Recién acabamos de hacer el amor. Y escuchamos mirando al techo esa canción. Que habla de si esto será real. Que habla de si esto es una locura. Que habla que tú ya colgaste tu armadura en mi portal.”
Las canciones de Mon Laferte delatan letras de una mujer segura de sí, que ama y ya no ama, que goza y olvida, que se quiere bien y nos hace creer que nosotras también podemos hacerlo, sin importar edades, aunque pertenezcamos a generaciones tan diferentes. La descubrí, como siempre me pasa con la música de hoy, gracias a mis alumnas. Una frase de una de sus canciones me atrapó de inmediato, hacía referencia a mi mes preferido. El ritmo era pegajoso y delataba felicidad, una sororidad que de inmediato me conmovió:
“Hay una luna creciente para mí/ Y para el loco cielito de abril/ La noche me trae claridad/ Y esta vida que se me va.”
Su cabello es negro como noche de aquelarres donde pueden reunirse las voces más sonoras y más cómplices. Piel de tatuajes que la delatan todita, le gusta adornar su cuerpo con jeroglíficos eternos, dibujos coloridos para transparentar su sensibilidad. 30 trazos por su cuerpo que atisban rosas y calaveras, alas y pájaros, mujeres como ella, miradas transparentes. Labios rojos, muy rojos, para confirmar sus arrebatos, su intensa manera de vivir, su discurso musical. Vestidos que ella misma diseña, únicos como ella. Flores en su cabello.
Nació en Chile, en Viña del Mar, sí, justo donde hay un festival musical memorable que despierta al monstruo de la Quinta Vergara, donde las gaviotas reconocen el talento, donde regresó como buena hija pródiga para ser aclamada. Renació en México, buscó en nuestra geografía que su voz fuera el eco necesario para compartir sus sentimientos. Desde siempre se mostró rebelde y atrevida, gozosa y bien querida.
“Puedo ser mala. Puedo ser buena. Puedo ser santa una cualquiera. Puedo ser virgen. Puedo ser reina. Puedo ser madre. Puedo ser perra. Puedo ser mala y puedo ser buena. Puedo ser santa o una ramera. Puedo ser niña y también ser mujer, pero… Un solo hombre no puedo tener.”
El 2017 fue testigo de su disco La trenza, donde el compositor colombiano Juanes la acompañó con “Amárrame” y Bunbury cantó con ella “Mi buen amor”. Ritmos variados, letras que la delatan, que la muestran enamorada y herida, llena de nostalgia y evocaciones, letras de ayer que en su voz renacen, letras de hoy que en su voz se atreven, desde cantarle a la mariguana, a los amantes que espía, a la pequeña cuya madre peina mientras la imagina plena cuando crezca, el amor de ese instante supremo, la sensualidad y la piel siempre latente al deseo:
“Cuando mi habitación alcanza para dos. Todo el universo calza bajo el mismo Sol. A veces todo es tan normal, y tan tranquilo. No creo haberme visto antes y ahora me veo cuando te miro. Luego me preparo un té y me voy a tocar la guitarra. Tú te quedas dormido y te hago esta canción para que estés tranquilo.”

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