Hace un par de años estaba circunstancialmente en un Sanborns de Tijuana. Sorpresivamente encontré entre en los anaqueles de libros El trabajo del actor sobre el personaje, un título perteneciente a la bibliografía elemental de una persona que se dedique al teatro, o por lo menos así tendría que ser. Este texto es parte del resultado de la labor de vida que realizó el actor, director y pedagogo teatral ruso, Konstantín Stanislavski entre el siglo XIX y XX. Creador del sistema actoral y cofundador del Teatro de Arte de Moscú.
Encontrar ese libro en una tienda como esa fue tremendamente sorpresivo, sin dejar de mencionar que al momento de pagarlo el cajero de la tienda me dice: “Te vas a llevar a Stanislavski, me encanta, he leído sus libros y me gusta como habla de todo”. Estuve durante cinco segundos perpleja, puesto que en mis 21 años de carrera teatral he escuchado a una gran cantidad de maestros, directores, actores, aspirantes actores y simuladores teatrales decir que las propuestas de Stanislavski son viejas, caducas y obsoletas.
La cuestión es esta, al parecer el muchacho que me vendió los libros no era gente de teatro, sin embargo, en el siglo XXI este chico ha encontrado una revelación que algunos integrantes del gremio teatral no han querido descubrir. O simplemente, esos teatristas se ven afectados por la necesidad de repetir sin pensar alguna idea que alguien más dijo.
Creo que una labor importante, más allá de la profesión, es darse a la tarea de leer con el objetivo de disipar algunas dudas sobre el arte del actor. Una de las características de los libros de Stanislavski es la sencillez con la que explica su sistema actoral, pero mucho más importante es lo que el director del teatro de Moscú dijo sobre el comportamiento del actor y, más aún, lo que dice del ser humano a través de su teoría actoral.
Después de comprar, me subí a un avión, ahí abrí el libro y en el prólogo encontré un texto propio de la revelación que había tenido horas antes acerca de Konstantín:
“No cabe duda que la vida social es también un proceso histriónico; la única diferencia entre un actor de teatro y uno de la vida es que el primero sabe que lleva una máscara cuando sale a escena y se la puede quitar cuando termina la función, mientras que el segundo está en la creencia de que él es auténtico, que no está caracterizado, que su personalidad es real. Probablemente no se podría calificar esta creencia como falsa, pero por lo menos bastante ingenua”. Roberto Mares
Después de leer esto tuve la absoluta certeza de que el chico del Sanborns tenía razón.
Y me di cuenta que la carrera teatral está infestada de mitos y pésimas interpretaciones sobre el universo lingüístico y accional que integra este arte. Así como múltiples chismes de los diversos creadores que han realizado grandes aportes al desarrollo del teatro, por lo que es mi interés establecer o por lo menos informar sobre estos investigadores teatrales que han llegado a ser vulnerados en sus propuestas, por el simple hecho de que a algún ignorante le abrieron un micrófono.
En los próximos textos hablaré de una forma más extensa sobre el gran aporte Konstantín Stanislavski y cómo sus propuestas abrieron una gran brecha de investigación para que otros directores desarrollaran su lenguaje estético y sus teorías actorales. Lo que sí puedo adelantar es que si Stanislavski no hubiera desarrollado su sistema, no hubiera existido un Meyerhold, ni un Grotowski, ni un Strasberg. Todos estos nombres son elementales para el estudio y entendimiento del desarrollo del teatro durante el siglo XX, del cual hoy día somos herederos.

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