En junio de 1984 estaba a punto de concluir mi licenciatura en ciencias de la comunicación en la UNAM y un día, mientras esperaba entrar a clase, mi amigo Arturo Salinas le comentó a unas amigas que si no querían trabajar en editorial Novaro, que había posibilidad de trabajar de guionista de historietas infantiles, mis amigas dudaron y yo dije: “A mí sí me interesa”.
Fue así como llegué a editorial Novaro. A la primera persona que conocí fue al señor José Luis, que de manera amable pero estricta nos explicó de qué forma trabajaban. Cada semana tenía que entregarse un escrito, numerado por cada cuadro que formara parte de la historieta, podían ser 100 o 120, divididos en tres historias. En cada párrafo se ponía el número de cuadro, las indicaciones para el dibujante y el texto que se le llamaba globo y en dónde iban encerradas las frases que daban diálogo a los personajes. Nos explicó el uso de las onomatopeyas, el cuidado de la brevedad de cada oración y su claridad, la importancia de usar sinónimos pero palabras sencillas a la vez. Cuidar la coherencia entre dibujo y diálogo, describir con precisión cada escena, inspirarse en un principio, un clímax y un final. Nos dio a escoger de su catálogo y yo escogí la historieta titulada “Sal y Pimienta”, dos bebés –niño y niña– cuyo lenguaje infantil no era comprendido por los mayores –a quienes nunca se les veía el rostro– y que se comunicaban a través de su balbuceo –que solamente ellos entendían– para hacer travesuras.
Salimos de la editorial, mis amigas y yo íbamos inspiradas y un poco asustadas. Tendríamos la creatividad a nuestra merced. Fue así como una tarde saqué mi máquina de escribir mecánica marca Olivetti y me senté a escribir. Piensa, piensa, imagina, imagina, evoca, evoca, inspírate, inspírate… entonces recordé la vez que fuimos a Oaxaca y mi tía Elvira compró unas gallinas. Primero, a mis hermanas y a mí nos daban miedo, luego hasta nombre les pusimos y todas las mañanas las saludábamos con cariño. Pero, a los pocos días, delante de nosotras, mi tía les torció el pescuezo y nos las hizo en caldo. Tragedia fatal. Entonces narré esa historia pero Sal y Pimienta salvarían a las gallinitas y las dejarían en libertad.
Mis dos amigas siempre no se animaron y yo fui sola hasta la editorial. Don José Luis me leyó muy serio. Corregía algún error de dedo con su lápiz de fina punta. ¡Uy! Ni un solo momento sonreía. Al terminar la historia me miró a los ojos y me dijo: “Bienvenida a editorial Novaro, qué buenas puntadas te aventaste en tu primera historieta”. Salí feliz de la vida, ya era argumentista de historietas. Así durante un año, cada viernes llevaba mi texto. Por desgracia, Novaro quebró y un tiempo me quedé sin ese bello trabajo. Pero después me llamaron para que ahora escribiera en editorial VID, primero con don José Luis y luego con Paco Jiménez, otro señor maravilloso que me enseñó mucho de la creatividad de la historieta. Así escribí las historias de Porky, Petunia, el Pájaro Loco, Sam Bigotes, Elmer, el Gallo Claudio y Quique Gavilán. Amé a cada personaje pues yo imaginaba con cariño cada aventura para esos monitos que hace ya 33 años llenaron mi vida de cuadritos inolvidables.

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Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.