Hidalgo ha formado parte de mi vida desde siempre. Mi abuela paterna, Isabel del Toro, vivió muchos años en esta región. Cuando platicaba conmigo de su vida, siempre recordaba con orgullo que ella estuvo en la inauguración del gran Reloj que tanto nos enorgullece, y pese a que en ese tiempo ella solamente tenía 10 años, comprendió lo significativo de ese momento.

Después, mi hermano Ernesto emigró con su familia a Pachuca, luego del terremoto de 1985. Recuerdo sus indicaciones la primera vez que lo visitamos, desde tomar el autobús junto al Metro Indios Verdes hasta que nos bajáramos en la plaza de toros. Los paseos a Real del Monte, el aroma delicioso de los pastes y los taquitos de barbacoa.

Por eso, cuando Mauricio Ortiz Roche me recibió en su oficina y con mucha atención se puso a leer cada hoja de mi trayectoria profesional, yo lo espiaba discreta, pero en el fondo de mi alma esperaba que dijera sí para ya empezar a trabajar en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Y dijo sí, entonces me integré el 30 de abril de 2004.

El primer año iba y venía de la Ciudad de México a Pachuca de Pachuca a la Ciudad de México. Me asilé en el cubículo que me asignaron y un día que me visitó mi querido amigo, el periodista Nelson Notario (qepd), dijo: “¿Dónde están los detalles elvirinos? ¿Dónde están las muñecas y los peluches, los colores y las buenas vibras?” Desde entonces, mi espacio es mi espacio, lo he decorado con mis obsesiones y mis quimeras, Mafaldas y sirenas, vacas y heroínas. Es aquí donde he escrito infinidad de textos, artículos y ponencias. Gracias al título de uno de mis libros ahora mucha gente me llama Bellairosa, todo por recuperar las historias de las mujeres hidalguenses. El primer año fue tan maravilloso que mi esposo, hijo y yo decidimos vivir en esta región.

Por supuesto, yo llegué con la gran ilusión de dar clases –lo que le da sentido a mi vida siempre– y cada uno de mis grupos están tatuados en mi alma. Encontré a quien es una de mis mejores amigas, Silvia Rodríguez Trejo, y reafirmé mi amistad eterna con Josefina Hernández Téllez. He conocido a compañeras solidarias y una que otra villana, cuyos maltratos, por suerte, nada más me hicieron más fuerte. He aprendido a vivir en este ritmo de inspiraciones y aportaciones, entre destellos de admiración que me exigen seguir siendo humilde, fuerte, gozosa, agradecida, feliz por instantes, trabajadora eterna. Es un honor cuando el rector me saluda por mi nombre o algún caballero garza me muestra su cariño y admiración. Tengo un programa de radio y cada semana disfruto esta bellairosa columna. Platico sabroso con mi vecina de la coordinación, la maestra María Elena Torres, y ahora comparto cubículo con quien fue mi querido jefe. El mismo que hace 15 años dijo sí y aquí estoy, con plumaje garza, convertida en investigadora-aprendiz y en columnista agradecida. Soy una conferencista que gracias a mi universidad he podido escuchar mi voz en otros países, en todos los estados de la República mexicana, en tantos escenarios de mi propia institución.

He cumplido XV años de querer y vivir en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, donde siempre soy y seré felizmente garza.

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