Se entiende que la mayoría de las personas que no se dedican al teatro o al arte pueden llegar a preguntarse ciertas cosas sobre la labor y procesos de ejecución actoral, por ejemplo, en el libro La puerta abierta de Peter Brook, Héctor Mendoza habla sobre una experiencia con un espectador.
Alguna que otra vez, alguien del público me ha comentado que no entiende cómo es posible que tenga algún valor que los actores se comporten en el escenario igual que lo hacen en la vida real. Resulta evidente que quien comenta, ignora el enorme trabajo que le ha costado al actor lograr que su comportamiento escénico parezca igual que un comportamiento cotidiano.
La mayoría de las personas no están enteradas sobre los procesos que el artista, y sobre todo la gente de teatro, realiza para lograr una buena ejecución escénica. Son años de estudio teórico y de entrenamiento psicofísico lo que permite que un buen actor diga parlamentos que él no escribió, pero tiene que decirlos como si él los hubiera pensado en un primer momento, sintiéndolos con verdad y asumiéndolos como se asume la vida cotidiana.
Primero para entender lo que es el teatro tendríamos que definir el arte, puesto el teatro es uno de los lenguajes de este. Jerzy Grotowski en su libro Hacia un teatro pobre define al arte como: “…la experiencia que surge cuando nos abrimos hacia los otros, la que nos confronta con ellos a fin de entendernos a nosotros mismos: no con el sentido científico de recrear el contexto de una época en la historia, sino con el sentido elemental y humano”.
Los procesos artísticos invitan a replantear al individuo, rompen esquemas de pensamiento. Este acto de conciencia al que invitan las artes tiene que ver con el ser humano ante su maldad o su bondad, el individuo ante su miedo o deseo más profundo, y así exponerla en una historia, un cuadro, una escultura o una película.
Nicolás Núñez, en su libro Teatro de Alto Riesgo, dice que el teatro sirve: “Para entretener, divertir, ensoñar, crear ilusiones, hacernos pasar un buen rato y, de esta manera, olvidarnos de nosotros mismos”.
También sirve para indagar, cuestionar y descubrir una realidad expansiva.
La estructura dramática es tan generosa y poderosa que resiste ser utilizada en ambos sentidos. Con el teatro puede escaparse de la realidad o penetrarla y, aunque nos provoque sufrimiento, descubrir la naturaleza de las cosas.
Mientras que Jerzy Grotowski en su libro Hacia un teatro pobre dice: “Luchamos por descubrir, para experimentar la verdad acerca de nosotros mismos; de arrancar las máscaras detrás de las que nos ocultamos diariamente. Vemos al teatro, especialmente en su aspecto carnal y palpable, como un lugar de provocación, como un desafío que el actor se propone a sí mismo e, indirectamente, a otra gente. El teatro solo tiene sentido si nos permite trascender nuestra visión estereotipada, nuestros sentimientos convencionales y costumbres, nuestros arquetipos de juicio, no solo por el placer de hacerlo, sino para tener una experiencia de lo real y entrar, después de haber descartado las escapatorias cotidianas y las mentiras, en un estado de inerme revelación para entregarnos y descubrirnos. Así, mediante el choque, mediante el estremecimiento que nos produce abandonar las máscaras y deformaciones, somos capaces, sin esconder nada, de encomendarnos a algo que no podemos definir, pero en donde habitan Eros y Carites”.
Por lo tanto, el hacer teatro es un proceso de investigación personal, hay que averiguar qué es todo aquello que nos hace humanos, es un acto de atrevimiento que va más allá de la moral cotidiana, rompe fronteras de comportamiento con el objetivo de que el espectador pueda identificarse y reflexionar sobre esos secretos íntimos que nos hacen humanos.
La historia del teatro está marcada por un sinfín de textos dramáticos que exponen distintos temas que nos invitan a la reflexión sobre nuestro comportamiento, en sus anécdotas (historias) podemos leer sobre incestos en el caso de Edipo de Sófocles; traición familiar y muerte en el caso de Hamlet, suicidio, amor y odio en el caso de Romeo y Julieta, ambos de William Shakespeare; el deseo carnal por la persona prohibida en el caso de Bodas de sangre de Federico García Lorca; traición, envidia y muerte en el caso de Las brujas de Salem de Arthur Miller, etcétera; todos estos textos fueron escritos hace muchos años y son vigentes, puesto que hablan de lo que nos sucede como individuos en relación con la sociedad y el actor que decida trabajarlos deberá realizar la acción dramática con veracidad y compromiso.
Durante las próximas semanas usaré este espacio con el objetivo de disipar dudas sobre nuestra labor o, en su defecto, generar más, con la intención de que usted y yo podamos establecer un diálogo más allá del escenario.

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