Mi mariposa

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Xochicalli I Chávez de Llano*

Una mañana mirando por la ventana vi en un jardín lleno de flores un puñado de mariposas de colores. Ahí por la ventana, con mi cuaderno y mi pluma en mano, empecé a hacer solo garabatos llevando en un trazo el vuelo de esas bellas criaturas. Fue entonces cuando me di cuenta que no volaban, bailaban teniendo como pareja al viento y como orquesta el trino de las aves, era tan hermoso ese espectáculo que me quedé embelesado. Al principio pensé que el Sol, como yo era un solitario espectador, pero al ver las gráciles formas que hacían las sombras, comprendí que el Sol era otro protagonista de la danza.

Tratando de apartar la vista de ellas, creyéndolas una distracción, cambié la hoja de mi cuaderno, mojé la pluma en el tintero y me dispuse a escribir algo; la punta de mi pluma aún no tocaba la hoja cuando una de aquellas pequeñas mariposas llegó hasta mi ventana; ella era frágil, diminuta, sola, blanca, rosa, azul, amarilla, verde, de todos colores, pues era tornasol. Alargué la mano hasta donde estaba ella, lo hice con miedo, pues tal vez al tocarla volaría hasta donde ya no la podría ver más, así que en un impulso rápido retiré la mano para poder observarla otro minuto.

Mas cuál sería mi sorpresa, pues ella entró en la habitación, en mi espacio, en mi mundo, en mi vida; revoloteaba con toda confianza, mi presencia le parecía interesante y llena de curiosidad se acercaba aunque con cautela y despacio, pero poco a poco tomó confianza y se posaba entonces donde quería.
Yo estaba encantado, la observaba fascinado, el movimiento de sus alas, sus colores, su gracioso vuelo. Era evidente que disfrutábamos de la mutua compañía, pero no podía conservarla conmigo, ella necesitaba su libertad, necesitaba flores, aire fresco, Sol, en fin, todo lo que un prado podía darle. En cambio, yo solo le podía ofrecer un frasco de vidrio vacío.

¿Qué podía entonces hacer? Traté de echarla de mi habitación, abrí mi ventana lo más que pude, agité el aire y manoteé un poco para hacerla salir. Nada funcionó, era evidente que no quería salir, que estaba ahí por su propia voluntad y que hasta que no le diera la gana se iría. Entonces le hablé, más bien era un monólogo, pues ella no conseguiría entenderme, le dije que si se iba prometía no olvidarla, por el bien de ella lo mejor sería que se fuera, pero como lo supuse no me entendió y fue a pararse en lo más profundo de mi habitación.

Ya se irá –me dije–, en cuanto tenga hambre o extrañe la luz y el calor del Sol correrá hacia la ventana y lo único que haré será verla partir.
Así que traté de olvidarme del asunto y de nuevo tomé mi pluma, pero no pude escribir nada pues la pequeña y traviesa mariposa ya se posaba en mi mano, en la pluma, en mi cabeza o revoloteaba alrededor mío distrayéndome otra vez.

Me di cuenta entonces que estaba celosa porque mi atención no estaba en ella. Hice un último intento, mojé en la tinta la pluma, pero de nuevo ella se interpuso, así que dejé de lado mis instrumentos y la observé con la mayor atención que pude.
La mariposa voló graciosamente sobre el cuaderno, casi al ras del papel, después se posó en los bordes del frasco del tintero y me reí del resultado, pues sus patitas se llenaron de tinta azul, voló de nuevo hacia el cuaderno, esta vez se posó en la hoja y caminó dejando diminutos puntos azules; huellas de mariposa por toda la hoja. Sonreí complacido y comprendí que ella sí había podido resolver el conflicto en el que estábamos. Ahora podríamos conservar cada uno un pedacito del otro sin perder la libertad, pues yo escribí un cuento y ella lleva tatuadas las patitas con tinta azul.

La mariposa voló, salió por la ventana y en el horizonte la perdí, creí que no volvería a verla nunca más, pero desde entonces todos los atardeceres viene a mí, contemplamos juntos el crepúsculo y en las tardes de lluvia se refugia en la cornisa, siempre puntual a la cita en la ventana, siempre hermosa, siempre mía, la de azules patitas, porque desde ese día ella es mía y yo soy suyo.

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