Es bien sabido que antes del siglo XX buena parte de la población aventurera tenía la particular afición de lanzarse al mar y tanto por ocio como para ampliar sus horizontes, se hacían emplear en barcos para, de manera bastante pragmática, mantenerse activos y ensanchar su experiencia de vida, con un ingreso decoroso pero que ya era justificación por sí sola.
Uno de los casos más famosos de dicha actitud fue Melville, quien para ilustrar los pasos de Charles Darwin, luego de la publicación de La evolución de las especies…, escribió Las encantadas, libro semidesconocido por los aficionados a la obra de Darwin y que además de confirmar lo escrito por el entonces joven biólogo, es el testimonio literario que constata las experiencias científicas, aunque en el caso de Melville, consiste en una exploración personal, matizada por la necesidad de plasmar desde una perspectiva propia, el encuentro con ese lugar cuasiparadisíaco al que se refería el biólogo británico.
Ya como espacio de referencia, Melville queda seducido por las islas y Las encantadas sirve de crónica perfectamente literaria de lo que representa el viaje para un escritor que no se va a detener en la descripción rigurosa de aspectos exclusivos de la ciencia, sino la necesidad de crear una crónica propia, casi del éxtasis de pisar terra incognita.
Sin embargo, esa fue una de las primicias más relevantes de Melville para la construcción de su obra: Billy Budd, marinero; Benito Cereno y la que se convertiría en su obra maestra, de reciente aniversario en estas fechas: Moby Dick.
De por sí solitario, obsesionado con las manifestaciones de más difícil acceso en la vida cotidiana, como la creciente alienación social que lo cautivó e hizo dudar del adjetivo civilización, para referirse al crecimiento de las ciudades, indiferentes al desarrollo y formación de las personas, como Robert L Stevenson, Rudyard Kipling, Jack London y Joseph Conrad, Melville, antepuso el viaje por mar en calidad de estado de exploración del alma humana.
Así, cuando comienza “Mi nombre es Ishmael…”, no solo contradice toda la tradición literaria de introducciones por medio de una descripción extensa, que anticipa el estado espiritual de la obra mediante la proyección del interior del protagonista en cuestión, empieza despedazando la certeza de la mecánica y comienza un nuevo episodio de la novelística estadunidense, así como de la literatura universal.
Apenas pasado ese momento, cada uno de los fragmentos en los que se hace referencia a la vida náutica a bordo de un barco ballenero y las múltiples cacerías que hoy leídas más bien parecen una bitácora de un navío japonés ilegal, en realidad dejan ver cuán desconocidas eran las distintas facetas de lo que permitía el modus vivendi de la época, de todo aquello que las sociedades daban por sentado y desde libros como el de Melville aparecían vistos con el asombro de una persona cuyos orígenes en tierra no podían ser más distantes.
Una vez Ishmael descubre las existencias del capitán Ahab, así como de Moby Dick, la novela no podría ser menos que asombrosa y fantástica, el hombre que casi se ha convertido en el cyborg de su deseo, al haber perdido la mayor parte de sus miembros a cambio de perseguir al cetáceo blanco al que quiere dar fin y en el proceso no ha hecho sino acabar con la vida de subordinados, así como el abandono de su familia, se transforma en la necesidad que Cortázar, años después, durante la traducción de la novela, tendría por emblema para su cuento “El perseguidor”.
Así, la novela ha pasado, al menos, por las manos de Mastodon, que en Leviathan, a propósito del gigante blanco, hace una de las versiones más emblemáticas trabajadas en el nombre de la novela. Por otro lado, está la anecdótica, que sale del hecho de que Moby, el músico celebre por Play y 18, entre sus éxitos más conocidos, al margen de una serie de discos antes y después, es descendiente directo del escritor y de allí sale el pretexto para que Richard Melville se autodenomine con ese nombre. Al final todo queda en familia.

 

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