Conocí a Josefina Hernández Téllez en junio de 1987, desde ese primer día me sorprendió su forma honesta y directa de decir las cosas. Las dos habíamos entrado a trabajar a revista FEM y al suplemento Doble Jornada. También descubrí su alma de periodista, esa vez caminamos hacia el metro Miguel Ángel de Quevedo y todo el trayecto preguntó y preguntó cosas de mi vida. En octubre de ese mismo año nos nombraron reporteras del Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, que se llevaría a cabo en Taxco, Guerrero. Nuestro primer viaje juntas, jamás imaginamos que serían y siguen siendo muchos más.

No olvido que nos fuimos en el mismo autobús y me propuso aprovechar el trayecto entrevistando a todas las feministas que viajaban con nosotras. Yo con mi grabadora rosa me fui hasta adelante del camión para preguntar y preguntar. De reojo las veía, me encantaba confirmar que las dos ya éramos periodistas de verdad. Desde el primer día nos descubrimos y nos respetamos. Yo bien tempranera, cante y cante en la ducha, puntal hasta la ignominia. Ella siempre impuntual, detallista para ponerse el tubito en el flequillo o el aretito coqueto, repasando toda la agenda para luego cambiarla. Toda esa semana palpamos el feminismo, aprendimos a escuchar y a dar la voz a tantas mujeres, aprendimos mucho de Sara Lovera y Berta Hiriart –nuestras madres periodísticas– y nos convertimos en un mito cuando nos bautizaron como las cuatro fantásticas –las otras dos eran Isabel Barranco y Maribel Inclán–.

Estudiamos juntas en el Programa interdisciplinario de estudios de la mujer y otra vez nos fuimos juntas a varios congresos, uno en Cocoyoc y otro en Oaxtepec. Cuando nos integramos a la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación (AMIC) escapamos a Tlaxcala dos veces. Por culpa de esa querida organización hemos ido juntas a recorrer todo el país, de Nuevo León a Campeche, de San Luis Potosí a Querétaro y de Coahuila a Guanajuato, siempre con anécdotas memorables, con momentos inolvidables, haciendo tantas amistades.

En 2010, por primera vez en nuestra vida fuimos a Europa, nos abrazamos emocionadas en la Torre Eiffel, nos perdimos por los callejones de Venecia y le dimos tres vueltas al Coliseo de Roma hasta que fueron por nosotras para avisarnos que ya iban a cerrar. Caminamos gozosas por las calles de Madrid y nos asustó palpar en toda su expresión al patriarcado cuando visitamos Turquía. Juntas hemos visto cielos y mares, arquitecturas coloniales y edificios prehispánicos. Nos hemos atrevido a comer los manjares más extraños, brindamos con vino tinto o buen tequila. Luego de que seres extraños trataron de impedirnos seguir siendo cómplices, al prohibirnos viajar juntas, pero la alianza entre nosotras ya era inmortal.
En septiembre de 2017, libres otra vez, viajamos tomadas de la mano rumbo a Cancún, nuevamente viajábamos bien juntitas, con una amistad que se fortaleció mucho más. Por eso hoy, celebro estar con ella, ahora como mi jefecita santa en mi área académica, y volver a viajar para descubrirnos, querernos, respetarnos y apostar por esa amistad llena de sororidad.

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