O’Higgins, Alberto Beltrán, Mariana Yanpolski, Adolfo Mexiac, Iker Larrauri y Andrea Gómez; con ellos terminó el período de 23 años en que Méndez fue líder inspirador.

Taller de grabado de San Carlos

En la escuela de San Carlos había excelentes maestros grabadores. El taller fue el crisol de magníficos artistas egresados con una sólida formación. El trabajo lo dirigían Benjamín Coria, condiscípulo de Diego Rivera; Carlos Alvarado Lang; Alejandro Alvarado; Francisco Moreno Capdevilla, de cuyo taller egresaron muy buenos grabadores como José Muro Pico, Carlos Olachea, Susana Campos, José Lazcarro, Saskia Juárez y José Carrillo Cedillo.
Quienes aprendieron las diferentes técnicas de grabado, tales como agua tinta, monotipia, mixta, litografía, agua fuerte, xilografía, litografía, buril, madera de pie, relieve y serigrafía.
“En el buril no hay los efectismos ni los accidentes que se obtienen, por ejemplo, con el aguafuerte. Con el buril solo se logra lo que el hombre imprime en la plancha de cobre por su propio trabajo. La emoción es por ello mucho más directa. Por eso el buril está al grabado como la talla directa está a la escultura. Es el procedimiento noble y heroico por excelencia.”
Así lo enseñó él mismo a sus alumnos de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, de donde fue director en tres ocasiones y de La Esmeralda, que dirigió en una ocasión. De entre sus discípulos cabe destacar al mismísimo José Clemente Orozco, quien ya gozaba de prestigio internacional; Francisco Moreno Capdevila, conocido por su trabajo al movimiento ferrocarrilero y estudiantil; Francisco Goitia; Abelardo Ávila y Federico Cantú.
Ese servidor fue integrante del último grupo que atendió el maestro Carlos Alvarado Lang, en el que el maestro nos enseñó la técnica y uso del buril, en San Carlos.

*Nota: tomado del libro Historia del grabado mexicano y del taller de la gráfica popular en México, de Helga Prignitz, 1937

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