MAUTHER

“La memoria es el único lugar donde reside la dicha…”

A la maestra Angelita Ochoa

 

Una mañana de septiembre de 1947, me desperté con un nudo en el estómago: iba a ser mi debut como actor en la primaria.
Por las mañanas, toda mi casa olía al té que mi madre me daba al despertarme, era un té diferente cada día y el que más me desagradaba era el de ajenjo (para recoger la bilis), ese día me supo más amargo pues yo era presa de los nervios.
Me vestí apresuradamente, después de asearme y peinarme, y en pocos minutos estaba listo para enfrentar mi destino, tomé la gran bolsa que contenía el disfraz que el día anterior me confeccionaron, mi madre me hizo una bata de tela negra y mi padre unas polainas de papel lustre negro que “parecían” botas, además una media de popotillo con algodón a los lados de la cabeza y un palo de escoba como espada.
Sí, yo iba a representar ante todos mis compañeros y ante todas las mamás nada más y nada menos que al padre
de la patria.
Mi madre me despidió en la puerta y enfilé rumbo a la escuela, la calle estaba adornada con banderitas y cadenas de papel china tricolores, como correspondía al mes de la patria, septiembre.
Como desde entonces tengo la costumbre de hablar solo, mientras caminaba iba repasando en voz baja mi parlamento tal y como lo había ensayado con la maestra Hortensia. Mi perro me siguió como todos los días y como todos los días fue corrido por el conserje, un señor que se llamaba don Luis, el que tenía la particularidad de tener los dedos medio y anular de la mano derecha desmesuradamente desarrollados, parecía que en lugar de dedos tenía dos zanahorias gruesas, eran casi dos veces más grandes que los demás dedos; a mí me infundía miedo, sobre todo cuando en el baño nos sorprendía tirando agua y nos regañaba señalándonos con sus enormes dedos y con ello para mí la amenaza era superlativa. Recuerdo que alguna vez lo soñé persiguiéndome como el inspector de la pequeña Lulú, persiguiendo a Toby.
Al ingresar a la escuela vi a medio patio un gran templete de madera que se había levantado exprofeso para la representación, en realidad me pareció un cadalso.
La música mexicana que salía por los altavoces amenizaba y como siempre el fuerte olor a orines que despedían los baños invadió mi olfato, olor que durante los seis años que estuve allí, llegó a ser característico de la primaria.
Los grupos de alumnos se fueron formando en el patio y, poco a poco, este se fue llenando de mamás.
La fiesta estaba a punto de empezar y nos ordenaron sentarnos en el suelo, salvo los que íbamos a participar, que pasamos atrás del improvisado teatrito.
La maestra Hortensia nos caracterizó y yo me sentía ridículo, porque las “botas” se me salían y mis chinos negros se asomaban bajo la media.
Definitivamente era yo un cura Hidalgo malhumorado; habíamos ensayado dos o tres veces y a medida que se acercaba el día de la representación crecían mis nervios y mi desánimo.

Continuará…

 

Comentarios