El tránsito está detenido, la lluvia dificulta los movimientos. Sonido de cláxones.
Sientes la cabeza hirviendo. Enciendes el aire acondicionado, la primera ráfaga es tibia. Recuerdas la nota que leíste sobre la mujer envenenada con mercurio que dejaron en el aire acondicionado de su coche. Lo apagas, esa muerte debe ser terrible, piensas. Aunque no conoces a nadie capaz de fraguar un plan así, puede existir veneno por una avería que no arreglaste a tiempo. Un coche, como el cuerpo humano que se invade de un cáncer silencioso, puede tener la misma putrefacción interior que solo se ve cerca del final.
No avanzas, estás en la avenida grande que conecta con tu casa, el bochorno aumenta, necesitas aire, tu garganta se va cerrando. Bajas las ventanillas de atrás, aire tibio, la lluvia se estrella en el cristal y te salpica la nuca. Recuerdas el video que te mandaron en un grupo de Whatsapp hace unas semanas, el anuncio: tengan cuidado, nueva forma de asaltar en la ciudad; después, personas que descienden de los coches en avenidas colapsadas por el tráfico para abordar los automóviles de mujeres solas. Siempre mujeres solas. Así de simple, alguien se sube por detrás, te apunta con una pistola y te dice hacia dónde conducir, llegarás a calles solitarias de colonias lejanas, ésas de nombres impronunciables, sin pavimento, repletas de perros callejeros. Piensas que ya es muy raro ver perros callejeros por tu trabajo, tu casa, la casa de tus amigos, los restaurantes que frecuentas, no recuerdas cuándo fue la última vez que viste a uno cruzarse por tu camino. Pero, en esas colonias a donde llevan a las mujeres solas, hay charcos, perros flacos peleando por una hembra, ladrando a quien pasa, amenazando con sus fauces abiertas cuando hace calor y se retuercen de rabia. Los secuestradores se refugian en una casucha y violan a las mujeres, las someten, les piden el nip de la tarjeta de débito, las golpean, les apagan cigarros en la espalda y les quiebran la voluntad. Días después las tiran, como un mueble destartalado, al pie de un camino lejano. La historia que cuentan las sobrevivientes se construye de fragmentos, voces, de una mezcla de aliento rancio, olor a mierda y óxido. Hombres que se dibujan en la cabeza de sus víctimas quienes nunca pueden verlos. Ellas permanecen con los ojos vendados, las manos atadas, pies unidos por cinta de ductos, gris, de esa que marca los tobillos, que dificulta la circulación de la sangre. Así, inmovilizada, tiran a la mujer al pie de la carretera, alguien pasará, tal vez, y pedirá ayuda, o quizá, muera de frío, de pánico, comida por las ratas.
Subes la ventanilla. Miras alrededor, en su mayoría, en los autos que te rodean hay hombres, hablando, cantando, fumando, uno incluso sacándose los mocos con absoluta impunidad.
Se te revuelve el estómago, no has avanzado ni 100 metros, tu cuero cabelludo vaporiza. Te haces un chongo alto. Sacas tu celular y escribes el mensaje a tu esposo. Mueves sobre la pantalla tu dedo y te das cuenta que has estado mandando tu ubicación diariamente.
Suena el teléfono. Aprietas el botón al lado de volante.
—¿Estás bien? —es su voz, inunda todo el auto, suena cansado, de tus miedos, de la vida, de escuchar otra historia de terror.
—Sí, solo quiero que sepas que estoy cerca —se quiebra tu voz.
—¿Qué pasa ahora?
—Es que hace mucho calor y no avanzamos, hay gente que me ve.
—Nadie te ve, mi amor, respira.
—Es que no sabes, el calor, tengo la garganta cerrada…
—Enciende el aire.
—¿Y si está envenenado?
—Ya hablamos de esa nota, ya hablamos de todo. Prende el aire, quiero escuchar.
Enciendes el aire, toses dos veces.
—Vengan por mí, tengo miedo.
—Acabo de acostar a la niña, no creo que sea buena idea que caminemos por la avenida para ir por ti.
—No, nunca es buena idea, nunca.
Cuelgas.
No puedes morir ahora, tu hija tiene dos años, te necesita, cada vez que llegue llorando de la escuela, cuando los niños la molesten y ella se orine del miedo. No puedes dejarla sola cuando repruebe las materias, cuando no pase el examen de la universidad, cuando encuentre un hombre que la golpee y ella necesite de ti para hablar. Tienes que estar cuando la despidan de su primer trabajo, cuando encuentre compañeras de oficina que abusen de ella, que le tiren los informes urgentes. Debes estar cuando ella sea madre y llore por meses por haber dado la vida a un ser que estará solo; el día que su cuerpo seco no pueda dar leche para amamantar a tu nieta, cuando la tristeza se apodere de ella y la suma en la cama, pesada, triste, sin fuerza. Cuando el dolor sea tan grande que no pueda encontrar la palabra para explicarle al médico de qué parte del cuerpo se trata. Y entonces se mire al espejo y tenga miedo de cada roncha, de cada grano, de cada arruga. Un cuerpo que va muriendo en silencio sin que nadie lo perciba. Es tu obligación estar a su lado cuando decida volver al mundo y conduzca el coche por la avenida cercana a su casa una tarde de lluvia.
El ruido de una motocicleta te hace volver el rostro, va entre los carriles, sortea el atasco y los charcos.
Es un asalto, piensas, es un asalto y trae el arma en la pierna.
La ves, claramente ves el arma. El resplandor metálico está ahí.
La moto se acerca por el lado izquierdo.
Abres tu cinturón de seguridad y sales corriendo. Dejas el motor encendido, tu bolsa y el celular que vuelve a sonar.
Corres para salvar tu vida, entre los coches, delante de la moto.
—¡No me haga daño, tengo una hija, llévese todo!
El motociclista reacciona a tiempo, frena en seco. Rechinar de llantas. Los hombres de los otros coches te miran.
Corres.
Los autos avanzan. Suenan los cláxones.
El timbre de tu celular.
—¡Pinche vieja histérica, ya trépate a tu coche y muévete!
Sigues corriendo, debes llegar donde un policía tendrá que ayudarte.
Pero el miedo, caliente, sigue aferrado a tu cabeza.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.