Asunto de familia

“¡Pero qué listo me saliste! Mira que ventilar los asuntos de nuestra familia en tus narraciones y peor aún, publicarlas en el periódico local. Eso no te lo vamos a perdonar”, me gritaba iracundo el tío Miguel por teléfono.

Quise decirle la verdad, más cuando empezó a insultarme lo dejé que siguiera creyendo la mentira que inventé para que leyeran lo que escribo cada semana. Ningún relato tenía que ver con mis parientes, pero cada vez que les preguntaba: “¿Leyeron mi cuento?” Me contestaban:

“Ya no encontré el diario, ¿cuándo salió? ¿En qué periódico me dijiste?”.

Mi padre nunca aceptó mi oficio, afirmaba con molestia que era un “pasatiempo para holgazanes inútiles que no sirven para nada”. Harto de su indiferencia, les dije: “Las manías de la tía Lola y la hipocondría de mi mamá me han servido para crear algunos textos, también lo que le pasó al abuelo con su amante adolescente o cuando el banco le embargó todo a la prima Queta”.

La farsa provocó que ahora estén pendientes de lo que publico. Y, como pasa con los horóscopos, se adecuaron ellos mismos las historias. Qué ingenuos, creen que su aburrida vida es tan interesante como para escribir sobre ella.

Te conozco

La encontré en el supermercado y de inmediato la reconocí. Bajo la blusa entallada podía admirar su cuerpo firme, producto de las rutinas diarias en el gimnasio. Estaba en la sección de frutas y verduras escogiendo los espárragos, una de sus comidas favoritas. La seguí, iba hacia los congeladores por filete de mojarra. Quise abordarla para saludarla y decirle que a mí también me gusta el pescado, pero mejor la esperé en la panadería, ahí tomaría el pan artesanal con semillas de linaza. Me acerqué sin temor, sabía tanto de su vida, como si ya hubiésemos vivido juntos. “Hola”, le dije. “Tú no sabes quién soy pero yo sí sé quién eres y estoy enamorado de ti: me encanta el color con el que pintaste tu recámara y los zapatos que te compraste en París y también el café que tomas por las tardes en Sabinas”. Ella no dijo nada, pero sus ojos empezaron a abrirse de manera desorbitada. Al sentir que la estaba asustando tuve que decírselo. “Soy amigo de Sandra por Facebook, desde que puso me gusta a tus publicaciones te conozco y te he seguido a través de ella. Por cierto, ¿cómo te fue en la playa? Ya no subiste más fotos”.

Enemigo en casa

“¿Qué quieres que te cuente, compadre? No tengo nada qué decir. Ni pude salir de vacaciones. Me quedé en mi casucha de interés social: a eso no se le puede llamar casa. Primero fue una gotera en la sala, luego en el baño, cuando me di cuenta, el tirol del techo de la recámara empezó a desmoronarse. Pero eso no se va a quedar así, mañana pongo mi denuncia ante la empresa que construyó la vivienda. ¿Me preguntas que si ya revisé el techo? Para qué, es evidente que usaron el material más barato. ¡Son unos ladrones con licencia de las autoridades! Sí, ya sé que puedes mandar a tu amigo de la oficina del municipio, pero no quiero que venga y se dé cuenta que me robo la luz con un “diablito” y tampoco he puesto el medidor del agua; además, ya empecé a construir un cuartito sin el permiso y no faltaría el vecino chismoso que le dijera que por el escombro que arrojé en la calle se tapó la coladera. ¿Revisar el tubo del desagüe, compadre? ¿Cuál tubo? En el techo solo había un agujero, pero ya lo tapé con cemento.”

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