Después de aquel día no sabía si estar de pie, sentado o de rodillas. No es que no tuviera control de su cuerpo, pero su mente era otra cosa. Se había convertido en una masa negruzca cuyo único pensamiento era la reiteración continua de un blancuzco interior lleno de balaustradas.

En tal estado era muy difícil que la vida tuviera alguna especie de sentido que no fuera el de las funciones básicas, que por automáticas no tenían por qué tener cognición alguna, y mucho menos ser sujetas a razón.

Con una especie de instinto primario, surgido de los tiempos del seno materno, Mario puso la mano izquierda delante del ojo derecho. En el momento exacto en que terminó su movimiento se miró con el otro ojo a la cara. No se reconoció.

No es que sus rasgos hubiesen cambiado de tal forma que no hicieran posible tal reconocimiento, aun cuando parte de su rostro permaneciera tapado al igual que la luz de un segmento de su capacidad visual.

No eran aquellos motivos suficientes para que no se reconociera a sí mismo delante del espejo en el que se había mirado durante años. Entonces, aquello que le pasaba debía proceder de algún otro lado.

Desde luego, su pensamiento no fue el que le dictó tal conclusión lógica, pero podemos decir que, pese a todo, se le presentaba de forma clara. Si no a qué hubiese jugado a aquel juego absurdo de taparse un ojo y mirarse en el espejo.

Aquella acción demostraba que todavía quedaba en el hombre un rayo de lucidez de la que tanta había tenido no hacía mucho, antes de aquella enfermedad que rápidamente lo había confinado a mirar la nada.

Su mujer se acercó y le tomó de la mano para llevarlo a un lugar lejano donde pasaría todo el día dentro de un aire ensombrecido. A eso se limitaba, algo así como una vida que ya no era tal cosa ni ninguna otra.

Ya no despertaría nunca de esa duermevela tan hiriente que lo hacía llorar o reír sin motivo, o que le hacía tomar su tazón de leche con cereales y tirarlo al suelo en un arranque de furia sin causa.

La mañana en que no despertó llovía profusamente, como si el cielo fuera consciente de la lamentable pérdida de un querido y fiel compañero. De hecho, el cielo era el único amigo que le quedaba a aquel hombre que lo había tenido todo.

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