Daría la impresión que la dupla de clubes que tienen secuestrada a la liga española representan, literalmente, polos opuestos de la existencia: el bien y el mal; el blanco y el negro; el éxito y el fracaso. Cuando uno está bien, el otro no puede estarlo; cuando uno levanta títulos, el otro clava la mirada en el suelo. Es una lucha de poderes en la que, en muchas ocasiones, importa más saber quién pierde que quién gana.
El Real Madrid se perfila para consagrar una época histórica más en su haber. Ser bicampeones de Champions League es un mérito al que poco se le ha reconocido. Pero no es por otra cosa sino porque los dirigidos por Zizou vienen en plan bestial, con un hambre voraz de triunfos que ha servido para devorar a todos sus adversarios y coronarse como los más grandes del mundo. Y eso que muchos pensaban que no había mañana después de los Galácticos.
La cara opuesta la muestra el Barcelona, que simplemente no ha visto la luz en todo el verano. El régimen de transferencias ha sido una auténtica pesadilla que ni Edgar Allan Poe hubiese podido profetizar. Los culés, como infantes intentando abrir un frasco de medicinas, simplemente no ven cómo hacerse de los refuerzos que hasta los propios capitanes han pedido. La salida de Neymar no solo significó el fin de la ahora legendaria MSN, sino que desató la suspicacia entre la comunidad barcelonista respecto a los malos manejos del presidente, Joseph María Bartomeu, por cuya cabeza ya ofrecen recompensa.
Hasta el cierre de esta edición –y seguramente se quedará así por los próximos seis meses–, el Barça solo ha fichado a Nelson Semedo y Paulinho. El primero, un lateral de bajo perfil que no termina de encantar al nuevo entrenador; el segundo, un brasileño que deportivamente no vale ni la mitad de lo que se invirtió (€40 millones) y que se especula representa un conflicto de interés entre el representante del jugador y Bartomeu. Ya saben, el clásico tema de los promotores que en México es tan común, pero con cantidades ridículamente altas de dinero en juego.
La liga ha comenzado. CR7, aunque suspendido, está contento; Messi, incómodo. El Real Madrid está en estado de gracia; el Barcelona, con más dudas que motivos de ilusión. Esta es, como ven, la historia perpetua de la rivalidad más fuerte del deporte actual: uno ríe mientras el otro llora fuera de foco.

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